LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 7. El juramento
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Capítulo 7. El juramento

La hondonada estaba a media legua del otero, al fondo de un barranco lleno de helechos muertos, y lo único bueno que tenía era que desde arriba no se veía.

Elspeth se sentó en una piedra con el libro en el regazo y descubrió que no podía dejar de temblar. No de miedo. O no solo. Tenía el hábito empapado hasta la cintura, la toca pegada a la cabeza como una venda, y los pies dentro de los zapatos hacían un ruido de ranas cada vez que los movía.

Niall se agachó delante de ella. Tenía la cara gris y los labios morados, y la cadena le colgaba del cuello como a un perro que se ha escapado de la caseta.

—Hay que hacer fuego.

—Con qué.

—Eso te iba a preguntar.

Elspeth lo miró. Luego se metió la mano en la escarcela, la bolsa de cuero que llevaba al cinto desde los catorce años, y sacó lo que había dentro, pieza a pieza, sobre la piedra: el raspador, una aguja de hueso de coser cuadernillos, un ovillo de hilo encerado, un cabo de vela, un pedernal y un eslabón de hierro.

—Para las lámparas del scriptorium —dijo—. La hermana Fionnghal siempre pierde el suyo.

Él se quedó mirando el pedernal como si fuera una reliquia.

—Todo está mojado —dijo ella—. No prenderá.

—Espera.

Se levantó y fue hasta un abedul viejo que había al borde de la hondonada. Tenía pegado al tronco un hongo grande, gris, con forma de pezuña de caballo. Niall lo arrancó, lo partió con las manos contra una piedra y le sacó de dentro una carne parda, esponjosa, seca como la paja de un granero.

—Yesca —dijo—. Mi hermana me enseñó. Se enfadaba porque yo tiraba mejor con arco, y se vengaba sabiendo hacer fuego.

Hicieron un fuego del tamaño de una escudilla, con ramitas de pino muerto de debajo de un tronco caído. Humeaba poco. Elspeth acercó las manos hasta que le dolieron.

Fue entonces, con el calor, cuando lo entendió. Le llegó entero, de golpe, como llega el dolor de una quemadura un momento después.

—Estoy muerta —dijo.

—No mucho.

—El Cuervo ha gritado que el preso ha matado a la hermana.

Dentro de una hora habrán apagado el scriptorium y habrán buscado mi cuerpo y no lo habrán encontrado.

—Se miró las manos—. Y entonces ya no seré una hermana muerta.

Seré una hermana que ha abierto la reja de un asesino y se ha ido con él al bosque.

Fugitiva. Cómplice. Madre Ethna... —Se calló.

Niall no dijo nada. Echó una ramita al fuego.

—Hay una granja —dijo al cabo— dos leguas al norte. La vi desde el otero. Te dejo allí. Dices que te llevé a la fuerza. Que te solté porque eras un estorbo. Te creerán; se te nota que eres un estorbo. Yo me llevo el libro a Glen Dubh.

—No.

—Hermana...

—Lo pinté yo. Va conmigo.

—No es tuyo. Es del obispo.

—El obispo no ha cruzado un canal debajo de una rueda de molino esta noche. —Apretó el libro contra el pecho—. El oro es mío, y el azul, y el águila, y el cuero, y la cola, y el hilo, menos el tuyo, que está mal cosido. Tú solo le has metido cosas dentro, como un ratón en un arcón.

—Esas cosas pueden ahorcar a un barón.

—Por eso mismo.

Se miraron por encima del fuego. Él tenía los ojos grises de la celda, pero a la luz del día se les veía otra cosa: cansancio, y debajo del cansancio, algo que calculaba.

—Te retrasarás —dijo él—. No sabes nadar. Seguro que no sabes montar.

—No sé montar. Tú no tienes caballo. Estamos igual.

—Eres una novicia.

—Tú eres un traidor. Si vamos a ir contando defectos, empieza tú, que tienes más.

Él abrió la boca y la volvió a cerrar. Elspeth pensó que era la primera vez que veía a aquel hombre sin respuesta, y le gustó más de lo que convenía.

