Capítulo 47
SIENNA FITZGERALD
Arlo permaneció en silencio de camino a la mansión, con su mano firme apoyada sobre mi vientre durante todo el trayecto.
Su contacto me daba sensación de protección, pero no calmaba mi preocupación.
Lo que Beatrice y el padre de Arlo habían hecho era horrible, y lamentaba estar a punto de cortar lazos con mi madre sin haberla conocido antes.
Cuando salimos del coche, Arlo me tomó la mano con firmeza.
Gerald nos observaba desde la terraza de su habitación, con su habitual mirada fría, que me provocaba escalofríos.
Nunca me había caído bien, y ahora entendía por qué.
—Hola, señores —nos saludó Isabel nada más entrar en la casa.
—Hola, Isabel. ¿Puedes llamar a mi padre y a Beatrice para que vengan al salón?
—Ya estoy aquí, Arlo —dijo Beatrice, que salía de la cocina—. Isabel, llama a mi marido.
—Sí, señora —respondió Isabel, y subió las escaleras a toda prisa.
—¿Cómo estás, hija? —preguntó Beatrice.
—Bien.
Arlo me apretó la mano con más fuerza y me guio hasta el salón. Nos sentamos, y Beatrice se acomodó frente a nosotros.
—¿Qué ha pasado para que os inventéis una reunión ahora?
—Espera a mi padre, madrastra —respondió Arlo con cinismo. Beatrice lo miró irritada.
El padre de Arlo entró en la habitación y fue directo al bar, donde se sirvió un vaso de whisky.
—Algo me dice que esta conversación va a requerir que no esté sobrio —comentó antes de sentarse en el sillón frente a nosotros.
Me lanzó una mirada fugaz y su expresión se tornó irritada al ver mi mano entrelazada con la de Arlo.
Arlo cogió el sobre con la prueba de ADN y lo arrojó sobre la mesa de centro.
—Os doy cinco minutos para que inventéis una mentira mejor, papá.
Beatrice cogió el sobre y lo examinó. Su expresión se transformó en puro horror.
—Te dije que esto no funcionaría, Gerald. Que era un plan estúpido —le arrojó el sobre al pecho y se volvió hacia mí—. Hija, puedo explicarlo.
Levanté la mano para que se detuviera.
—¿En qué estabais pensando? ¿Que este plan ridículo iba a funcionar? ¿Que me separaríais de Arlo tan fácilmente? Por supuesto que íbamos a investigar y a descubrir la verdad.
—Estaba desesperada, quería tenerte a mi lado, y Arlo lo ponía todo muy difícil. Así que Gerald pensó que sería una buena idea, al menos de momento, hasta que pudiéramos acercarnos, Sienna —se justificó Beatrice.
—Nada de lo que digas va a justificarlo, Beatrice. Lo que hiciste fue horrible, repugnante. Sienna está embarazada, ¿acaso pensaste en tu hija?
—¡Sí pensé! Iba a decir la verdad, ya había hablado con Gerald, pero es tan terco. No quería perder a mi hija, y la mentira ya estaba dicha… no vi salida, Sienna. Necesitaba acercarme a ti —se inclinó para tocarme, pero me aparté.
—Enhorabuena, Beatrice. Has conseguido alejarme aún más.
—No, hija. Por favor —se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Ya basta! —gritó Gerald—. Si queréis culpar a alguien, culpadme a mí.
Pero no podía soportar ver a Beatrice sufrir más por su hija, llorar día y noche.
Solo ella y yo sabemos cuánto sufrió todos estos años creyendo que Sienna estaba muerta.
Y cuánto la busqué para que pudiera tener paz.
Le prometí que le devolvería a su hija. Y cuando vi a Arlo angustiado, a mi familia desmoronarse, pensé que lo mejor era inventar esta mentira.
—Otra mentira, papá. Una más entre tantas.
—Todo lo que hice fue por el bien de nuestra familia, Arlo.
—¿Mantenerme alejado de la mujer que amo? ¿De la madre de mi hijo?
—El bebé no estaba en los planes. Como dijo Beatrice, íbamos a decíroslo. Solo necesitábamos tiempo. Quizá si no hubieras puesto tantas trabas al acercamiento entre madre e hija, todo sería diferente.
—No me culpes de tus decisiones equivocadas, papá. Siempre dije que Sienna haría lo que creyera conveniente respecto a su madre.
—Sí, después de que casi mataras a mi esposa solo por acercarse a Sienna. Te obsesionaste, Arlo. Y conozco bien esa faceta tuya.
—¡Obsesionado con la esposa con la que tú insististe en que me casara!
—Maldito el momento en que hice eso. Maldito el momento en que metí a esa chica en tu vida.
—¡Cierra esa boca inmunda o me olvidaré de que eres mi padre! —gritó Arlo. Se levantó y quedó cara a cara con su padre.
—¡Vete a la mierda, Arlo! —dijo Gerald, que también se levantó—. Sigues siendo mi hijo, y yo soy el dueño de esta casa. Aquí todavía mando yo. Te engendré y no te tengo miedo.
—Eso no te da derecho a destruir mi vida —Arlo gesticulaba cerca de la cara de su padre—. No tienes derecho a elegir a quién amo.
—¿Amor? —Gerald sonrió con sarcasmo—. ¿A eso lo llamas amor? Es una enfermedad que te está consumiendo.
—¿Y quién eres tú para entender sentimiento alguno? Eres un bastardo, un traidor.
—Nunca traicioné a tu madre.
—¡Mentiroso!
