Capítulo 8. Los perros de Varenne
Los perros de Varenne no ladraban por gusto. Ladraban cuando tenían algo.
Niall lo sabía porque los había visto trabajar en Castell Maubray, en las cacerías de otoño del barón: dos alanos grises, de pecho como un tonel y hocico corto, que no corrían detrás de la presa sino que la seguían, a paso de hombre, sin cansarse, durante un día entero si hacía falta.
Luego, cuando la presa ya no podía más, los soltaban.
Apagaron el fuego con tierra. Elspeth envolvió el libro en el escapulario, se lo ató a la espalda con el cordón y lo miró a él.
—¿Por dónde?
—Por el agua.
Bajaron al arroyo del barranco y caminaron por dentro, contra corriente, con el agua a las rodillas y las piedras moviéndose bajo los pies. El agua no guarda el olor. Eso lo sabía cualquier niño de Glen Dubh que hubiera robado manzanas en el huerto de su madre. Niall había robado muchas.
Elspeth resbaló cuatro veces. Las cuatro se levantó sola antes de que él pudiera darle la mano. A la quinta, él dejó de ofrecerla.
A media tarde, el arroyo se abrió en una hondonada llana, parda, sin árboles, que olía a hierro y a cosa vieja. Una turbera. Charcos negros entre matas de brezo, juncos altos como un hombre, un suelo que parecía suelo y no lo era.
Detrás, lejos, los perros volvieron a ladrar. Más cerca que antes.
—Han encontrado el fuego —dijo Niall.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ladran como si estuvieran contentos.
Ella miró la turbera. Luego a él.
—Dime que no.
—Por aquí no puede pasar un caballo. Y los perros no huelen nada debajo del agua de turba. Nada. Ni a un obispo muerto.
—Eso lo acabas de inventar.
—Sí. Pero es verdad.
Entraron entre los juncos. El suelo cedía bajo cada paso, blando, frío, con un ruido de boca que chupa.
A los veinte pasos el agua le llegaba a Niall por la cintura.
A Elspeth, por el pecho. Él buscó el sitio donde los juncos eran más espesos y se agachó hasta que el agua negra le llegó a la barbilla.
La cadena, al cuello, tiraba hacia abajo. La sujetó con una mano contra el pecho.
Elspeth se agachó a su lado. Se había desatado el libro de la espalda y lo sostenía por encima del agua, contra el hombro, envuelto, apretado contra su cara, con los dos brazos. Solo le asomaban los ojos, la toca y un bulto de lino.
Olía a podrido. A hojas de mil otoños. A carne que se ha quedado demasiado tiempo en un sitio húmedo.
—Huele a sepultura de obispo —susurró ella.
—¿Has olido muchas?
—Una. Abrieron la del obispo Gregorio para trasladarlo. Yo tenía nueve años. No he vuelto a comer anguila.
—Cállate.
—Me has preguntado tú.
Los caballos llegaron un poco antes que los perros.
Niall los oyó por el suelo antes que por el aire, porque la turbera temblaba con los cascos como un tambor mojado. Luego los vio entre los juncos: patas embarradas, cotas de malla, lanzas levantadas. Se quedaron al borde de la hondonada, donde el suelo todavía aguantaba.
Delante de todos, en un caballo castaño enorme, un hombre rubio, cuadrado, con la cara ancha y una nariz de halcón que le había valido más de una broma a sus espaldas. La cota le llegaba a las rodillas. Tenía el yelmo colgado de la silla y el pelo mojado pegado a la frente.
Sir Hugues de Varenne.
Niall lo había visto comer en la mesa del barón durante años. Comía como luchaba: rápido, sin adornos, con los codos fuera. No era tonto. Esa era la desgracia de Varenne. Todo el mundo lo tomaba por un bruto, porque lo era, y nadie se daba cuenta a tiempo de que un bruto también piensa.
