LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 4. El peregrino cojo
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Capítulo 4. El peregrino cojo

Desde la reja alta, lo que se veía del mundo eran pies.

Niall había aprendido a leerlos como otros leen las nubes.

Las sandalias de las monjas, rápidas y silenciosas, siempre en parejas.

Las botas herradas de los sargentos, que pisaban los charcos a propósito.

Los zuecos de la hermana cillerera, que aquella mañana no habían pasado, ni a prima ni a tercia, lo cual quería decir que o estaba enferma o estaba muerta, y en un priorato las dos cosas se anunciaban con campana.

No había sonado ninguna campana. Enferma, entonces.

Lo habían devuelto a la celda después de la sala capitular con un golpe de más en los riñones y la cadena otra vez en la argolla.

Se había sentado junto a la reja alta porque era el único sitio donde el aire olía a algo que no fuera él.

Y porque le gustaba pensar en la cara del arcediano cuando la novicia leyó el acta.

Se le había puesto la cara del color del vino de misa.

«Domus Maubray», pensó. «Lo ha escrito tal cual. Tiene agallas. O no tiene sentido común. En una mujer de iglesia viene a ser lo mismo.»

A media tarde pasaron los peregrinos.

Los oyó antes de verlos: voces cansadas, el acento de las tierras bajas, alguien que pedía sopa en nombre de San Andrés. Luego los pies. Pies descalzos de penitente, embarrados hasta el tobillo. Pies con abarcas. Bajos de capa de sayal empapada, oscura de agua.

Y un cayado.

Fresno, pelado, con la contera de hierro.

Se apoyaba en el suelo del patio a la derecha de un pie derecho que no terminaba de levantarse.

Un pie que se arrastraba, lo justo, medio palmo, como quien arrastra la costumbre de una herida vieja.

Luego el cayado. Luego el pie izquierdo, firme. Luego otra vez el arrastre.

Niall dejó de respirar.

Había visto ese paso en Castell Maubray.

De noche, por los pasillos de la torre del barón, cuando todo el mundo dormía y un hombre al que nadie veía en el salón bajaba a las cocinas a por pan.

Un hombre enjuto, con el pelo negro lacio y una bufanda al cuello incluso en verano.

Un hombre que no hacía ruido, salvo por aquel pie.

El mundo creía que el Cuervo se había ahogado en el Ness el año anterior. Había aparecido un cadáver. Hubo misas.

Niall sabía que no. En septiembre, aquel mismo pie se había arrastrado por su cámara la noche que desapareció su cuchillo.

El cayado siguió hasta la puerta de la hospedería. Se paró allí un momento, como si el hombre que lo llevaba mirase algo. Luego entró.

• • •

Fue la novicia quien bajó con la cena.

Niall la oyó en la trampilla, trasteando con un aro de llaves que sonaba como un rebaño de cabras, y maldiciendo en voz baja algo en latín que no estaba en ningún misal.

—La hermana cillerera tiene fiebre —dijo, al llegar abajo, sin saludar—. Madre Ethna dice que ya que tanto me gusta bajar aquí, bajaré yo hasta que se cure.

—Me alegra que te castiguen conmigo.

—No es un castigo. Es una penitencia. Hay diferencia.

—¿Cuál?

—La penitencia la eliges tú. —Dejó el cuenco en el suelo, junto a la reja. Gachas. Un trozo de queso. Lo empujó con el pie hasta donde él pudiera cogerlo sin estirar la cadena—. Yo no la he elegido, así que supongo que es un castigo.

Niall miró el aro de llaves que llevaba colgado de la cintura.

Siete u ocho. La grande de la cilla, la de la despensa, dos pequeñas de arcones.

Y una de hierro negro, con el ojo en forma de trébol, que había visto en manos de la cillerera cada mañana cuando un sargento abría la reja para cambiar el cubo.

Apartó la vista antes de que ella se diera cuenta de dónde miraba.

—Hay un peregrino en la hospedería —dijo—. Uno que cojea.

