La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

SIENNA FITZGERALD

El aire nocturno es fresco y sopla una brisa fría mientras estamos los dos en la terraza, contemplando el jardín.

La luna ilumina el cielo y el viento mece suavemente las hojas del rosal.

El jardín es precioso, aunque necesita algunos retoques.

Me alegra poder cuidarlo, tener una casa que llevar en lugar de aquella mansión.

Sé que seré feliz aquí. Arlo se acerca por detrás, me rodea la cintura con los brazos y me atrae hacia él.

Sentir el calor de su cuerpo me tranquiliza.

—Me hace tan feliz que vayamos a vivir aquí y no en esa mansión —susurro mientras me vuelvo hacia él.

Él respira hondo, como si el tema le agobiara. Me rodea la cintura con los brazos y me besa en los labios; su lengua se abre paso en mi boca y saborea la mía con ardor.

—Pensé que ya no me querías —digo en voz baja—. Ni siquiera podías mirarme.

—Si no te quisiera, puedes estar segura de que ya estaría muerto, Sienna —dice, mirándome a los ojos con una intensidad que me acelera el corazón—. Porque mientras respire, te querré.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero aun así no podía olvidar la distancia que había habido entre nosotros en los últimos días.

—Entonces, ¿por qué estabas así? —pregunto en busca de respuestas.

Él aparta la mirada un momento y su expresión se vuelve más seria.

—Eso es tema para después —dice, y me levanta en brazos con un movimiento rápido y firme—. Ahora necesito demostrarte cuánto te quiero.

Sin decir nada más, me lleva a la cama, y por un instante la duda da paso a una sensación de seguridad, como si el mundo a nuestro alrededor desapareciera mientras estamos juntos.

—Pronto ya no podrás cargarme.

—Claro que podré. No soy tan débil como crees.

—¿Y si me pongo enorme y gorda?

—Haré más fuerza. Y si te preocupa tu aspecto, deja de darle vueltas ahora mismo. Porque te querré pase lo que pase.

Él sonríe y me deposita en el colchón. Se inclina sobre mí para besarme el vientre. Al instante me emociono y dejo que una lágrima me ruede por la mejilla. He estado muy sensible estos días, otra reacción del embarazo.

—No empieces a llorar, por el amor de Dios.

—Es que yo... —sollozo mientras me seco las lágrimas—. Soñaba con que me besaras el vientre cuando el médico dijo que estaba embarazada, pero te alejaste.

—Eso no volverá a pasar —dice mientras me besa la cara y saborea mis lágrimas—. Solo quiero que sepas que tenía una razón para aquello, Sienna. No te estaba rechazando ni a ti ni al bebé.

Se inclina para quitarse la camisa y la arroja a un lado, luego se desabrocha los pantalones y se queda solo con los bóxers. A continuación, me quita los zapatos. Me incorporo para quitarme el vestido y el sujetador. Estoy tan ansiosa que parece la primera vez.

Arlo me besa. Me besa el cuello y me saborea con la lengua. Agarro el elástico de las bragas para quitármelas rápido, pero él me detiene.

—Eso me toca a mí —me susurra en la boca.

Se inclina para quitarse los bóxers y siento cómo crece la ansiedad en el vientre. Me recuesto en la cama y me acomodo entre las almohadas. El frío de la noche todavía entra por la ventana, pero tengo el cuerpo bastante caliente.

Arlo me besa los pies y va subiendo por el interior de los muslos mientras me quita las bragas con una calma que casi me vuelve loca. Sube hasta los pechos, los sostiene con las manos y los masajea.

—Parecen más grandes —susurra.

—Porque últimamente me han obligado a comer demasiado por culpa de tus exigencias.

—No, parece natural. Me gustas así, más fuerte y más sana, Sienna. Y tienes unos pechos preciosos.

Quiero protestar, pero no tengo tiempo. Se lleva el pezón derecho a la boca y me hace gemir de anticipación.

