LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 1. La página cosida
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LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1)

LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1)

Por AVELINE SINCLAIR

© inepub.com

Capítulo 1. La página cosida

Elspeth había iluminado cientos de páginas en su vida en el priorato de Santa Bríd, pero nunca había iluminado una que le temblara tanto en las manos como aquella.

Se suponía que era un simple encargo del obispo: copiar y decorar un pequeño evangeliario para la capilla de Castell Maubray, trabajo tedioso pero honesto, de los que Madre Ethna le encomendaba cuando quería mantenerla ocupada y lejos de sus preguntas incómodas sobre por qué un priorato tan pequeño recibía tantas visitas de hombres con caras de soldado y modales de espía.

Lo había terminado el invierno anterior. Tapas de roble forradas de cuero rojo, oro pobre, azul de lapislázuli. En la inicial de San Juan había pintado un águila con un ojo un poco torcido. Nadie se había dado cuenta. Ella lo veía cada vez.

Tras la muerte del hermano Aimeric, el capellán del barón, los libros de la capilla que eran del priorato habían vuelto a Santa Bríd en un arcón, envueltos en paja, como gallinas. El oro se había descascarillado en tres iniciales. Había que dorarlo de nuevo.

La vela del scriptorium ardía baja. Afuera llovía sobre el huerto. Olía a sebo, a cola de pescado y a pergamino húmedo. Las otras hermanas se habían ido a completas hacía rato.

Fue al pasar el pulgar por el lomo cuando lo notó.

El cuarto cuadernillo abultaba. Poco. Lo que abulta una mentira pequeña.

Abrió el libro por allí y acercó la vela.

El hilo que cosía aquellas hojas no era el suyo.

El suyo era hilo encerado, oscuro, apretado.

Este era lino crudo, sin cera, y el nudo lo había hecho alguien que sabía coser, pero no libros.

Entre el folio de las bienaventuranzas y el del padrenuestro había cuatro hojas que ella no había escrito nunca.

Las sacó con la punta del raspador, cortando el hilo con cuidado, como se saca una espina.

La primera estaba en latín. Una letra pequeña, inclinada, de hombre que ha aprendido a escribir deprisa en sitios donde no conviene que te vean escribir.

Ego, Niall MacRannoch, non sum proditor sanguinis mei.

«Yo, Niall MacRannoch, no soy traidor a mi sangre.»

Elspeth la leyó dos veces. Hablaba de un juramento que no podía romper, de un clérigo muerto que él no había matado, de pagos y de nombres que estaban en las hojas siguientes. Firmaba al pie, con la fecha de la Natividad de la Virgen.

Las otras tres hojas eran letras latinas, limpias, en columnas, que juntas no decían nada. Una cifra.

No se suponía que fuera a encontrar, oculta entre dos páginas cosidas con un hilo distinto al resto del cuaderno, una confesión escrita de puño y letra de un hombre que el clan MacRannoch entero creía un traidor.

Todo el norte conocía el nombre. El hermano del Laird Maldito que se vendió al normando por un caballo y un sueldo.

Y desde septiembre, el hombre que había apuñalado al hermano Aimeric con su propio cuchillo.

Como el muerto era clérigo, la causa era del obispo, y por eso lo habían traído a la celda de penitencia bajo la cilla.

A cien pasos de su vela.

—Elspeth.

Dio un respingo. Madre Ethna estaba en la puerta del scriptorium, alta, huesuda, con la capa de lluvia todavía goteando, y la miraba con aquellos ojos de águila que veían un borrón desde el otro lado del claustro.

Elspeth cerró el libro sobre las cuatro hojas. No lo pensó. Las manos lo hicieron solas.

—Madre.

—Deberías estar en la cama.

—Estaba dorando.

—Estabas leyendo. Tienes la cara de leer.

—La priora entró y se sacudió la capa—. El arcediano Thurstan ha llegado esta tarde con los hombres del barón.

Mañana a tercia interroga al preso en la sala capitular.

Quiere que una copista de la casa registre su confesión antes de entregarlo al brazo secular.

Elspeth notó que se le enfriaban los dedos. No por el preso.

—¿Y por qué yo?

—Porque tienes la letra más clara y la lengua más corta. —Ethna hizo una pausa—. Casi siempre.

—La hermana Fionnghal tiene mejor letra.

—La hermana Fionnghal se duerme en los interrogatorios. En el último roncó durante un homicidio. —Ethna se ajustó la capa—. Escribirás lo que se diga. Nada más. No mirarás al preso. No le hablarás. Y cuando termines, te olvidarás de todo lo que hayas oído.

