LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 5. La tapa del libro
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Capítulo 5. La tapa del libro

A la hora de maitines, Elspeth llevaba ya mucho rato mirando el techo.

Había escondido el libro al anochecer, después de la cena, en el arcón de las pieles del scriptorium, debajo de doce cueros de ternera sin raspar que olían tan mal que ni siquiera la hermana Fionnghal metía allí la nariz.

Le había parecido un buen escondite. Ahora, en la oscuridad de su celda, le parecía el primer sitio donde miraría un hombre que ya había encontrado el libro una vez.

«No duermas en tu celda.»

Se dio la vuelta en el jergón. Las cuatro hojas crujieron contra su pecho.

«Media Escocia cojea», se dijo. «Es noviembre.»

San Sebastián había sobrevivido a las flechas y había vuelto él solito a buscar al emperador para decirle cuatro cosas. Y el emperador lo había mandado matar a palos. La hermana Fionnghal decía que la moraleja era la valentía. Elspeth siempre había pensado que la moraleja era no volver.

Se levantó, se puso el hábito y cogió la vela.

El claustro estaba negro y goteaba. Cruzó pegada a la pared, contando columnas. En la hospedería no había luz. En la iglesia, las hermanas cantaban maitines con esa voz de sueño que tienen los salmos a medianoche. El scriptorium estaba cerrado, como siempre. Ella tenía llave, como siempre.

Dentro, olía a cuero crudo y a cola. Encendió la vela grande del atril con la suya y fue al arcón. Levantó las pieles una a una. Debajo, el libro, envuelto en un paño de lino, donde lo había dejado.

Soltó el aire. Se rio un poco de sí misma.

Lo sacó. Y al sacarlo, con las dos manos, le pareció que pesaba mal.

No más. Mal. Como pesa un niño dormido distinto que un niño despierto.

Lo había encuadernado ella: había cortado la madera, había rebajado los cantos, había estirado el cuero rojo mojado sobre el roble y lo había dejado secar bajo una piedra.

Conocía el peso de aquel libro como conocía el de su propia mano.

Y la tapa trasera tiraba hacia abajo, un poco, como si le hubieran añadido algo.

Le dio la vuelta. Golpeó la tapa trasera con un nudillo. Luego la delantera.

No sonaban igual. La delantera sonaba a roble. La trasera, a caja.

«Lee el resto del libro. Con las manos, no con los ojos.»

Sacó el raspador de la escarcela. Era un cuchillo pequeño y curvo, con el mango de hueso, hecho para levantar la tinta de un pergamino sin levantar el pergamino.

Metió la punta bajo el borde del cuero, en la esquina de abajo, donde la cola era más débil.

El cuero cedió. Alguien lo había despegado antes y lo había vuelto a pegar con cola de pescado, pero con prisa, sin prensa.

Debajo, en la madera, había un rebaje. Un hueco del grosor de un dedo, tallado a cuchillo. Y dentro, un pergamino doblado en cuatro, con un sello de cera roja.

Un halcón con las alas abiertas.

Elspeth lo desdobló con la punta de los dedos, como se toca una herida.

Letra de secretario, grande, normanda. Latín de cancillería. Fechado en el año del Señor de 1152, en Castell Maubray. Dirigido a un tal G., sin más. Once líneas. Las leyó a la luz de la vela con la boca seca.

Es voluntad nuestra que la segunda esposa del laird se reúna con su loch antes de San Juan. Cumplido esto, recibirás veinte marcos de plata de manos de nuestro capellán.

Firmaba Renaud de Maubray.

Todo el norte conocía la historia del Laird Maldito. Dos esposas. Dos tumbas. La primera muerta de parto. La segunda, sacada del loch una noche de niebla. Una desgracia. Una maldición. Eso decían en Santa Bríd, en voz baja, en el refectorio, cuando la lectora se distraía.

No era una maldición. Costaba veinte marcos.

Se le heló algo por dentro, en un sitio que no sabía que tenía.

La puerta del scriptorium se abrió.

Elspeth no pensó. Metió la carta en el rebaje, apretó el cuero con el pulgar y cerró el libro. Todo en el tiempo de un aliento. Luego se volvió.

Un peregrino. Capa de sayal oscura de lluvia, capucha calada, cayado de fresno en la mano. Se quedó en el umbral, con la cabeza un poco inclinada, respetuoso.