—Encontré lo de la tapa —dijo, más bajo—. La carta. El halcón.

—Entonces ya sabes leer.

—Sé leer latín. Tus otras tres hojas siguen siendo un revoltijo de letras. Y la carta dice cosas que no entiendo del todo. —Levantó la barbilla—. Si me dejas en una granja, me pasaré el resto de mi vida sin saber qué dicen. Y eso, para una copista, es peor que la horca.

Niall se pasó la mano por la cara. La cadena tintineó.

—Dame la primera hoja —dijo.

Ella la sacó de dentro del hábito. Estaba húmeda en un borde y se había curvado con el calor de su cuerpo. Él la cogió con cuidado, con los dedos llenos de sangre seca, y la leyó en voz alta. En latín. Despacio, como se lee en el refectorio.

Ego, Niall MacRannoch, non sum proditor sanguinis mei.

Que había hecho un juramento que le cerraba la boca.

Que no había matado al hermano Aimeric. Que en las hojas siguientes, escritas en la lengua que solo su sangre sabía leer, estaban los pagos del barón, las fechas y los nombres de los hombres de Dios que habían cobrado por mirar a otro lado.

Que si moría antes de poder entregarlas, pedía a quien las encontrara que las llevara a Glen Dubh, a su hermano el laird.

Y que rogaba a Dios por el alma de quien lo hiciera, porque probablemente la iba a necesitar.

—¿Y las otras? —dijo Elspeth.

—Las otras, más adelante.

—¿Cuándo?

—Cuando sepa que no te vas a volver a Santa Bríd a contárselas a tu priora.

—Eso no ha sido muy amable.

—No. Ha sido prudente. —Le devolvió la hoja—. Es lo que me ha mantenido vivo.

Elspeth dobló la hoja y la guardó. Luego se quedó mirando el libro sobre sus rodillas. El cuero rojo, oscurecido por el agua en las esquinas.

—Júramelo —dijo.

—¿El qué?

—Que me llevarás contigo. Viva. Hasta ese Glen Dubh. Que entregaremos esto juntos. —Tragó saliva—. Y que no me mentirás. Nunca. Aunque te convenga. Sobre todo si te conviene.

Niall la miró mucho rato. El fuego chasqueó.

Luego alargó la mano y la puso encima del libro, sobre la tapa delantera, justo donde ella había repujado una cruz pequeña en el cuero, hacía un año, sin saber para quién.

—Juro por este libro y por lo que lleva dentro —dijo— que te llevaré viva a Glen Dubh. Que entregaré la prueba. Y que no te mentiré nunca.

Lo dijo sin solemnidad. Como quien dice su nombre.

—¿Los traidores juran en serio? —preguntó ella.

—Los traidores somos los únicos que sabemos lo que cuesta un juramento.

No apartó la mano enseguida. Elspeth tampoco apartó el libro. Se quedó mirando aquella mano sobre el cuero rojo: larga, fina, con el callo del escriba en el dedo corazón y los nudillos abiertos. Y en las yemas de tres dedos, otro callo distinto, duro, que ella no supo de qué era.

Luego miró la muñeca. Debajo del grillete, la carne estaba abierta en carne viva, negra de sangre seca y rosa de sangre nueva, con restos de óxido metidos dentro.

—Eso hay que curarlo —dijo.

—Después.

—Se te va a pudrir.

—Después, hermana.

—Elspeth. —Se le escapó sin pedir permiso—. Me llamo Elspeth.

Él retiró la mano del libro, despacio.

—Elspeth —repitió, como quien prueba una palabra en una lengua nueva.

Ella notó que se le calentaba la cara, y decidió que era el fuego, y se inclinó sobre él para que lo pareciera.

Entonces, a lo lejos, al este, por encima del ruido del agua del barranco, un perro dio la voz.

Un ladrido largo, grave, que subió por el valle y se quedó colgado entre los pinos. Y otro, detrás, respondiéndole.