Capítulo 46
SIENNA FITZGERALD
—¿Se te olvidó cómo hacerlo? —digo inclinando el trasero hacia él—. Azótame, Arlo. Fóllame sin piedad.
Me agarra del pelo y me da una palmada en el trasero, pero no es suficiente para saciar mi deseo.
—¿Por qué pegas tan flojo? ¡Más fuerte!
—Sienna, no quiero hacerte daño —dice con voz nerviosa.
—Me harás daño si no lo haces como quiero. Ya te dije que el bebé está bien protegido aquí dentro.
—¿Cuándo te volviste tan traviesa? —dice mientras me embiste con fuerza.
—El día que me follaste por primera vez perdí todo el pudor que tenía.
Se sienta en la cama y me atrae hacia atrás, sobre su regazo.
—Así, ahora puedes llegar tan profundo como quieras.
Sonrío para mis adentros, sabiendo que se está esforzando por darme lo que quiero. Me apoyo en sus rodillas y empiezo a cabalgar sobre su polla. Él me sujeta las caderas, con los dedos clavados en mi piel, y mi deseo aumenta.
Me empuja de vuelta sobre el colchón, se coloca detrás de mí y me embiste con fuerza.
La mitad de mi cuerpo cuelga del colchón, con las manos apoyadas en el frío suelo de mármol.
La sangre me hierve cada vez que sus caderas chocan contra las mías.
Nuestros cuerpos sudorosos producen un sonido erótico que resuena por la habitación vacía.
Siento el ardor familiar que crece en mi vientre.
Nuestros gemidos se vuelven más intensos cuando alcanzamos el clímax casi al mismo tiempo.
Él me sostiene cuando mi cuerpo se inclina fuera del colchón, con su polla aún palpitando dentro de mí.
Arlo me besa la espalda, me acaricia el trasero que arde por sus azotes. Luego me deja caer sobre el colchón.
Me quedo tumbada mirando al techo, escuchando nuestra respiración.
Él me coge los pies y me los masajea, luego sube a besarme el vientre.
Lo empujo y me siento sobre sus muslos. Le beso la boca, el cuello, y me detengo en su pecho para besar el tatuaje del lado derecho, el símbolo de Serpe Rossa grabado allí.
Le muerdo el pezón con suavidad y él gime.
Le cojo la polla semierecta y la guío de nuevo a mi entrada.
Abre los ojos de par en par, lo que me hace sonreír.
—Joder, diablilla. Te juro que no te voy a negar nada, pero necesito unos minutos para recuperar el aliento.
—Todo esto es culpa tuya, me dejaste tres días enteros sin ti. Ahora vas a tener que pagarlo.
—¿Y tiene que ser todo en un día? Me siento como un esclavo sexual.
—Acostúmbrate. Será tu castigo cada vez que me dejes sufriendo sin respuestas.
—Eso no volverá a pasar, pero ya es de madrugada. Necesitas dormir.
—Quiero dormirme contigo dentro de mí.
—Es una idea muy interesante —sonríe y me empuja de vuelta sobre el colchón—. Pero tendrás que esperar un poco.
Arlo se tumba y me atrae hacia él. Mi cuerpo se relaja contra su pecho y empiezo a notar lo cansada que estoy.
—Sé lo que estás haciendo. Me estás venciendo por agotamiento.
Arlo sonríe y me besa la frente. Sé que el embarazo le preocupa, pero lo he echado tanto de menos que no quiero salir de sus brazos. Quizás sean las hormonas, o simplemente mi mente pervertida.
Me despierto con las caricias de Arlo en la espalda.
Los rayos del sol ya iluminan la habitación y las cortinas ondean con el viento.
La vista es preciosa; voy a despertarme feliz aquí cada día.
Refunfuño mientras me estiro en el colchón.
He dormido tan bien que ni siquiera puedo describirlo.
Lo curioso es que antes de que todo empezara con Arlo solía tener pesadillas, pero ahora han desaparecido y han dado paso a buenos sueños.
—Tienes que despertarte para desayunar —dice mientras me besa la espalda.
Me doy la vuelta y lo miro. Arlo ya lleva solo los bóxers puestos, con el pelo mojado.
—Quiero comerte —digo mientras estiro la mano para acariciarle el pecho.
—Nunca me negaría, pero necesitas comer. Ya es tardísimo y anoche comiste muy poco. También necesitas un baño para quitarte mi olor del cuerpo.
—No quiero quitarte de mi cuerpo. Aunque quisiera, no podría. Llevo un pedazo de ti en el vientre, ¿recuerdas?
Sonríe y se inclina para besarme, pero me sujeta las manos cuando intento agarrarlo.
—Si empezamos, nos quedaremos aquí el resto del día. Pero tengo que contarte algo, y será después de que comas.
Bostezo y me siento en la cama, mirando la bandeja del desayuno a mis pies. Las frutas parecen cortadas con un machete o algo así, en trozos irregulares, y los huevos están mezclados con el beicon, lo que me provoca náuseas.
