LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 9. Los santos de la horca
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Capítulo 9. Los santos de la horca

Caminaron hacia el oeste hasta que el sol, que no había salido en todo el día, decidió irse del todo.

Elspeth iba detrás. Tenía las sanguijuelas fuera, gracias a una brasa del fuego de la mañana que Niall había llevado dentro de un hongo de yesca como quien lleva un pájaro, y a una paciencia que ella no le habría supuesto.

Tenía los pies en carne viva dentro de los zapatos.

Tenía hambre. Y tenía delante, todo el camino, la espalda de un hombre que llevaba una cadena al cuello y que, cada vez que apoyaba la mano en un tronco para subir una cuesta, dejaba una mancha roja en la corteza.

A la tercera mancha, se paró.

—Siéntate.

Él se volvió.

—Todavía hay luz.

—Por eso. Siéntate.

Encontró musgo en la cara norte de una peña, del bueno, del que la hermana enfermera usaba en el hospital del priorato para los cortes de la siega: largo, pálido, esponjoso.

Lo escurrió. Luego se levantó el hábito, rasgó con el raspador una tira ancha del bajo de la saya de lana y otra más. Él la miraba hacer.

—Esa saya era de la casa.

—Ya no tengo casa. Dame las manos.

Él se las dio. Elspeth le miró las muñecas a la última luz y tuvo que respirar dos veces antes de tocarlas.

El grillete izquierdo se había rajado en la bisagra al arrancar la grapa; el hierro abierto le había cortado la piel en una raya limpia. El derecho estaba entero. Debajo de los dos, la carne era una pulpa negra y roja que olía a óxido.

—San Pedro Ad Vincula —dijo, para no pensar en lo que veía.

—¿Quién?

—San Pedro en cadenas. Un ángel entró en su celda y se las soltó sin tocarlas. —Metió la punta del raspador en la raja del grillete izquierdo y apretó hacia fuera—. Aquí no ha venido ningún ángel. Te ha tocado una novicia con un cuchillo de raspar erratas.

—Me han tocado cosas peores.

Tardó mucho. Con el izquierdo fue fácil: la raja cedió, el hierro se abrió como una concha.

El derecho tenía un pasador remachado. Elspeth apoyó el grillete en una piedra plana, puso el mango de hueso del raspador contra el remache y golpeó el mango con otra piedra.

Una vez. Otra. Veinte. A la vigésima el remache se movió.

A la trigésima salió, y con él un trozo del filo del raspador, que se le había mellado contra el hierro.

Miró la hoja. Le dolió más que las ampollas.

—Lo siento —dijo él.

—Era de la hermana Fionnghal. Me lo dio cuando le temblaron las manos. —Se lo guardó—. Todavía raspa.

Le limpió las muñecas con agua del arroyo. Le puso el musgo. Le vendó con las tiras de la saya, apretado, con un nudo de encuadernadora. Él no se quejó ni una vez. Solo, al final, cerró los ojos.

La cadena quedó en el suelo del bosque, con los dos grilletes abiertos en un extremo y un pedazo de muro del priorato en el otro. Niall la miró un rato. Luego cavó un hoyo con las manos vendadas, a pesar de que ella le dijo que no, bajo las raíces de un pino, y la metió dentro, y la tapó.

—Aquí yace una cadena —dijo, de pie ante el montón de tierra, con las manos juntas—. Fue fiel hasta el final. Más que muchos cristianos que conozco. Que Dios le dé el descanso que no me dio a mí.

—Amén —dijo Elspeth, sin pensar. Y luego se echó a reír, y se tapó la boca, y siguió riéndose detrás de la mano.

• • •

Siguieron. Ya casi de noche. El bosque de pinos se fue abriendo en abedules, blancos, delgados, como velas apagadas.

—Hoy —dijo Elspeth, porque el silencio le pesaba— me he tirado a un canal de molino como San Quirino, he estado metida en una turbera hasta el cuello como San Cutberto en el mar, aunque él lo hacía por gusto, y me han chupado la sangre las sanguijuelas, que es casi como San Erasmo, aunque a él le sacaron las tripas con un torno y a mí solo...

