Capítulo 49 #2
—¡Zorra! ¿Crees que puedes aparecer con esta bastarda después de tantos años y llevarte todo lo que es legítimamente mío? Ya os podéis ir largando.
Arlo da un paso adelante y se enfrenta a la mujer. Le agarro del hombro para intentar calmarlo.
—No queremos su dinero, señora. Solo quiero ver a mi padre biológico —digo, tratando de mantener la calma.
—¿Padre?
Se ríe.
—¿Cómo sabes que es tu padre? Tu madre se acostó con un batallón de hombres. Ella misma se largó con un idiota cualquiera.
—Cierra esa boca sucia, Donna. No sabes nada. Estamos aquí para ver a Giuseppe y no nos vamos hasta verlo —espeta Beatrice.
—Por encima de mi cadáver. ¡Henry! —grita.
Un hombre llega corriendo desde la cocina.
—Echa a esta gente de aquí.
Me mira con desprecio.
—Especialmente a esta bastarda.
—¡Eh! —grita Arlo mientras sube dos escalones hacia la mujer—.
Como salga una palabra más de esa boca sucia tuya contra mi esposa, te juro que vas a ver de lo que soy capaz.
No me conoces, joder. Y créeme, no quieres conocerme.
Mi esposa ha venido a ver a su padre y no se va hasta que lo vea.
¡Así que quítate de en medio antes de que te haga rodar por esas escaleras!
Me tiende la mano y subimos las escaleras. Donna retrocede y nos mira con tanto odio que parece capaz de quemarme la piel.
Arlo me guía por el pasillo.
—¿Cuál es la habitación? —gruñe.
Susan camina delante de nosotros y se detiene frente a una de las puertas.
Nos hace señas de que esperemos, llama y entra.
El tiempo parece alargarse durante minutos interminables hasta que finalmente sale y nos dice que podemos entrar.
El corazón me late tan fuerte que siento el pecho arder, y se me forma un vacío en el estómago.
Dejo que Beatrice vaya delante y me escondo detrás de Arlo, con los ojos cerrados, nerviosa.
No sé si tendré el valor de enfrentarme al hombre que es mi padre biológico. No sé qué esperar.
—Tranquila, Sienna —me susurra Arlo al oído mientras me atrae hacia su pecho.
Abro los ojos lentamente y veo al hombre sentado cerca de la terraza. Está leyendo con unas gafas que se quita cuando ve a Beatrice. Se le ilumina la cara y abre los brazos.
—Mia Piccolina[4] —dice mientras abraza a Beatrice con afecto. Parece genuinamente feliz de verla—. Cuánto te he echado de menos. Mírate, siempre tan hermosa.
Giuseppe no es joven, pero tampoco tan mayor. Aún conserva mechones negros entre las canas, y su sonrisa ilumina la habitación. Parece... diferente.
—Veo que no has venido sola. ¿Quiénes son estos jóvenes?
Estoy casi hundida en el pecho de Arlo, aferrada a su abrigo como si me fuera la vida en ello.
—Sienna —murmura Arlo—. Vamos, preséntate.
Siento que el cuerpo se me congela, el miedo me paraliza, pero me obligo a dar un paso adelante. Giuseppe me mira con confusión, como si intentara comprender lo que está viendo.
—Bueno, no hay otra forma de decir esto, Giuseppe —comienza Beatrice—. No creo que nada pueda prepararte para esto, pero solo te pido que intentes mantener la calma. Sé que últimamente no andas bien de tensión.
—No me voy a morir, Beatrice. Solo confirma lo que estoy pensando —dice, sin quitarme los ojos de encima.
—Sí, es Sienna. He traído a tu hija para que te conozca.
El hombre palideció, se quedó rígido en la silla y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Beatrice se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tranquilo, cariño.
—Estoy bien. Solo... —Me miró de nuevo, todavía incrédulo. Su respiración era pesada y resonaba en la habitación—. Lo siento, estoy en shock. Esperé tanto este momento que ahora me faltan las palabras. Solo...
