Capítulo 3. La confesión del arcediano
La sala capitular de Santa Bríd era la habitación más fría del priorato, y eso que competía con la cilla.
Elspeth se sentó en el taburete del rincón, con el tablero sobre las rodillas, el tintero a la izquierda y tres plumas cortadas la noche anterior.
No había dormido. Tenía las cuatro hojas todavía dentro del hábito, contra la piel, y cada vez que respiraba el pergamino crujía un poco, y cada vez que crujía ella estaba segura de que toda la sala lo había oído.
Nadie lo oyó. Estaban ocupados en ser importantes.
Madre Ethna, en su sitial, recta como un báculo. A su lado, en la silla del obispo, que nadie usaba nunca porque el obispo no venía nunca, el arcediano Thurstan.
Elspeth lo miró como miraba una piel de ternera antes de comprarla: buscando los agujeros.
Cincuenta años, quizá más. Rollizo, con esa redondez de los hombres que comen dos veces al día desde siempre.
Normando de nariz y escocés de mejillas.
Las manos, blancas y blandas, cruzadas sobre el vientre como dos panes sin cocer.
En el anular de la derecha, un anillo de oro con una piedra verde del tamaño de una uña de pulgar, que él hacía girar con el índice cuando se aburría, es decir, casi siempre.
Olía a clavo. Todo el cuarto olía a clavo desde que había entrado, un olor dulce y caro que se pegaba a la garganta.
Tenía una voz hecha para los púlpitos: grave, redonda, con eco incluso donde no había eco.
No la miró. Elspeth lo anotó como se anota la fecha al principio de un acta. Un dato. Sin importancia.
Junto a la puerta, dos sargentos del barón con el halcón negro en el pecho. Y en el centro, de pie porque nadie le había ofrecido dónde sentarse, Niall MacRannoch.
A la luz del día era peor. La luz del día no perdona.
Se le veían los pómulos, las costillas bajo la camisa, la cicatriz pequeña en la barbilla, las muñecas negras de costra y de hierro.
Le habían soltado la cadena del muro, pero le habían puesto otra entre los grilletes, corta, que le obligaba a llevar las manos juntas delante, como un monje en procesión.
No la miró tampoco. Elspeth se lo agradeció.
—Comenzad, hermana —dijo el arcediano, sin volverse hacia ella—. En latín. El obispo no lee otra cosa.
«El obispo lee cuatro lenguas», pensó Elspeth. «Tú, dos y media.»
Mojó la pluma.
Thurstan hizo las preguntas en latín. Un latín correcto, de sermón, con alguna terminación cojeando. Niall contestó en latín. Y Elspeth, a la tercera respuesta, tuvo que apretar los labios para no hacer un ruido que habría sido muy impropio de una novicia.
—¿Confiesas ser traidor?
—Confiteor me proditorem esse —dijo Niall, y dejó pasar el tiempo de un aliento, lo justo para que el arcediano asintiera con satisfacción— domus Maubray.
«Confieso ser traidor a la casa de Maubray.»
Thurstan ya había asentido. Hizo girar el anillo.
—¿Confiesas haber servido al barón?
—Servivi domino meo fideliter. Semper.
«Serví fielmente a mi señor. Siempre.» No dijo qué señor. Thurstan asintió otra vez.
—¿Tu cuchillo fue hallado en el pecho del hermano Aimeric?
—Cultellus meus ibi inventus est. Manus mea non.
«Mi cuchillo fue hallado allí. Mi mano, no.»
Elspeth escribió. Palabra por palabra. Con su mejor letra, la más clara de la casa, la que se leía desde el otro lado de una mesa.
Le salía redonda y firme, y la pluma no se le trabó ni una vez, y pensó que San Casiano, el maestro de escuela al que sus propios alumnos mataron a punzones de escribir, habría estado orgulloso de ella, y luego pensó que quizá no era el mejor santo para pensar en aquel momento.
Madre Ethna no dijo nada. Pero Elspeth vio que la priora había dejado de pasar las cuentas del rosario.
—Suficiente —dijo el arcediano al cabo. Se volvió por fin hacia el rincón, aunque sus ojos se quedaron a un palmo de la cara de Elspeth, sobre la pared—. Leed lo que habéis escrito.