—Elspeth.

—...los brazos. ¿Qué?

—¿Tienes un santo para cada cosa?

—He copiado ciento dos vidas de mártires. Los tengo ordenados por desgracias. —Saltó un tronco caído—. Si mañana llueve, tengo tres. Si nos cogen, tengo veinte. Si nos ahorcan...

—No me cuentes la de San Lorenzo.

—A San Lorenzo lo asaron.

—Por eso.

—Dijo que le dieran la vuelta, que por ese lado ya estaba hecho.

—Te he pedido que no me la contaras.

—No te he contado la muerte. Te he contado el chiste.

Él hizo un ruido que podía ser una risa o una tos. Elspeth decidió que era una risa.

Caminaron un rato más. Luego ella se detuvo, porque llevaba todo el día con una pregunta en la boca y ya no le cabía.

—La carta —dijo—. La del halcón. Dice que la segunda esposa del laird se reúna con su loch. —Lo miró—. En Santa Bríd todo el mundo conoce la historia del Laird Maldito. Dos esposas muertas. Una maldición. Pero esto no es una maldición. ¿Quién era?

Niall se paró.

No se volvió enseguida. Se quedó de espaldas, mirando los abedules, con las manos vendadas colgando a los lados.

Cuando se volvió, tenía otra cara. Elspeth no la había visto hasta entonces.

Ni en la celda, ni en el canal, ni con los perros.

Era la cara de alguien a quien le han dado un golpe en un sitio que no se ve.

—Mairi —dijo.

—¿Mairi?

—La mujer de mi hermano Torquil. La segunda. —Se le quebró algo en la voz y lo arregló enseguida, como se arregla una costura—. Tenía el pelo negro. Se reía de todo. De mí, sobre todo, porque yo leía latín en el establo. Me llamaba el obispo.

Elspeth no dijo nada.

—La sacaron del loch una noche de niebla, antes de San Juan.

Todos dijeron que se había caído. Mi madre dijo que era la niebla.

—Niall miró el suelo—. Yo robé esa carta del cofre del barón hace años.

La he leído cien veces. Cada vez que la leo, pienso que alguien en Castell Maubray escribió «su loch» como quien dice «su cama», y que después se fue a cenar.

—¿Y G.?

—G. es Gilchrist. Lo llaman el Cuervo. Es el hombre del cayado. El que te rompió la cara anoche.

Elspeth se llevó la mano a la mejilla sin darse cuenta. Estaba hinchada, caliente, le dolía hasta el ojo.

Pensó en la voz suave, en la cortesía, en la sonrisa bajo la capucha.

Pensó en una mujer de pelo negro que se reía de todo, en el fondo de un loch.

Y pensó en aquel hombre que tenía delante, al que todo el norte llamaba traidor, que llevaba años con esa carta escondida, leyéndola cien veces, sin poder decírselo a nadie.

Algo se le movió por dentro. Poco. Lo que se mueve una pieza de un telar cuando alguien cambia el hilo.

—Lo siento —dijo.

—Yo también.

Fue entonces cuando lo olió. Humo. No de turba: de leña, mucha, quemándose despacio, sin llama. Un olor dulce y espeso que venía de entre los árboles, un poco más abajo.

Niall levantó la cabeza como un perro.

Entre los abedules, a lo lejos, se veían tres o cuatro columnas de humo gris, bajas, gruesas, que no subían sino que se arrastraban. Y debajo, un resplandor rojo, apagado, como brasas vistas a través de una manta.

—Carboneros —dijo él—. Hornos de carbón. Habrá una choza. Fuego. Comida, quizá.

—Gente.

—Gente que no ha oído hablar de nosotros.

—Todavía —dijo Elspeth.

Él la miró. Ella no bajó los ojos.

—Vamos a pedir cobijo —dijo Niall.

—Tú vas a pedir cobijo. —Se ajustó el libro en los brazos—. Yo voy a contar las salidas.