—¿Lo has hecho tú?
—Le pedí a Arturo que comprara algunas cosas. No encontró nada hecho, así que corté unas frutas y preparé la leche. Sé que no queda muy bonito, pero lo he intentado.
—Paso de los huevos. Empezaré con la fruta y la leche.
Aparta los huevos a un lado y me acerca la bandeja con la leche y la fruta.
—Todavía tenemos que comprar los muebles y otras cosas. Intentaré convencer a Isabel para que trabaje con nosotros.
—También está Myrtle. Me cayó bien.
—Sí. He pensado que podríamos quedarnos en un hotel mientras tanto. Le diré a Arturo que traiga nuestras cosas.
—¿Nos vamos de la mansión?
—Sí, compré la casa para eso. Seguiré trabajando en las empresas familiares, pero la verdad es que ahora mismo necesito distanciarme de los Fitzgerald.
—¿Me vas a decir por qué, Arlo? Me estoy poniendo nerviosa.
—Después del baño.
Como rápidamente, me baño y bajo. Estoy deseando que Arlo empiece a hablar. Ha improvisado una mesa con cajas en el salón.
—He tenido que improvisar.
—Viviría aquí tranquilamente sin muebles, sentada en cajas, con tal de que estuvieras conmigo —digo juguetona, pero él no sonríe. Me mira con seriedad.
Noto que el sobre de anoche está encima de la caja que improvisó como mesa.
Extiendo la mano para cogerlo, pero él lo agarra antes que yo.
—¿Qué es esto?
—Primero, necesito que mantengas la calma e intentes comprender lo que ha pasado antes de alterarte.
—Ya me estoy alterando, Arlo. Dame el sobre de una vez.
Me entrega el sobre y lo abro deprisa para leer lo que pone.
Es una prueba de ADN similar a la que me hice con Beatrice, pero esta lleva mi nombre y el de Arlo, y el resultado es negativo.
—¿Qué es esto, Arlo? ¿Por qué nos has hecho una prueba de ADN? ¿Tiene que ver con el bebé?
—No, Sienna. El bebé está bien. La hice porque necesitaba saber si somos hermanos.
—¿Y por qué íbamos a ser hermanos?
—Porque tu madre y mi padre dijeron que lo éramos.
—¿Qué? —digo incrédula.
—Nuestros padres se inventaron esta mentira asquerosa hace unos días. Quería estar seguro antes de hablar contigo, por eso te hice la prueba de ADN sin que lo supieras. Perdóname si te preocupé al no decirte nada, pero he estado pasándolo muy mal estos días.
—¿Por eso estabas tan raro y no querías tocarme?
—Sí.
—Dios mío, ¿por qué han hecho esto?
—Para separarnos, Sienna. Nuestros padres han hecho todo lo posible por separarnos.
Lo miro confundida. En el fondo de mi corazón, quería que mi relación con mi madre mejorara, pero así resultaba imposible.
—Y tú, ¿qué les has dicho?
—Nada todavía. La prueba llegó ayer y solo quería refugiarme en ti y olvidarme de todo.
—¿Y qué piensas hacer?
—Para empezar, quiero irme de esa casa. Quiero que tengamos una vida lejos de todo esto, Sienna. Que nuestros hijos crezcan en una familia sólida, nuestra propia familia.
—Pero, Arlo, tiene que haber alguna explicación para que hayan hecho esto.
—Mi padre es un mentiroso. Un cabrón capaz de cualquier cosa con tal de separarnos. Y tu madre igual. Se merecen el uno al otro.
Quería creerlo y que mi corazón se quedara tranquilo con esa respuesta, pero no podía aceptar que mi madre fuera tan ruin.
—Esto es muy grave. Es demasiada maldad. No creo que lo hicieran a propósito. Algo tiene que haber pasado.
—Sienna, no seas ingenua. La gente es mala por el simple gusto de serlo.
—Son nuestros padres, Arlo. Nuestra familia. Me gustaría darle a mi madre la oportunidad de explicarse. Tú deberías hacer lo mismo con tu padre.
—No quiero oír nada —grita furioso—. No quiero volver a oír nada de lo que diga, ni pisar esa casa otra vez.
Me levanto y me siento en su regazo. Le apoyo las manos en los hombros.
—Entiendo que estés furioso. Yo también lo estoy después de enterarme de esto. Pero tengo un padre, Arlo. Puede que haya muerto o puede que no, pero tengo un padre. Y solo Beatrice sabe quién es. Así que necesito enfrentarme a ella.
—Sienna, son despreciables. Todo lo que digan podría ser mentira.
—Lo sé, pero necesito intentarlo. Necesito saber quién soy. Necesito que Beatrice me diga la verdad. Aunque sea nuestra última conversación. Después de eso, no tenemos por qué volver allí nunca más, si no quieres.
—No quiero. Quiero que sea la última vez. Después de eso, tendremos nuestra propia casa, lejos de ellos.
—De acuerdo. Pero vamos a darles una buena lección y a decirles todo lo que tenemos que decirles.