Elspeth leyó. En latín. Despacio.
Hubo un silencio. Uno de los sargentos, que no sabía latín, se rascó la oreja. Thurstan se quedó quieto, con la boca un poco abierta, y el color le fue subiendo desde el cuello hasta las mejillas, como el vino en una jarra.
—Eso no es lo que ha dicho.
—Es exactamente lo que ha dicho, reverendo padre.
—Es lo que ha dicho con la boca. No lo que ha querido decir.
—El arcediano se levantó. Era más bajo de pie que sentado—.
Una confesión no es un acertijo, hermana.
Escribiréis lo que yo os dicte. El reo confiesa haber dado muerte al hermano Aimeric, capellán, por instigación del diablo y de su propia malicia, y confiesa haber servido al barón de Maubray con doblez y engaño, y pide la misericordia de Dios, ya que la de los hombres no le alcanza.
—Eso es muy bonito —dijo Niall, en gaélico—. ¿Puedo quedármelo para la horca?
Uno de los sargentos le dio con el puño del cuchillo en la espalda. Niall se dobló un poco y volvió a enderezarse. No hizo ruido.
—El rey Malcolm tiene dieciséis años —dijo Thurstan, a nadie en particular, alisándose el hábito—.
Este año ha entregado Northumbria y Cumbria al rey Enrique con una firma, porque no tenía con qué defenderlas.
El barón va a la corte en Navidad. No va a ir con un asesino de clérigos sin ahorcar.
Rehacedlo, hermana. Esta tarde. Y traédmelo antes de vísperas.
—Sí, reverendo padre.
Lo rehízo aquella misma mañana, en el scriptorium, con los dientes apretados. Escribió todas las palabras del arcediano, una detrás de otra, en su letra más clara. Y en medio, en la línea donde el diablo instigaba y la malicia sobraba, dejó intacto, en letra un poco más pequeña, el domus Maubray.
El arcediano no lo vería. El arcediano no leía; firmaba.
• • •
Al volver por el claustro, con el acta seca bajo el brazo, vio entrar a los peregrinos.
Venían por la puerta de la hospedería, empapados, seis o siete, con las capas de sayal chorreando y las conchas colgadas al cuello.
Iban camino de San Andrés, dijo la hermana portera a quien quisiera oírla, y pedían techo por una noche, y sopa, y que alguien les bendijera los pies. Elspeth se apartó para dejarles paso.
El último llevaba un cayado de fresno y la capucha calada. Caminaba más despacio que los otros. Arrastraba un poco el pie derecho, lo justo, como quien lleva una piedra en el zapato desde hace años y ya no se molesta en sacarla.
Elspeth lo miró pasar. No le vio la cara.
—Elspeth.
Madre Ethna estaba detrás de ella, junto a una columna. Sola. Había esperado a que los sargentos se llevaran al preso. Tenía las manos metidas en las mangas y la cara de cuando iba a preguntar algo cuya respuesta ya conocía.
—Madre.
—Anoche, en el scriptorium. Cerraste el libro muy deprisa. —La priora no parpadeaba—. ¿Qué encontraste?
Elspeth tenía las cuatro hojas contra la piel.
Podía sacarlas. Podía dárselas. Madre Ethna la había recogido de la puerta del priorato en una manta, con un salterio al lado; le había enseñado a leer, a callar y a no fiarse de nadie con perfume.
Nunca, en veintisiete años, le había mentido a aquella mujer.
Ni una vez. Ni siquiera sobre las ciruelas.
—Nada, madre. El oro de la inicial de San Marcos se ha levantado entero. Me enfadé.
Ethna la miró un momento más.
—Ya —dijo.
Y se fue.
Elspeth se quedó sola en el claustro, con la lluvia goteando del tejado y una sensación en el estómago como si se hubiera tragado un clavo. Luego subió al scriptorium, porque era lo único que sabía hacer cuando algo le dolía.
Se detuvo en la puerta.
Había dejado el evangeliario en su atril, junto a la ventana, cerrado, con la regla encima para que no se abriera la tapa. La regla estaba en el suelo.
El libro estaba en otro atril, al otro lado de la sala, junto al fuego apagado. Abierto por el cuarto cuadernillo. Por el sitio exacto donde el hilo de lino había estado cosido.