—Hay seis peregrinos en la hospedería. Dos cojean. Uno tose como un buey y otro ha pedido que le bendigan un juanete.

—El que lleva cayado de fresno. El que arrastra el pie derecho.

Ella lo miró.

—¿Y?

—Es el hombre del que te hablé anoche. El Cuervo.

La novicia se cruzó de brazos.

—Media Escocia cojea. Es noviembre.

—Lo he visto andar. En Castell Maubray. Durante años. No se puede disfrazar un pie.

—Tú lo has visto por una reja de un palmo, a ras del suelo, entre la lluvia. Has visto un cayado y un tobillo. —Ella levantó una ceja—. ¿Has reconocido también la forma de las uñas?

—Hermana...

—No me llames así como si fueras a pedirme algo.

—Voy a pedirte algo. —Niall se levantó. La cadena sonó contra la piedra—.

Ese hombre no ha venido a rezar a San Andrés.

Ha venido a por el libro. Si sabe que está aquí, sabe lo que hay dentro.

Va a quemarlo. Y a ti con él, si le estorbas.

Y le vas a estorbar, porque se te ve en la cara que eres de las que estorban.

Ella no dijo nada durante un momento. Algo le había cambiado en la boca. Una arruga pequeña, entre las cejas.

—Alguien ha tocado el libro —dijo al fin, en voz más baja—. Esta mañana. Mientras yo estaba en la sala capitular. Lo cambiaron de atril y lo dejaron abierto por el cuadernillo donde estaban las hojas.

—¿Las hojas?

—Las tengo yo.

—¿Dónde?

—Donde no vas a mirar.

Niall cerró los ojos un instante. Luego los abrió.

—Esconde el libro. Esta noche. Donde nadie más que una copista buscaría.

—Nadie más que una copista buscaría en un scriptorium. Por eso lo tenía ahí.

—Y alguien lo ha encontrado ahí. —Niall se agarró a los barrotes—. Y no duermas en tu celda.

—¿Y dónde quieres que duerma? ¿Aquí contigo? Te traigo una almohada y rezamos maitines juntos.

—Duerme en la iglesia. En la cocina. Con la cillerera y su fiebre. Donde haya más gente.

—Hay más gente en todas partes que en mi celda. Soy novicia. —Recogió el cuenco vacío de la noche anterior, lo sacudió y lo metió en la cesta con un golpe seco—. Llevo veintisiete años en este priorato. Me sé cada piedra. Ningún peregrino con juanete me va a...

—El de los juanetes es otro.

—¡Ya lo sé! —Se le escapó alto. Se tapó la boca. Miró hacia la trampilla. Luego volvió a mirarlo a él, furiosa, con los ojos brillantes—. Ya lo sé.

Se fue. Subió los once escalones sin volverse, con el aro de llaves sonando como un rebaño que huye, y la trampilla se cerró de un golpe que hizo caer polvo del techo.

Niall se quedó mirando la escalera vacía.

«Muy bien, MacRannoch. Años engañando a un barón normando y no sabes convencer a una monja de que no duerma sola.»

Buscó la hebilla en la paja.

Esta vez no rezó padrenuestros. Metió la hebilla entre la grapa y la piedra y rascó con rabia, con todo el antebrazo, sin cuidado.

El mortero cedía en polvo blanco. La hebilla resbaló y le abrió la palma.

Siguió. El grillete le mordía la muñeca en carne viva a cada tirón, y la sangre bajaba por el hierro y se le metía entre los dedos y hacía resbalar la hebilla, y él se limpiaba la mano en la camisa y seguía.

Arriba, en el patio, anocheció. Pasaron pies. Ninguno arrastraba nada.

Cuando ya no se sentía los dedos, soltó la hebilla, agarró la cadena con las dos manos, apoyó un pie en el muro y tiró hacia atrás con todo el cuerpo.

Algo crujió dentro de la piedra.

La grapa salió un dedo de la pared.