Los perros llegaron detrás. Dos, gris y leonado, con dos sargentos sujetando las correas. Bajaron el hocico a la orilla del arroyo, justo donde Niall y Elspeth habían entrado en la turbera. Dieron vueltas. Gimieron. Levantaron la cabeza y volvieron a bajarla.
—Se han metido en el agua —dijo un sargento.
—Ya veo que se han metido en el agua, Gautier. —Varenne tenía una voz hecha para gritar por encima de cien caballos—. Tengo ojos. ¿Dónde han salido?
Nadie contestó.
Varenne se quedó mirando la turbera. Niall sintió que lo miraba a él, directamente, entre los juncos, aunque sabía que era imposible. Tenía el agua en los labios. No respiraba. A su lado, Elspeth tampoco.
Entonces Varenne se irguió en los estribos, se llevó las manos a la boca y gritó hacia la turbera. En gaélico. Un gaélico malo, de cuartel, aprendido para dar órdenes, pero que se entendía.
—¡Hermana! ¡Sé que me oyes! —La voz rebotó en el monte de enfrente—. ¡Tu priora está bajo custodia! ¡Encerrada en su propia celda, con un sargento en la puerta, por encubrir a una fugitiva! ¡El arcediano la acusa de complicidad!
Niall sintió que Elspeth se movía a su lado. Un movimiento pequeño, involuntario, como el de alguien a quien han pinchado. El agua hizo un ruido minúsculo.
Le puso la mano en el brazo, bajo el agua. Apretó. Ella se quedó quieta.
—¡Sal ahora y hablaré en tu favor! —siguió Varenne—. ¡Si no, colgarás junto al traidor el día de San Martín! ¡En la misma horca! ¡El barón no hace distingos con las monjas!
El eco se fue apagando por el valle.
Nada se movió en la turbera. Solo los juncos, con el viento.
Varenne esperó un rato largo. Luego escupió al barro.
—No está aquí. Nadie aguanta en ese caldo tanto tiempo. —Hizo girar el caballo—. Han seguido el arroyo arriba, hacia el collado. Soltad a los perros en la otra orilla. Y tú, Gautier, deja de rascarte, que pareces un mono de feria.
Se fueron. Los caballos primero, luego los perros, arroyo arriba, con los hocicos pegados a la orilla equivocada. Tardaron mucho en dejar de oírse.
Niall contó hasta quinientos. A su lado, Elspeth no dijo nada en todo ese tiempo, y él pensó en la priora encerrada en su celda, en una mujer alta y huesuda a la que había visto una sola vez, desde la reja, dando órdenes a un sargento como si el sargento fuera suyo.
Pensó que Varenne no había gritado aquello para informar a nadie. Lo había gritado para que doliera.
Luego se levantó.
El frío le había entrado en los huesos y se había quedado a vivir allí. No sentía las piernas. Arrastró a Elspeth fuera de los juncos, hasta una mata de brezo seco, y los dos se dejaron caer.
Ella se quitó la toca empapada. Tenía el pelo castaño, muy oscuro, aplastado contra la cabeza. Y en el cuello, bajo la oreja, algo negro y brillante del tamaño de un dedo.
—Tienes una sanguijuela.
—Tengo cuatro —dijo ella, mirándose los brazos—. Esta es la quinta.
Niall se miró las piernas. Contó siete. Decidió dejar de contar.
Fue a quitársela del cuello y entonces se dio cuenta.
Elspeth tenía el libro todavía en los brazos.
No lo había soltado ni un momento. Ni en el arroyo, ni en los resbalones, ni en la turbera con el agua en la boca, ni cuando Varenne gritó el nombre de su priora.
Tenía una mancha parda de turba en el lomo que ya no iba a salir nunca, y ella lo sujetaba contra el pecho como se sujeta a un niño.
Y estaba sonriendo.
No mucho. Una sonrisa torcida, pequeña, con los labios morados y cuatro sanguijuelas en los brazos, mirando la turbera por donde se habían ido los perros.
Aquello le dio a Niall más miedo que Varenne, los alanos y la horca juntos.