Capítulo 2. Cadena
La novicia no se movió.
Niall había aprendido en dos meses de hierro que la gente que baja a ver a un preso hace una de tres cosas cuando el preso se acerca a la reja: retrocede, se santigua o escupe.
Los sargentos del barón escupían. La hermana cillerera se santiguaba y dejaba el cuenco tan lejos de los barrotes que él tenía que estirarse con la cadena hasta que el grillete le mordía la carne. Los demás retrocedían.
Esta no hizo ninguna de las tres. Se quedó donde estaba, con la vela en una mano, y lo miró como se mira una página mal copiada: buscando dónde estaba el error.
Pequeña. Le llegaría al hombro. La toca le tapaba el pelo y dejaba la cara al aire, una cara estrecha, pálida de invierno, con ojos grises que no parpadeaban lo bastante.
Los dedos de la mano que sostenía la vela tenían tinta negra hasta la segunda falange, y un poco de azul en el pulgar.
Lapislázuli. Nadie se mancha de lapislázuli si no sabe lo que vale.
Tenía miedo. Se le notaba en la vela, que le temblaba lo justo. Pero no era el miedo de las mujeres que bajan a ver al monstruo. Era el miedo de alguien que ha hecho una suma y no le gusta el resultado.
«Bien», pensó Niall. «El miedo sirve. La lástima, no.»
—Habla, entonces —dijo ella—. Tienes lo que tarde en consumirse esta vela.
Él miró el cabo. Dos dedos de sebo.
—Eres generosa.
—Es la única que tenía.
Niall se apoyó en los barrotes. Le dolían las muñecas. Le dolía todo, en realidad, pero las muñecas le dolían de una forma más personal, como duele un vecino.
—Yo no maté al hermano Aimeric.
—Eso dicen todos los que están ahí dentro.
—¿Has hablado con muchos?
—Contigo. —Ella levantó un poco la barbilla—. Y he copiado las actas de otros tres. Todos decían lo mismo. A uno lo ahorcaron por robar un cáliz y luego apareció el cáliz en la sacristía, detrás de un arcón.
—¿Y qué hicisteis?
—Rezamos por él. Con mucho sentimiento.
Niall sintió que algo le tiraba de la comisura de la boca. Hacía semanas que no le pasaba. Lo dejó estar.
—A Aimeric lo mató un hombre al que llaman el Cuervo —dijo—.
Trabaja para el barón. Hace lo que los caballeros no pueden hacer con la cota puesta.
Me quitó el cuchillo una noche, en Castell Maubray, y a la mañana siguiente el cuchillo estaba en el pecho del capellán, en la capilla, delante del altar. Mi cuchillo. Con mi marca en el mango.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque había aprendido a leer una cosa que no debía. Una cifra. La inventamos mis hermanos y yo de niños, en un establo, para que no nos leyeran las cartas. Nadie fuera de mi casa la conocía. —Hizo una pausa—. Alguien se la enseñó. Y el Cuervo leyó lo que yo escribía.
—¿Y qué escribías?
—Eso no puedo decírtelo.
Ella entrecerró los ojos.
—Qué conveniente.
—No. Es lo menos conveniente que me ha pasado nunca. —Niall bajó la voz—. Hice un juramento. No puedo romperlo, ni aquí ni en la horca. Lo único que puedo decirte es que no soy lo que dicen.
—Todo el mundo dice que eres un traidor.
—Todo el mundo tiene mala memoria.
La vela chisporroteó. La novicia la miró, luego lo miró a él.
—Quiero pruebas.
—Las tienes.
—Tengo cuatro hojas. Una en latín que dice que eres inocente, firmada por ti. Eso es como si un zorro firmara un pergamino diciendo que las gallinas se murieron de viejas. —Se le endureció la voz—. Y tres más que no se pueden leer.
—Lee el resto del libro.
—Lo he leído entero. Lo escribí yo.
—Léelo otra vez. —Niall se acercó a la reja todo lo que le dejaba la cadena. Olía a cera de vela y a lluvia, y aquello, después de dos meses, era casi insoportable—. Con las manos, no con los ojos. Tú sabes cómo se hace un libro. Yo solo sé cómo se esconde algo dentro.
Ella lo miró mucho rato. Arriba, un ratón arrastró algo por el suelo.
«Dile lo de la tapa», pensó. «Díselo claro.»
