LA NOVICIA Y EL HIGHLANDER TRAIDOR (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 1) Capítulo 50. Epílogo. La niebla guarda silencio
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Capítulo 50. Epílogo. La niebla guarda silencio

La iglesia de Santa Bríd era tan pequeña que, con todos dentro, el aliento de la gente empañaba el aire como en un establo.

Niall esperaba delante del altar con la camisa limpia que le había prestado Fingal, dos dedos corta de mangas, y el costado tirándole a cada respiración.

Torquil estaba a su lado, de padrino, con la cara de un hombre que asiste a una ejecución y no está seguro de cuál de los dos es el reo.

Fingal, en la puerta. Las monjas, en el coro, cuchicheando como gorriones en un alero.

En el primer banco, la hermana Morag ocupaba el sitio de dos. Había llegado a medianoche en una mula, con Eachann detrás, porque las noticias de la red de Madre Ethna corrían más que los caballos. Al ver a Niall le había palmeado la cara con una mano como una pala.

—Demasiado flaco para traidor —había dicho—, y ahora demasiado flaco para marido. No aciertas nunca con el peso, muchacho.

Eachann no había dicho nada hasta el final. Luego, con las orejas rojas:

—Me lo quitó, señor. El mensaje. Lo siento.

—A mí me lo quitó todo, y yo era más viejo que tú —le había contestado Niall—. Y a ti te dejó atado a un árbol. A mí, a una columna. Estamos en paz.

El obispo esperaba en el altar con la estola torcida, sonándose la nariz.

Entonces entró ella.

Del brazo de Madre Ethna, que caminaba como si la llevara a un tribunal.

Con un vestido de lana gris de la hospedería, el pelo corto peinado hacia atrás y el broche de Gormlaith en el pecho.

Nada más. Ni flores ni toca. En noviembre, en Santa Bríd, no había flores, y la toca se había quedado en un monte, junto con su pelo.

Lo que quedaba de la novicia se había quedado de rodillas en la capilla de San Columba, despidiéndose.

Cuando le dio la mano, Niall vio que tenía los dedos manchados de tinta. Los índices, el pulgar, el borde de la palma. La tinta de hiel de roble no se iba ni con lejía ni con loch.

—Te has lavado —le dijo en voz baja.

—Tres veces. Es de la buena.

El obispo empezó el latín. In nomine Patris. La voz cascada llenó la iglesia, despacio, y Niall dejó de oírla.

Pensó en la cilla. En una vela que bajaba por la escalera con una novicia detrás, y en el pan, y en el agua bendita que traía de excusa, con cara de ir a regar un nabo.

En el canal del molino, en la rueda parada, en su peso en los brazos.

En la turbera que olía a sepultura de obispo.

En San Nadie, sentado en su cueva, mirándolos besarse por primera vez con la paciencia de los huesos.

En el broch. En una carta con buena letra.

En el agua negra cerrándose sobre dos cabezas.

Había jurado llevarla viva a Glen Dubh. Lo había hecho a medias. La había llevado ella a él.

—...¿Niall?

Todos lo miraban. El obispo, con las cejas altas. Torquil, con los ojos cerrados de vergüenza ajena.

—Sí —dijo Niall—. Perdón. Sí.

—Estaba pensando —explicó Elspeth al obispo, muy seria—. Le pasa poco. Hay que tener paciencia.

Morag soltó una carcajada que hizo temblar la llama de las velas. La portera se santiguó. El obispo tosió algo que, en un hombre menos viejo, habría sido una risa, y terminó.

Salieron al claustro con el sol todavía bajo, rojo detrás de los abedules. Las monjas le echaban a Elspeth granos de trigo al pelo. Torquil le dio a Niall un golpe en el hombro bueno que le dolió en el malo.

Entonces vieron al secretario del obispo.

Venía corriendo desde el scriptorium, con la llave colgada del cuello golpeándole el pecho y la cara del color de la cera. Se paró delante del obispo. Tardó en encontrar el aire.

—El cofre, mi señor.

—¿Qué le pasa al cofre?

