Capítulo 44
SIENNA FITZGERALD
Pasé el día sumida en la apatía. Una nueva criada parecía tener la misión de hacerme compañía, porque estuvo pegada a mí todo el día, como una sombra.
También tuve la compañía de Beatrice, que habló un poco conmigo.
Aunque somos madre e hija, no teníamos tanto de qué hablar como cabría esperar.
Ella insistía en que no debía preguntar sobre mi padre, diciendo que pronto conocería la verdad.
Eso me irritaba y me alejaba aún más de ella.
Arlo no durmió en casa esa noche. Solo me envió un mensaje diciendo que necesitaba resolver algunos asuntos y que me vería al día siguiente. Eso me arruinó la noche por completo. No pude dormir hasta que el agotamiento me venció al amanecer.
Al día siguiente me desperté con unas náuseas matutinas terribles. Tardé unos minutos en sentirme capaz de salir de la cama y, cuando por fin lo conseguí, corrí al baño. Si iba a sentirme así durante todo el embarazo, tendría que prepararme mejor.
—Buenos días, señora —dijo Myrtle, mi sombra, con una sonrisa exagerada. Dejó una bandeja de desayuno sobre la mesa y se apresuró a descorrer las cortinas del todo—. Le traigo el desayuno.
El olor a beicon me invadió la nariz y casi me hizo volver corriendo al baño.
—Llévate el beicon, por favor. O mejor aún, llévatelo todo. Hoy no quiero desayunar. ¿No te dije ayer que solo trajeras lo que te pidiera, Myrtle? Creí haber sido clara.
—Señora, no puedo. Mi trabajo es asegurarme de que tome todas sus comidas, o Isabel se pondrá furiosa.
Puse los ojos en blanco y me senté a la mesa.
—Quita el beicon. Solo tomaré la leche y la fruta.
Preparó rápidamente el plato con fruta, pan y huevos. No era lo que había pedido, pero estaba demasiado cansada para discutir.
—¿Has visto a mi marido?
—No, señora. Debería preguntarle a Isabel.
Le hice un gesto para que se marchara. Sonrió mientras caminaba hacia la puerta, pero se volvió para decir algo.
—¿Volverá a pasear por el jardín esta tarde? Puedo preparar la mesa allí.
Asentí, aunque sin entusiasmo. Pasear por el jardín de esta prisión no era precisamente sinónimo de libertad.
Me sentía atrapada, y cuando Arlo no estaba, la sensación de malestar solo aumentaba.
No era solo que no estuviera en casa, sino el silencio absoluto a mi alrededor.
Esa gente no me parecía mi familia; incluso mi propia madre me resultaba una extraña.
Y ahora Arlo también. ¿Había hecho algo mal? ¿O se estaba alejando a propósito?
Con el corazón encogido, cogí el móvil y envié un mensaje:
Sienna: ¿Puedes venir a casa?
La respuesta llegó casi de inmediato, pero en lugar de aliviar mi ansiedad, solo la intensificó.
Arlo: Tenemos que hablar.
Esas tres palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. ¿«Tenemos que hablar»? Después de toda una noche sin dar señales de vida, desaparece sin más, me deja sola, ¿y eso es todo lo que tiene que decir?
Escribí una respuesta:
Sienna: Si vas a dejarme, dilo sin más.
Tardó una eternidad en responder, y el corazón se me aceleró de la ansiedad.
Arlo: Pasaré a recogerte esta noche. Te llevaré a un sitio.
Sienna: ¿Esta noche? ¿Y qué se supone que debo hacer sola todo el día?
Arlo: Por favor, Sienna. Ten paciencia. Te juro que te lo contaré todo. Te quiero.
El «te quiero» debería haberme tranquilizado, pero no fue así. Estaba temblando de los nervios y sabía que me volvería loca si pasaba todo el día sin respuestas. ¿Por qué llevarme a otro sitio? ¿Qué no podía decirme en casa? Dios mío, iba a perder la cabeza.
—¿Hija?
