LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 10. La choza del carbonero
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Capítulo 10. La choza del carbonero

Los niños salieron primero. Cuatro, en fila, de mayor a menor, como los tubos de un órgano, y tan negros de hollín que a la luz de los hornos solo se les veían los ojos y los dientes.

Detrás salió el padre. Un hombre bajo y ancho, con los brazos como troncos y la barba chamuscada en las puntas. Traía un hacha en la mano. No la levantó, pero tampoco la soltó.

—Dios guarde esta casa —dijo Niall, en gaélico, con las manos vendadas a la vista y abiertas—. Somos gente de paz y nos han robado en el camino.

El carbonero lo miró de arriba abajo. La camisa de preso, el zapato sin hebilla, las vendas. Luego miró a Elspeth. El hábito empapado y embarrado, la toca, la mejilla hinchada, el bulto en los brazos.

—¿Quiénes sois?

—Me llamo Niall. Comercio con pieles, en Inverness. Unos ladrones nos asaltaron en el camino del sur, junto al vado. Se lo llevaron todo. La mula, las pieles, la bolsa. Hasta la hebilla del zapato. —Hizo un gesto hacia Elspeth—. Esta es mi hermana. La llevaba al priorato de Santa Bríd, a profesar.

—Prima —dijo Elspeth.

Niall cerró los ojos un instante.

—Prima —repitió—. Mi prima. Es que nos criamos juntos.

El carbonero no dijo nada. Por detrás de él salió una mujer delgada, con un niño de pecho en brazos y una mirada que lo midió todo en el tiempo de un parpadeo: las vendas, el hábito, el bulto.

—Hermano y prima —dijo la mujer—. Qué familia más revuelta.

Nadie los creyó. Niall lo vio en las caras. Pero hacía frío, era de noche, y en las chozas del bosque la hospitalidad es una ley más vieja que los curas.

Se llamaban Dughall y Seonag. La choza era de troncos y turba, redonda, con un fuego en el centro y el humo buscando por dónde salir entre las ramas del techo.

Olía a carbón, a leche agria y a niño. Había una jaca pequeña y peluda atada en un cobertizo pegado a la pared, y Niall la oyó mover las patas al otro lado de los troncos.

—No tenemos para dar de comer a dos bocas más —dijo Dughall, sin mirarlos, removiendo algo en la olla—. Tenemos siete.

—Podemos pagar.

—Con qué. Os lo han robado todo. Hasta la hebilla del zapato.

Niall abrió la boca para inventar algo. No le hizo falta.

Elspeth se llevó la mano al cuello, sacó por encima de la toca un cordón de cuero y se lo quitó. Colgaba de él una cruz pequeña, de plata, del largo de un dedo, gastada en los bordes por años de roce. Se la tendió a Seonag sin decir nada.

Seonag la cogió. La sopesó. La miró a la luz del fuego.

—Es de plata.

—Sí.

—Es una cruz de novicia. Las dan en los prioratos cuando entras.

—Sí.

—¿Y la das por unas gachas?

—Y por un sitio junto al fuego —dijo Elspeth—. Y por no hacer preguntas.

Lo dijo sin pestañear. Sin mirar la cruz. Niall, que llevaba años viendo a hombres ricos negociar con el barón, vio en aquella cara lo que no había visto en ninguna de las suyas: que había decidido antes de ofrecer, y que no pensaba echarlo de menos delante de nadie.

Seonag se guardó la cruz en el pecho.

—Gachas —dijo—. Y el rincón de la izquierda, que es el que menos humo tiene.

Las gachas eran de avena y agua, con un poco de sal y algo verde que Niall prefirió no identificar. Estaban calientes. Era lo único que importaba.

Los cuatro niños se sentaron en fila frente a ellos y los miraron comer sin parpadear, como se mira a un ternero de dos cabezas.

—¿Es verdad que sois monja? —preguntó el mayor, de unos diez años.

—Casi —dijo Elspeth.

—¿Y qué os falta?

—Decir que sí delante del obispo. Y que no me caiga del todo el techo encima antes.

—Mi abuela dice que las monjas no comen carne ni tocan hombres.