Se levantó y dio un paso hacia mí mientras me estudiaba el rostro. Luego me abrazó tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar.
Lloró en mis brazos mientras me olía el pelo y me tocaba la cara.
Yo tampoco pude contener las lágrimas. Era una sensación extraña pero buena.
Diferente, como si por fin hubiera encontrado seguridad, un hogar.
Apoyé la cabeza en su pecho. Olía bien, y su pecho era amplio y reconfortante.
Era una sensación completamente distinta a cuando había abrazado a Adrian.
—Cariño. —Me tocó la cara—. Eres tú. Mi hija.
No tienes idea de lo feliz que estoy, Sienna.
No tienes idea de cuánto tiempo esperé este momento.
Siempre supe, en el fondo, que esto pasaría.
Eres tan... hermosa. —Sonrió y me besó la mejilla—.
Mia figlia. Mia bella bambina[5]. —Lo pronuncia en italiano.
No sabía qué significaba, pero sonaba maravilloso.
Su acento, su voz, todo parecía increíble.
—La traje, Giuseppe. Traje a nuestra niña, tal como te prometí —dijo Beatrice entre lágrimas.
—Lo siento mucho, cariño. No pude encontrarte.
Pero te juro que te busqué. Siempre te quise, Sienna.
Eres el milagro de este viejo que nunca esperó tener una hija en su vida.
—Me toca las mejillas, luego la nariz—. Eres tan hermosa.
Hasta la nariz es como la de tu abuela. Pero te lo mostraré todo en fotos, por supuesto.
Ahora ven, sentémonos. Pediré un poco de té.
Podemos tomarlo en la terraza. —Sonríe y me coge la mano.
—Primero, tengo que presentarte a mi marido. —Hago un gesto a Arlo para que se acerque—. Arlo Fitzgerald.
—Ah, sí. Fitzgerald, ¿verdad? Hijo de Gerald Fitzgerald, supongo. —Mira a Arlo con curiosidad.
—Sí —confirma Arlo, y le tiende la mano a mi padre.
—Nada de formalidades, dame un abrazo.
Se abrazan de forma algo torpe. Arlo me coge la mano enseguida, con su posesividad habitual.
—Bueno, esto es maravilloso. Tengo una hija y un yerno. Un buen mozo, guapo y fuerte. —Sonríe.
—Y un nieto. Mi mujer está embarazada —dice Arlo con orgullo.
—¡Vaya! ¿En serio? ¿Voy a ser abuelo?
Asiento con la cabeza.
—Eso es increíble. ¡Pues hay que abrir champán! Hay que celebrarlo. Nunca pensé que recibiría tantas bendiciones. Tengo una hija, un yerno y un nieto. El apellido Romano va a perdurar y extenderse.
—Fitzgerald —corrige Arlo—. Mi hijo es un Fitzgerald.
—Eso también. Bueno —papá mira el reloj—, creo que es mejor que bajemos a cenar. Podemos hablar y ponernos al día. Mientras tanto, haré que os preparen algo.
—No se preocupe, señor. Nos quedaremos en un hotel —dice Arlo.
—De ninguna manera. Sois mi familia. Tengo una casa enorme y muchas habitaciones. Tengo tantas cosas de las que hablar con mi hija, tantas cosas que decir. Os quedaréis aquí, en mi casa. Y no admito discusión, por favor.
Miro a Arlo.
—¿Quieres quedarte? —susurra.
—Me gustaría. Es mi padre. Quiero conocerlo un poco mejor. ¿Quizá unos días? Por favor.
—Bueno, está bien. Pero solo trajimos ropa para dos días.
—No os preocupéis. Me encargo de todo. Puedo hacer que una tienda venga aquí y os traiga lo que necesitéis. No os preocupéis por nada.
Arlo no parece del todo convencido, pero no protesta. Sabe lo importante que es esto para mí y que tiene que ser un buen marido y apoyarme.