—¡Basta, los dos! —gritó Beatrice, interponiéndose entre ambos—. ¡Ya es suficiente! Parad este infierno. Tu padre dice la verdad, Arlo. Cuando empecé una relación con él, tu madre ya había muerto. Todo lo que hizo fue para protegerme.
—¿Y tú quién eres, vaca mentirosa? Ni siquiera respetaste a tu propia hija. Eres una…
—¡Ya basta! —gritó Beatrice. Se llevó las manos a la cabeza—.
¡No soy una puta! ¡No le robé el marido a nadie!
No importa lo que pienses, Arlo. Si cometí un error, fue por mi hija.
No conoces mi historia para juzgarme. Y tú —se volvió hacia Gerald—, cuida tus palabras cuando hables de mi hija, o te dejaré solo pudriéndote en esta casa.
Ya has perdido a tus hijos, ¿qué más quieres, Gerald?
¡Ya basta! Resolveré mis problemas yo sola.
Y para empezar —me miró—, quiero hablar con mi hija a solas.
—Ni de coña, Beatrice. Si tienes algo que decirle a mi esposa, dilo delante de mí.
Me levanté y le toqué el hombro a Arlo.
—Quiero hablar con ella a solas, Arlo.
—Pero, Sienna…
—Es mi madre, Arlo. Tengo muchas preguntas que necesitan respuesta. Necesito esta conversación.
Resopló irritado, pero no dijo nada. Miré a Beatrice.
—¿Podemos ir a mi habitación? —preguntó Beatrice.
Asentí y ella echó a andar. La seguí por el pasillo; dejamos a Arlo y a su padre solos, y recé para que no se mataran.
Beatrice me condujo al extremo opuesto del pasillo, se detuvo frente a su habitación y abrió la puerta para que entrara.
El lugar había sido redecorado tras el arrebato de furia de mi marido.
—Siéntate. Vuelvo enseguida —dijo, y fue hacia el armario.
Beatrice regresó con una caja en las manos y se sentó en el borde de la cama. Me acomodé en un sillón, a cierta distancia.
—Tienes cinco minutos, Beatrice. Y si no vas a decirme nada importante, o si vas a mentirme, ni empieces.
—No volveré a mentir, Sienna. Te diré toda la verdad.
—¿Sobre mi verdadero padre?
—Sobre eso también. Pero primero necesito que intentes mantener la mente abierta. Que me escuches e intentes comprender mis sentimientos.
—Siempre estuve dispuesta a hacerlo, Beatrice. No entiendo por qué tenías que mentir.
—Soy una tonta, cariño. Solo sé enfrentar el dolor echándolo todo a perder. Anhelaba que me aceptaras como tu madre, pero debería haber entendido que no ibas a recibirme con los brazos abiertos ni a encariñarte conmigo de la noche a la mañana.
—Eso es algo que se construye con el tiempo, Beatrice.
—Lo entiendo, y esperaré. Espero que algún día puedas aceptarme como tu madre y quererme, Sienna. Porque eres mi vida. Renunciaría a todo, incluso a mi marido, por ti. Necesito que lo sepas.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Parecía verdaderamente emocionada, pero yo no quería dejarme llevar por los sentimientos.
Respiró hondo, cerró los ojos y buscó fuerzas en algún lugar.
—Fui una prostituta víctima de trata. Me vendieron cuando solo tenía nueve años.
—¿Nueve años?
—Sí. Vivíamos en la frontera con México, mi padre se metió con el cartel y tuvimos que huir. Cruzamos la frontera, pero mi padre murió en el camino. El coyote no quería perder dinero, así que me vendió a un burdel en la ciudad.
—Eso es… horrible.
—Sí, cariño. Mi vida fue muy difícil, pero nada justifica las decisiones que tomé. Decisiones que me llevaron al precipicio.
Soltó un suspiro, cuadró los hombros y reunió valor.
—Hasta que cumplí doce años, conservaron mi virginidad.
Madame Ruby dirigía el burdel en aquella época y se encariñó conmigo por alguna razón.
No vendía a chicas tan jóvenes, así que me dejó crecer.
Yo hacía la limpieza, cuidaba de las chicas.
Me hacía llevar ropa holgada para que ningún hombre se fijara en mí, pero nadie pasaba desapercibido para Benny, el dueño del burdel.
Me deseaba, pero el dinero que ganaría con una virgen de doce años era mayor, así que encontró la manera de satisfacer su deseo sin quitarme la virginidad. Si entiendes a qué me refiero, Sienna.
Lo entendí y me dio asco.
—Las violaciones eran frecuentes, hasta que un día Madame Ruby lo encaró y le dijo que, si seguía así, yo no serviría para nada y que los hombres que me compraran notarían que ya me habían usado por detrás. Así que cuando cumplí trece años, decidió vender mi virginidad.
»Aquel día fue todo un acontecimiento en el burdel; el lugar estaba abarrotado de hombres, en su mayoría viejos asquerosos y pedófilos.
Fue entonces cuando me vendieron a un hombre rico que me doblaba la edad con creces.
Lloré como una loca, pero Madame Ruby me dijo que sería feliz, que no me violarían varios hombres y que aquello era lo mejor que podía pasarme. Así que lo acepté.
»El hombre vivía en una mansión enorme y era mucho mayor que yo: tenía cuarenta años, estaba solo, no tenía familia.
Pero era amable. Acabé disfrutando de lo que me daba: los lujos, la ropa, la forma en que me trataba.
Nunca me obligó a hacer nada y siempre decía que debía entregarme a él por voluntad propia.
Echó la cabeza hacia atrás y sonrió.