—Perdonad, hermana. Vi luz. —La voz era suave, educada, con un acento que no era de ninguna parte—. No podía dormir y pensé que quizá una casa tan santa tendría vidas de santos para un pobre caminante.

—Es tarde para leer, hermano.

—Para los santos nunca es tarde. —Dio un paso dentro. El pie derecho se quedó un poco atrás—. Busco la vida de San Fillan. Voy a su santuario después de San Andrés. Me han contado que era tan santo que la mano derecha le brillaba en la oscuridad, y así podía copiar de noche sin gastar velas.

Elspeth lo miró.

La izquierda. A San Fillan le brillaba la mano izquierda. Lo sabía cualquier niño de Escocia, cualquier peregrino que hubiera puesto un pie en su camino. Y lo sabía mejor que nadie una copista que había envidiado aquella mano toda su vida, cada invierno, cada vez que se le acababa el sebo.

—Tenéis razón, hermano —dijo—. La derecha.

El peregrino sonrió. Ella lo vio sonreír bajo la capucha y supo que él sabía que ella sabía.

Se bajó la capucha despacio.

Una cara estrecha, enjuta, afeitada. Pelo negro lacio pegado a la frente por la lluvia. Una bufanda de lana gris enrollada al cuello, alta, hasta la mandíbula. Y los ojos. Muy oscuros. Tanto que no se les distinguía el centro del resto. Ojos de pozo.

—Qué lástima —dijo él—. Me había caído bien, hermana. Dadme el libro.

—No.

—No os lo estoy preguntando. —Dejó el cayado apoyado en la puerta, con cuidado, como un invitado.

Sacó de debajo de la capa un cuchillo. Lo llevaba en la mano izquierda—.

Dadme el libro y las hojas que sacasteis de él, y volved a la cama, y mañana no recordaréis nada.

O no me lo deis, y mañana tampoco recordaréis nada. Es cuestión de gusto.

Elspeth tenía el libro contra el pecho con una mano. Con la otra, sin mirar, buscó en el atril.

El tintero de hiel de roble estaba lleno. Lo había preparado aquella tarde, espeso, negro, con el vitriolo recién molido, el que picaba en los ojos si una se acercaba demasiado.

Se lo tiró a la cara.

El hombre no gritó. Hizo un ruido sordo, se llevó el brazo a los ojos y dio un paso atrás.

Elspeth le tiró la vela grande del atril.

Le dio en el pecho y cayó al suelo encendida y rodó hacia las pieles.

Él se lanzó a ciegas hacia donde estaba ella, con el cuchillo por delante, y ella hizo lo único que sabía hacer con un cuchillo, que era raspar: le pasó el raspador por el dorso de la mano izquierda, de lado, como quien levanta una errata.

Esta vez sí hizo ruido. Y la mano libre le llegó a la cara.

No lo vio venir. Fue como si le estallara la mejilla. Se encontró de rodillas junto al arcón, con la boca llena de un sabor a hierro y el libro todavía apretado contra el pecho, porque los brazos no se habían enterado de nada.

El hombre estaba entre ella y la puerta, frotándose los ojos con la manga, maldiciendo en un francés muy bueno. Las pieles empezaban a humear.

Había otra puerta. La pequeña, la del huerto, por la que salían las hermanas a tirar el agua sucia.

Elspeth se levantó y corrió.

No pensó adónde. Las piernas eligieron por ella.

Cruzó el huerto bajo la lluvia, tropezó en los surcos de las coles, llegó al muro de la cilla con el corazón en la garganta y el aro de llaves de la cillerera golpeándole la cadera.

Metió la llave grande a la segunda. Entró.

Cerró. Oyó detrás, en el huerto, un paso firme y un arrastre. Un paso firme y un arrastre.

Tiró los sacos de avena. Abrió la trampilla. Bajó los once escalones a oscuras, sin vela, con la mejilla ardiendo.

Abajo sonó una cadena.

—¿Hermana?

Elspeth se agarró a los barrotes. Tenía el libro bajo un brazo y la llave de hierro negro, la del ojo de trébol, en la otra mano, y no conseguía que dejara de temblar.

—Si tu cadena no se suelta ahora, hermano, nos vamos a morir los dos juntos, y apenas nos conocemos.