No se lo dijo. Las paredes de aquella cilla eran de piedra, pero la trampilla era de madera, y los sargentos del barón dormían a cuarenta pasos, en la hospedería, y una de las cosas que había aprendido en Castell Maubray era que las paredes no oyen, pero la gente que está detrás sí.
—No te prometo nada —dijo ella.
—No te lo he pedido.
—Mañana a tercia estaré en la sala capitular. Escribiré lo que digas. Si mientes, lo escribiré igual.
—Si miento, escríbelo bonito.
La novicia recogió la vela. Se fue hacia la escalera sin volverse. En el tercer escalón se detuvo.
—El pan es de hoy —dijo, sin mirarlo—. El agua bendita es del pozo. La he bendecido yo. No sé si cuenta.
Y subió.
Niall se quedó a oscuras.
No del todo. En lo alto del muro había una reja estrecha como un palmo, a ras del patio, por la que de día entraba una luz sucia y de noche el agua.
Se sentó. El pan era de aquel día, y se lo comió despacio, como un hombre rico.
Luego buscó en la paja, junto a la argolla, la hebilla.
Era la hebilla de hierro de su zapato izquierdo.
La había arrancado la primera semana. Desde entonces, cada noche, la metía entre la grapa de la argolla y la piedra y rascaba.
El mortero de la cilla era viejo, de cal mala, y cedía a razón de un grano de arena por cada padrenuestro.
Llevaba muchos padrenuestros. La grapa bailaba ya un poco si tiraba con todo el cuerpo, un temblor apenas, como un diente de leche.
Rascó.
«Tres semanas en Castell Maubray», pensó. «Cinco aquí. Y ni un solo MacRannoch ha preguntado por mí.»
No era justo pensarlo y lo pensaba igual.
Torquil no podía venir. Torquil no podía ni pronunciar su nombre en voz alta sin romper lo que los dos habían hecho.
Lo sabía. Lo había sabido en la capilla de Dun Dorcha, hacía años, con la mano sobre la reliquia de San Columba, un hueso pequeño y amarillo dentro de un relicario de plata que olía a humo de siglos.
«Juro servir en casa del barón como tus ojos. Juro no revelarlo a nadie, ni a madre, ni a Ewan, ni a Dios en confesión, hasta que tú me liberes.»
Torquil había tardado en contestar. Luego había dicho: «Te libero cuando vuelvas». Y Niall no había vuelto.
Rascó más fuerte. La hebilla resbaló y le abrió el nudillo. Se chupó la sangre.
En Castell Maubray, el barón le había hecho construir la horca a los carpinteros del castillo con madera buena, de roble, para que durase. Se la había enseñado desde la ventana el día que lo sacaron de la mazmorra para el traslado, como quien enseña una silla nueva.
«Ya han construido la horca», pensó Niall. «Sería una pena desaprovecharla. Con lo cara que está la madera.»
Rascó.
Pensó en la novicia. En el ojo torcido del águila.
En aquellos dedos manchados de azul. Pensó que, de todos los seres humanos de Escocia a los que podía haber ido a parar su confesión, había ido a parar a la única persona que la había leído entera y había bajado a preguntar.
Eso era suerte, o era Dios, o era una broma de alguno de los dos.
Arriba se abrió la puerta de la cilla.
Niall dejó de rascar. Tapó la hebilla con paja y se quedó quieto contra el muro.
Pasos. Dos hombres, no una mujer. Uno pesado, con espuelas. Otro más blando, que arrastraba un poco los pies como los hombres que no han caminado nunca por necesidad. Una luz de antorcha se asomó a la trampilla y bajó por los escalones hasta la mitad, sin llegar al fondo. Traía olor a clavo.
—¿Duerme? —preguntó una voz de soldado.
—Los condenados no duermen, sargento. Rezan o blasfeman. —La otra voz era redonda, bien alimentada, hecha para llenar naves de iglesia. Niall la conocía. La había oído pedir más vino en la mesa del barón—. Da igual. Que haga lo que quiera con su última semana.
La antorcha se quedó un momento quieta en la escalera. Niall no se movió. Pensó en la novicia cruzando el patio con su cabo de vela. Pensó que, si se habían cruzado, ya lo sabría.
—Mañana a tercia —dijo el arcediano Thurstan—. Y el día de San Martín, la horca.