LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 6. El canal del molino
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Capítulo 6. El canal del molino

—Abre la reja —dijo Niall.

La oyó buscar la cerradura a tientas. El metal rascó contra el metal una vez, dos, tres. La llave entró a la cuarta. Giró con un chasquido que en aquel silencio sonó como un hueso.

—Ya está. —Le temblaba la voz—. Ahora tú.

Niall ya estaba en la argolla.

No había tiempo para hebillas. Enrolló la cadena dos veces en los antebrazos, puso los dos pies en el muro, uno a cada lado de la grapa, y se echó hacia atrás con todo lo que le quedaba en el cuerpo, que no era mucho después de dos meses de gachas.

La grapa no se movió.

—Arriba está la puerta de la cilla —dijo la novicia, muy deprisa—. La he cerrado. Tiene llave. Él no tiene llave. Tardará un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—No lo sé. Nunca me ha perseguido nadie.

Niall volvió a tirar. Sintió cómo se le abría la carne de las palmas contra los eslabones, cómo el grillete izquierdo se le hundía en la muñeca hasta un sitio donde ya no dolía, sino que quemaba. El mortero crujió. Cayó polvo. Soltó un poco, cogió aire, tiró otra vez.

Arriba, algo golpeó la puerta de la cilla. Un golpe seco. Luego nada. Luego el ruido de un cerrojo que no era un cerrojo, sino una hoja de cuchillo trabajando en la madera.

—Viene —dijo ella.

—Ya lo sé.

—Solo lo digo por si ayudaba.

Niall apretó los dientes y tiró.

La grapa salió de la pared con un ruido de muela arrancada y él cayó de espaldas sobre la paja, con tres palmos de piedra y cal colgando del extremo de la cadena. Se quedó un momento sin aire. Tenía las manos pegajosas y no las sentía.

Arriba, la puerta de la cilla se abrió.

No hubo luz. El Cuervo no traía vela. Niall oyó los sacos de avena arrastrarse, oyó la trampilla, que la novicia había dejado abierta, y luego el primer escalón. Un paso. Un arrastre.

Se levantó sin ruido. Tanteó hasta encontrar el brazo de ella y la empujó hacia el fondo de la celda, detrás de él. Ella no protestó. Por una vez.

—Hermana. —La voz bajaba por la escalera, tranquila, casi amable, un poco ronca—.

Me habéis estropeado un ojo. Y una mano.

No os lo tengo en cuenta. Ha sido un gesto muy vivo.

—Otro escalón—. Y vos, MacRannoch. Os oigo respirar.

Respiráis como un fuelle roto. Sería mejor para todos que os quedaseis quieto donde os puso el arcediano.

Niall recogió la cadena del suelo. La sopesó. Tres palmos de hierro y un pedazo de muro en la punta.

—Bajad a buscarme —dijo.

El Cuervo se rio. Bajito.

—Qué familia la vuestra. Siempre invitando.

Bajó los últimos escalones. Niall no lo veía; lo olía.

Lluvia, lana mojada, hiel de roble. Y algo quemado.

Esperó a oír el arrastre del pie derecho sobre la piedra del fondo, calculó dónde tenía que estar el hombro de un hombre de su estatura, y soltó la cadena de lado, con los dos brazos, como quien siega.

Dio en algo blando y duro a la vez. El hombro derecho.

El Cuervo hizo un ruido que no era un grito. Era peor. Era el ruido de alguien a quien le han abierto una herida vieja que ya creía cerrada. Se oyó el cuchillo caer. Luego pasos rápidos, escalera arriba, uno firme y uno arrastrado, desordenados.

Y desde arriba, desde la puerta de la cilla, con una voz que ya no era suave ni educada, sino alta, rota, de hombre aterrado:

—¡Socorro! ¡El preso se ha soltado! ¡El preso ha matado a la hermana!

Niall se quedó quieto.

«Listo», pensó. «Muy listo. No necesita matarnos. Le basta con contarlo.»

La campana del priorato empezó a sonar. Luego gritos, en el patio. Botas herradas. Una voz de sargento dando órdenes en francés.

—Me ha matado —dijo la novicia, detrás de él, en la oscuridad—. Qué rápido.

—¿Hay otra salida?

—La cilla da al molino. Hay una puerta baja para los sacos de harina, al canal. —Ella ya estaba subiendo—. Tiene cerrojo por dentro. No hace falta llave.