—Nada, mi señor. Está cerrado. La cerradura, entera. Los hombres, en la puerta toda la noche, despiertos. La llave, aquí. —Se tocó el pecho, como si pudiera haberse ido sola—. Y el cofre está vacío.

Nadie se movió. Una monja dejó caer el trigo.

—¿Todo? —preguntó Elspeth.

—El libro. Las hojas. La carta. Todo.

Elspeth no dijo nada. Se le había ido el color de golpe, como se va de una página mal fijada cuando le cae agua, y Niall supo en qué pensaba: en un águila con demasiado lapislázuli.

—Lo que he visto, lo he visto —dijo el obispo, despacio—. Y lo diré en Elgin, y en la corte, si me dejan hablar. —Se quitó la estola torcida y la dobló con mucho cuidado, como si doblarla bien arreglara algo—. Pero la corte no cree a obispos viejos, hija. La corte cree a pergaminos con sello.

—Los hombres de la puerta juran que no ha pasado nadie —dijo Fingal, que ya venía del scriptorium—. Les creo. Estaban demasiado asustados para mentir bien.

Madre Ethna murmuró algo entre dientes que habría hecho santiguarse a la portera.

Niall no miró el scriptorium. Miró a su hermano.

Torquil estaba muy quieto. Tenía la cara vuelta hacia el camino del oeste, hacia las colinas, hacia el Bealach y lo que había detrás. La cicatriz se le había puesto blanca.

Niall hizo la cuenta, porque llevaba toda la vida haciendo esas cuentas.

Sabían dónde estaría la prueba esa noche los del priorato, el obispo y su gente, los diez hombres de la escolta.

Y el consejo de Dun Dorcha, que tres días antes había decidido en el gran salón, en voz alta, dónde, cuándo y en manos de quién.

Torquil apretó la mandíbula. No dijo nada.

Niall lo conocía. Conocía esa cara desde que eran niños. No era la cara de un hombre que no sabe. Era la de un hombre que sospecha, y que ha decidido no decir el nombre todavía.

No se lo preguntó.

Elspeth miró a Torquil, luego a Niall, y tampoco preguntó. Aprendía deprisa las costumbres de la casa. Esa era la primera: en Dun Dorcha, los nombres se dicen cuando se pueden probar.

• • •

Llegaron a Glen Dubh cinco días después, con nieve en el paso y el loch del color del hierro viejo.

Esa tarde subieron a la muralla. Solos. Ella con la capa del sargento muerto, que se negaba a tirar, y él con el costado protestando en cada peldaño. Abajo, la niebla negra empezaba a levantarse del agua, primero en hilos, luego en una capa espesa que avanzaba hacia la orilla y subía por la roca.

—Tendremos que escribirlo todo otra vez —dijo Elspeth—. De memoria. La confesión, la cifra, la carta. Las fechas, los nombres, los pagos.

—Mi memoria es buena.

—Lo sé.

—Pero la tuya es mejor. —Niall le cogió la mano manchada—. Tú copiaste la carta del barón letra a letra. Hasta el rizo de la erre.

—El rizo de la erre no se me va a olvidar en la vida. —Apoyó la cabeza en su hombro, en el lado sano—. Esta vez guardaremos una copia. Y la copia de la copia. Y una tercera cosida en el forro de tu capa, que nadie registra a un hombre tan flaco.

Él se rio. Le dolió. Siguió riéndose.

—Como mandes, m'eudail.

Ella levantó la cabeza.

—Eso ya me lo dijiste una vez. En el broch. Creías que dormía.

—Ya lo sé. Me alegro de que no durmieras.

La niebla llegó a la muralla y los envolvió. Fría, con olor a turba y a hierro. No se veía el patio, ni la torre, ni el loch. Solo la cara de ella, a un palmo.

Niall estaba seguro de una sola cosa. En alguna cámara de Dun Dorcha, bajo aquel mismo techo, alguien que se había sentado con ellos en el consejo dormía tranquilo.

La niebla, como siempre, no dijo nada.

FIN DEL LIbrO 3