—Sí, madre.

—Eso lo has dicho con la lengua larga.

Se fue. Elspeth sacó las cuatro hojas del libro y se las guardó dentro del hábito, contra el pecho, donde empezaron a pesar como una piedra.

• • •

La hermana portera guardaba también las llaves de la cilla cuando la cillerera se acostaba, y a aquella hora roncaba en su garita junto a la puerta, con un rosario en una mano y un trozo de queso en la otra.

Elspeth le tocó el hombro. La portera abrió un ojo.

—Si es el fin del mundo, que espere a laudes.

—Madre Ethna quiere que le baje pan y agua bendita al preso. Para que mañana confiese limpio.

La portera abrió el otro ojo.

—¿A estas horas?

—Los pecados no duermen, hermana.

—Los pecados no. Las porteras, sí. —Le tendió la llave grande sin incorporarse—. Y no te acerques a la reja. Dicen que ese le arrancó la oreja a un sargento de un mordisco.

—¿Y qué hizo con ella?

—Eso no lo dicen. —La portera cerró los ojos—. Supongo que se la comió. Los traidores comen cualquier cosa.

«Santa Apolonia se dejó arrancar los dientes», pensó Elspeth mientras cruzaba el patio bajo la lluvia, con el pan envuelto en un paño y la redoma de agua bendita golpeándole la cadera. «Nadie dice qué hicieron con ellos. Estas historias siempre se callan lo importante.»

La cilla olía a grano, a queso viejo y a ratón. Detrás de los sacos de avena, una trampilla y una escalera de piedra. Elspeth encendió el cabo de vela y bajó once escalones. Abajo olía a paja podrida, a orines, a hierro húmedo.

Se suponía, sobre todo, que no fuera a encontrarse, esa misma noche, con el propio Niall MacRannoch encadenado en las mazmorras del priorato, acusado de la muerte de un clérigo, esperando una ejecución que Elspeth, con el corazón latiéndole con una fuerza que no había sentido nunca, empezaba a sospechar que era la mentira más grande que Renaud de Maubray había contado en toda su vida.

Y sin embargo allí estaba.

Detrás de la reja, sentado contra el muro. Una cadena le iba desde los grilletes de las muñecas hasta una argolla clavada en la piedra. Flaco. El pelo negro, largo y apelmazado, le caía sobre la cara, y la barba de preso le comía media mandíbula. La camisa había sido blanca en otra vida.

No se levantó. Levantó solo la cabeza.

Tenía los ojos grises. Claros como el agua de un pozo, y igual de fríos, y la miraban sin prisa: la toca, el pan, la vela, las manos.

Elspeth dejó el pan en el suelo, junto a la reja, y la redoma al lado. Se quedó de pie. Había preparado una frase en la escalera y la dijo en latín, bajito, porque el latín era lo único que tenía para sostenerse.

—Non sum proditor sanguinis mei.

Algo le cambió en la cara, como cambia el agua quieta cuando le cae una hoja.

—¿Dónde has leído eso?

—Lo he escrito yo —mintió Elspeth—. Esta tarde. Para practicar.

—Mientes mal, hermana.

—No he tenido tiempo de practicar eso.

Él se levantó, despacio, con una mano en el muro.

Dio dos pasos hasta la reja, lo que le daba la cadena, y se agarró a los barrotes.

Tenía las muñecas en carne viva bajo el hierro.

Las manos, en cambio, eran largas, finas, con callo en el dedo corazón.

Manos de escriba. Elspeth las reconoció antes que la cara.

—Tienes tinta en los dedos —dijo él.

—Soy copista.

—Entonces eres tú. —Bajó la voz—. Tú pintaste el águila de San Juan.

—Tiene un ojo torcido.

—Tiene un ojo torcido —repitió él, y por un instante pareció que iba a reírse, allí abajo, con la cadena y la paja podrida y la horca esperándolo. No se rio. Apretó los barrotes—. Escúchame.

—Madre Ethna me ha prohibido hablarte.

—Entonces calla.

—Eso pensaba hacer.

—Tienes que escucharme —le dijo Niall, a través de los barrotes, con una urgencia contenida que no encajaba en absoluto con la imagen de traidor cruel que Elspeth había esperado encontrar—.

Todo lo que crees saber sobre mí está equivocado.

Y la prueba que lo demuestra está en tus propias manos, hermana, aunque todavía no sepas leerla.