—¿Y después del canal?

—Agua.

Subieron. La cilla estaba vacía; el Cuervo había salido al patio a seguir gritando su tragedia.

Por las rendijas de la puerta grande entraba la luz de las antorchas.

La novicia cruzó entre los sacos sin tropezar ni una vez, como quien se sabe cada piedra.

Descorrió un cerrojo al fondo. Una puertecita de dos palmos se abrió sobre el ruido del agua.

El canal del molino corría pegado al muro, negro, rápido, estrecho como un callejón. A diez pasos, la rueda. Parada, con la compuerta del saetín cerrada, pero el agua seguía pasando por debajo, por el arco de piedra, hacia el río.

—Por debajo de la rueda —dijo Niall.

—No sé nadar.

—¿Nada?

—Sé hundirme. Con mucha dignidad.

Él miró el libro que ella apretaba contra el pecho.

—Dámelo.

—No.

—No voy a quedármelo. Tienes que tener las manos libres.

Ella lo pensó exactamente un latido. Luego se quitó el escapulario del hábito, envolvió el libro en él, lo ató con el cordón de la cintura y se lo puso a Niall en las manos.

—Si se moja, te mato yo antes que el barón.

Él se colgó la cadena al cuello, dos vueltas, para que no tirara de los brazos. Se metió en el canal.

El agua le cortó la respiración. No estaba fría; estaba viva, y mordía. Le llegaba al pecho. La corriente tiraba de él hacia la rueda. Levantó el libro por encima de la cabeza con la mano izquierda y tendió la derecha hacia la puerta.

—Ven.

Ella bajó. Hizo un ruido pequeño al tocar el agua, como un gato al que pisan. Se agarró a su brazo con las dos manos. Tenía la toca empapada al instante y la cara muy blanca en la oscuridad, con una mancha negra en la mejilla que no era sombra.

—San Quirino murió ahogado en un río —dijo, con los dientes castañeteando.

—Luego me lo cuentas.

—Tenía la ventaja de estar ya muerto cuando lo tiraron.

—Coge aire.

—¿Cuánto?

—Todo.

La rueda estaba encima de ellos, enorme, goteando.

Bajo el eje, el arco de piedra dejaba un palmo de aire sobre el agua.

Niall la pegó a su costado, con el brazo derecho alrededor de su cintura, el libro en alto con el izquierdo, la cadena tirándole del cuello hacia abajo como una mano.

Se agachó hasta que el agua le llegó a la barbilla, luego a la boca.

Pasaron. La rueda rozó el libro. Ella se le agarró a la camisa hasta que él pensó que iba a arrancársela.

Al otro lado, la corriente los escupió al río.

El río era más ancho, más lento, más frío todavía. Niall buscó el fondo con los pies y lo encontró a trompicones, piedras redondas, resbaladizas. Arrastró a la novicia hacia la orilla de enfrente, la del bosque, lejos de las antorchas. Salieron a gatas entre los alisos, chorreando, sin hablar.

Ella se volvió enseguida hacia él.

—El libro.

Niall se lo dio. Ella deshizo el nudo con los dedos morados y palpó el lino. Húmedo por fuera. Seco por dentro. Soltó un aire que llevaba guardado desde el canal.

Detrás, al otro lado del agua, la campana seguía sonando.

• • •

Caminaron toda la noche, hacia el oeste, cuesta arriba, entre pinos que goteaban y abedules que brillaban en la oscuridad como huesos. Niall llevaba la cadena en el cuello y un zapato sin hebilla que se le salía a cada paso. Ella llevaba el libro y no dejó que nadie más lo tocara.

No hablaron. No hacía falta. Cada uno oía los dientes del otro.

Al alba llegaron a un otero pelado, con un espino torcido en la cima, desde el que se veía el valle. El priorato estaba abajo, pequeño, gris, con el humo de las cocinas subiendo recto. Y un hilo de humo más negro, más fino, que salía del tejado del scriptorium.

La novicia lo miró sin decir nada.

Por el camino del este, el de Inverness, venían jinetes. Una docena. Cota de malla que brillaba mojada, lanzas, y delante de todos un estandarte blanco con un halcón negro que el viento abría y cerraba como un ave de verdad.

Detrás de los caballos, dos perros grandes, de pecho ancho y hocico corto, tiraban de sus correas hacia el priorato, con la nariz baja.