Me sobresalté al oír la voz de Beatrice desde la puerta del dormitorio. Sonrió y se acercó. Todavía me resultaba extraño saber que era mi madre. No sabía si algún día esa sensación desaparecería y todo me parecería natural.
—¿Está todo bien?
—¡Estoy bien! Arlo no vino a casa, así que me estresé un poco.
—Oh, cariño. No deberías depender tanto de él. Eso no te hace bien.
—No dependo de él, lo quiero.
—Ese amor no te hace bien.
—¿Y quién eres tú para decirme qué me hace bien y qué no?
—Soy tu madre.
—Dar a luz no te convierte en madre, Beatrice —repliqué con dureza. Me miró herida.
—No sabes por lo que he pasado, Sienna. Si lo supieras, quizá pensarías de otra manera —su voz sonaba entrecortada.
—Lamento que hayas pasado por todo el dolor del mundo, Beatrice.
Pero yo también lo he pasado. Me crio como a un animal un asesino al que yo creía mi padre, que casi me vendió a otro monstruo igual que él.
Lo único bueno en mi vida ha sido Arlo, que decidió escucharme y confiar en mí, incluso después de que casi lo matara.
¿Y vienes aquí a decirme que ese amor no me hace bien?
—Lo siento. No debería haber dicho eso. Me pongo nerviosa y no sé cómo hablarte.
—Empieza por no hablar del hombre al que quiero.
—Está bien, cariño. Lo siento. Dime, ¿qué puedo hacer para que te sientas mejor?
La miré, todavía molesta. Esa mujer era mi madre y tenía una prueba que lo confirmaba. Quizás al menos podríamos intentar ser amigas.
—Arlo me va a llevar a algún sitio hoy. Tal vez podrías ayudarme a elegir un conjunto y a arreglarme.
Sonrió y se sentó frente a mí.
—Puedo hacerlo, pero ¿adónde te lleva?
—Me encantaría saberlo, pero no me lo ha dicho. No sé qué ponerme.
—¿Qué te parece algo arreglado pero informal? Tienes vestidos preciosos que combinan con todo. Te maquillamos bien y te dejamos guapísima —dijo, emocionada.
Elegí un precioso vestido verde oliva, maquillaje sencillo y zapatos de plataforma cómodos. Nunca había sido precisamente una experta en caminar con tacones de aguja.
Ya era de noche y Arlo todavía no había llegado. Le envié varios mensajes, pero no respondió. Los nervios se apoderaron de mí y empecé a caminar de un lado a otro del salón, con la cabeza a mil, imaginando lo peor.
—Estás preciosa —oí la voz de Arlo en la entrada del salón. Corrí hacia él y casi tropiezo de las prisas.
—Cuidado, Sienna. Estás embarazada —dijo Arlo, sujetándome con firmeza entre sus brazos.
—¿Por qué has tardado tanto? —le golpeé el pecho, frustrada.
—Estaba preparándolo todo.
—¿Preparando qué? ¿Adónde me llevas?
—Es una sorpresa, Sienna. Ten un poco de paciencia —sonrió, y parecía un poco más relajado que en los últimos días.
Arlo me cogió de la mano y me llevó hasta la entrada de la casa, donde su Rolls-Royce estaba aparcado junto con otros dos coches del equipo de seguridad. Ya me había acostumbrado a vivir con ese ejército de hombres a nuestro alrededor.
Durante el trayecto, parecía nervioso, pero no tanto como hacía dos días. Fuera lo que fuese, parecía importante.
—¿Vas a decirme adónde vamos? —pregunté, impaciente.
—La paciencia es una virtud, Sienna.
—Seguramente no tengo esa virtud —repliqué.
Sonrió y se llevó mi mano a la boca, besándome los nudillos con suavidad.
—Lo entenderás todo.
Después de unos cuarenta minutos, llegamos a una propiedad con grandes verjas.
Apareció ante nosotros una casa preciosa, con un bonito jardín lateral.
El coche se detuvo y Arlo bajó, tendiéndome la mano para ayudarme.
En cuanto salí, me levantó en brazos y solté un gritito al notar que mis pies dejaban el suelo.