Tengo los pechos firmes y más sensibles, otro efecto del embarazo.

Su tacto, su lengua jugando con los pezones, me resulta más intenso ahora.

Me descubro arqueando la espalda, agarrándole el pelo y suplicando más.

Él succiona y mordisquea la carne sensible mientras con la otra mano juega con el otro pecho.

Arlo baja por el vientre y su lengua me saborea la piel hasta llegar entre las piernas.

Gimo cuando su lengua me toca el clítoris.

El deseo se intensifica mientras me succiona con la boca, lamiendo y repitiendo el movimiento hasta que jadeo.

Todo el cuerpo me arde y un dolor latente se forma en mi centro.

—Sabes tan bien, diablilla. Me encanta tu sabor.

Le agarro el pelo y levanto un poco las caderas para ir al encuentro de su lengua. Él me succiona más fuerte, decidido a darme lo que quiero.

—Más fuerte, Arlo. No pares.

Un dedo largo entra en mí sin previo aviso y me arqueo con un gemido por su mano y su lengua.

Me froto contra su boca en busca de mi propio placer, hasta que el cuerpo me queda completamente rendido.

Gimo y Arlo me sostiene, manteniéndome los muslos abiertos hasta que el cuerpo se me relaja.

Sonrío de felicidad, con una ligera neblina de confusión que todavía persiste en mi mente, pero estoy completamente satisfecha.

Arlo se levanta y se coloca entre mis piernas. Me abro y espero hasta que se hunde en mí. Un gemido de satisfacción se me escapa de la boca cuando lo siento muy dentro. Había anhelado tanto esto en los últimos días que no puedo describir mi felicidad.

—¿Te he hecho daño?

—¿Por qué te preocupas?

—No quiero hacerle daño al bebé.

—El bebé está protegido dentro del vientre. Puedes follarme duro y no le hará daño —respondo sin rodeos.

Me agarra las piernas y tira de ellas para colocármelas sobre los hombros.

Inclina las caderas para embestirme con fuerza.

Lo siento tan grueso dentro de mí en esa posición que sonrío de satisfacción.

Sus caderas trabajan con embestidas firmes y me lo da todo.

Sus testículos golpean contra mi trasero en un movimiento frenético y ruidoso.

Puedo oír el sonido de cada embestida resonando en la habitación vacía.

Me muerdo los labios y cierro los ojos; el coño se me aprieta alrededor de su polla mientras me corro tan rápido que apenas parece posible.

Todavía estoy disfrutando del frenesí cuando él sale de mí y empuja en mi otra entrada sin previo aviso. Grito ante la invasión y le clavo las uñas en el brazo. Él se detiene y espera a que me adapte, pero estoy tan excitada que el dolor no me molesta del todo.

—¿Por qué te has parado, Arlo? —lo animo mientras llevo la mano a mi coño.

Sus ojos brillan con picardía y comienza a embestir lentamente, abriéndome a su medida mientras me acaricio el coño.

—Arlo... —murmuro, mordiéndome los labios con fuerza, cuando siento que me estremezco con un nuevo orgasmo, diferente esta vez.

Con un rugido, embiste con más fuerza y se derrama dentro de mí. Sus músculos se tensan mientras lucha por mantenerse firme. Me mira y se retira lentamente. Mi cuerpo protesta y me duele el culo.

Joder, eso ha sido una locura.

Arlo se deja caer a mi lado en la cama, respirando con dificultad. Me inclino sobre él, apoyo la mano en su pecho y le jugueteo con los pezones mientras parece buscar el aire en algún sitio.

Extrañamente, no me siento cansada. Noto un deseo que no parece menguar.

—¡Ve a lavarte, porque lo quiero otra vez! —anuncio mientras me levanto y voy hacia el baño—. ¡Solo tienes cinco minutos!

—¿Hablas en serio? —dice incrédulo, incorporándose sobre los codos.

—Son las hormonas del embarazo. —Le sonrío y le lanzo un beso antes de entrar en el baño.