—Tu abuela tiene razón. —Elspeth rebañó el cuenco con el dedo—. Por eso esto son gachas. Y él es mi primo.

El niño se lo pensó.

—Mi madre dice que no es vuestro primo.

—Tu madre es muy lista.

—Cállate, Coinneach —dijo Seonag desde el fuego, sin volverse.

Niall miró a la mujer. Seonag estaba dando de mamar al pequeño y removiendo la olla a la vez, y no los miraba.

Pero cada poco, cuando creía que nadie se daba cuenta, levantaba los ojos y los clavaba en la toca de Elspeth.

En la toca, no en la cara. Como quien mira una moneda que se le ha caído a otro.

—¿Ha pasado alguien hoy por aquí? —preguntó Niall, con la boca llena.

—Nadie —dijo Dughall, muy deprisa.

Seonag levantó los ojos hacia su marido. Un instante. Luego los bajó a la olla.

Niall siguió comiendo.

• • •

Los niños se durmieron en un montón, como cachorros, sobre unas pieles al fondo. Dughall se echó junto a la puerta con el hacha al alcance de la mano. Seonag, con el pequeño, en la cama de brezo.

Niall y Elspeth se quedaron en el rincón de la izquierda, sentados contra los troncos, con el fuego entre ellos y la choza. Ella tenía el libro en el regazo. Siempre.

—Haces preguntas con los ojos —dijo Niall, en voz baja—. Toda la tarde. Hazlas con la boca, que es más rápido.

Elspeth miró el fuego.

—Todo el norte dice que eres un traidor. Yo copié una vez una carta del obispo que te llamaba Iudas Scotorum. ¿Por qué?

—Porque me fui.

—Eso no es una respuesta.

—Es la mitad de una. —Niall apoyó la cabeza en los troncos—.

Después de enterrar a Mairi, me fui de Glen Dubh.

Crucé el paso, bajé a Inverness y me presenté en Castell Maubray.

Le ofrecí al barón mi latín, mi francés y mi arco.

Me dio un caballo, una librea con su halcón y un sueldo.

Comí en su mesa. Le serví durante años. —Hizo una pausa—. Todo eso es verdad. No te miento.

—¿Y la otra mitad?

—La otra mitad no es mía.

—¿De quién es?

—De alguien a quien juré callarla.

Elspeth se volvió hacia él. A la luz roja del fuego, la mejilla hinchada se le había puesto de un color de ciruela madura, y el ojo de ese lado casi no se le abría. Niall pensó que tenía que ponerle algo frío. Luego pensó que en aquella choza lo único frío eran ellos.

—Me has jurado no mentirme —dijo ella.

—Y no te miento. Callar no es mentir.

—Eso lo dicen todos los que callan.

—Y es verdad en todos los casos. —Niall la miró—. Mi madre cree que me vendí. Mi hermana pequeña cree que me vendí. La mitad del clan escupe cuando oye mi nombre, y la otra mitad no lo oye porque nadie lo dice. Si pudiera contártelo, Elspeth, se lo habría contado a ellos antes que a ti.

Ella lo miró mucho rato.

—Eso es lo más triste que he oído desde la vida de Santa Eulalia —dijo al fin.

—¿Qué le pasó a Santa Eulalia?

—Mañana te lo cuento. Hoy ya has sufrido bastante.

Se durmió poco después, sentada, con la cabeza contra los troncos y los brazos cruzados sobre el libro. Niall no. Se quedó con los ojos cerrados y los oídos abiertos, como en Castell Maubray, como en la celda, escuchando la choza respirar: los niños, el fuego, la jaca moviéndose en el cobertizo.

Mucho antes del alba, cuando el fuego ya era solo un rojo bajo la ceniza, oyó moverse a Dughall.

Despacio. Un hombre grande intentando ser pequeño. El crujido del brezo. El roce de la puerta de pieles, levantada con cuidado, sostenida para que no golpeara. Un aire frío que entró y salió.

Niall esperó. Contó hasta cien. Luego se levantó sin ruido, fue hasta la pared del cobertizo y pegó la oreja a los troncos.

Al otro lado no se oía nada. Ni patas, ni resoplidos, ni el ruido del heno.

La jaca del carbonero no estaba.