Me llevó dentro de la casa y me dejó en el suelo al llegar al vestíbulo. El lugar estaba sin amueblar, pero parecía recién renovado, aunque era una propiedad antigua.
—¿Puedes subir las escaleras o necesito llevarte en brazos? —preguntó con una sonrisa.
Puse los ojos en blanco y me dirigí hacia las escaleras que conducían a un pasillo.
Arlo me guio hasta uno de los dormitorios.
Era enorme, con una gran puerta de cristal que daba a la terraza.
La habitación estaba decorada con rosas rojas y pétalos esparcidos por el suelo.
Solo había un colchón en el centro, rodeado de velas. No había muebles.
—¿Has hecho todo esto tú? ¿Las flores y las velas?
—Sí, y he preparado una mesa en la terraza para que cenemos. ¿Te gusta?
Me acerqué a él y le rodeé el cuello con los brazos.
—Es todo precioso. Me encantan las rosas.
—¿Y la casa?
—Sí, es preciosa.
—¿Como un hogar?
Le sostuve la mirada un momento, intentando entender qué quería decir.
—¿Has comprado la casa?
—Sí, para ti. La elegí porque tiene un jardín precioso, aunque no es muy grande. Pero hay suficientes dormitorios para nuestros hijos y, al estar aislada, nos dará seguridad. Todavía necesita algunos ajustes, por supuesto, pero si no te gusta, podemos devolverla.
Me aferré a él con una sonrisa de alegría.
—¡Me encanta! ¡Es preciosa!
Se inclinó para besarme. Era la primera vez en tres extraños días.
—Te quiero, Arlo. Me encanta la casa, gracias. Pero ¿es por esto por lo que estabas tan nervioso estos días?
—No, hablaremos de eso más tarde. Ahora tengo algo para ti —dijo. Se inclinó sobre el colchón y recogió una pequeña caja. Junto a ella había un sobre que ignoró. Me entregó la caja.
—Ábrela.
Dentro de la caja vi una pulsera de diamantes con un zafiro rojo en el centro, similar al de mi anillo.
—Era de mi madre. Antes de morir, nos dio a cada uno de nosotros, sus hijos, una de sus joyas, y nos dijo que algún día encontraríamos a alguien especial a quien dársela. La guardé sin muchas expectativas... hasta que llegaste a mi vida.
—Es preciosa, Arlo.
—Deja que te la ponga —dijo mientras me abrochaba la pulsera en la muñeca derecha—. Haré que hagan una de oro para nuestro niño. Masculina, por supuesto.
—¿Y si es una niña?
—Es un niño.
—No puedes saberlo, Arlo. Y no quiero que rechaces a nuestro bebé si es una niña.
Me acarició el vientre con suavidad.
—Nunca rechazaría a nuestro hijo, Sienna, por Dios. Lo querré sea cual sea su sexo. Si es una niña, estaré feliz, y tendremos muchas oportunidades de tener un niño más adelante.
Sonreí, pero enseguida me fijé en el sobre que había en la cama. Me picó la curiosidad.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando el sobre.
—Nada importante. Ya hablaremos de ello más tarde. Ahora vamos a comer, que la cena se está enfriando en la terraza.
—No tengo hambre. Isabel y Myrtle no pararon de darme de comer en todo el día. Comí aunque me sentía mal.
Arlo me lanzó una mirada entre divertida y tierna, y me tomó de la mano para llevarme a la terraza. La vista desde allí era impresionante: el jardín delante y una piscina a un lado.
—Este lugar es precioso —comenté mientras lo admiraba.
—¿No te importa dejar la mansión y a tu madre?
—Bueno, la verdad es que no lo había pensado… pero es natural que sigamos adelante con nuestras vidas y tengamos nuestro propio hogar, ¿no? No podemos vivir siempre a la sombra de nuestros padres.
—Sobre todo teniendo en cuenta quiénes son nuestros padres.
—¿Qué quieres decir con eso, Arlo? ¿Qué te hizo tu padre? Tienes que contármelo.
—Lo descubrirás, Sienna. Pero primero, cenemos. No quiero que te siente mal la cena.
Con solo oír eso, se me revolvió el estómago.