La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

ARLO FITZGERALD

Han pasado dos días con Sienna alternando entre el sueño y la inercia.

No estaba bien; podía verlo en su expresión, en su cuerpo demasiado delgado que parecía consumirse en esa enorme cama.

No había dicho una sola palabra sobre lo que pasó.

De hecho, no había hablado en absoluto desde que llegó.

Solo se acostaba a dormir o se quedaba mirando al vacío durante horas, y luego volvía a dormir varias horas más.

Tenía que obligarla a comer y a tomar su medicina.

Al menos su cuerpo se estaba recuperando bien.

El doctor Carter confirmó que el bastardo no había logrado tocarla y respiré aliviado de haber llegado a tiempo.

Había tenido tanto miedo de que ocurriera lo peor.

Nunca me lo habría perdonado si no hubiera llegado a tiempo.

Noto la llamada perdida de Raruk en mi móvil; era la tercera que había perdido. La devuelvo.

—Los vivos siempre aparecen —comienza—. Pensé que nunca me llamarías.

—Ya sabes, los días han sido complicados.

—¿Cómo está Sienna?

Miro a Sienna, hecha un ovillo sobre la cama.

—Se está recuperando, pero va lento.

—Por supuesto, la chica pasó por un infierno. Su propio padre le hizo daño. Cualquiera se derrumbaría.

—Sí. ¿Alguna noticia del bastardo?

—No. El hombre parece un fantasma. Pero lo estamos intentando. Contacté con un amigo mío cercano al Cartel; conoce bien a El Sombra. Creo que si lo pillamos, podría ser más fácil llegar al Spyder.

—No sé si meterse con el Cartel sea buena idea. Ya trabajamos con los italianos, pero esos malditos de México solo crean problemas allá donde van. Por no hablar de que los busca Interpol. Meternos en eso podría traer problemas a la Serpe Rossa.

—Hablando de la Serpe Rossa, ¿Niklaus no te ha dicho nada?

—Quizás lo intentó en una de las llamadas que perdí. Dime.

—Lafaiete se reunió con Kingsley. Han quedado para verse.

—¿Sobre qué?

—Los problemas en tu casa, la misión para pillar al Spyder. No conocen los hechos exactos, pero sospechan. Ya sabes que Lafaiete es un sabueso.

—Joder, lo sé. ¿Sabe lo de Sienna?

—Sinceramente, no lo sé. Deberías hablar con Niklaus. Todo está en sus manos.

Mi tío es juez en el mundo legítimo, y la Serpe Rossa lo utiliza para lo mismo.

—De acuerdo. Hablaré con él.

—Hay una cosa más, Arlo. Sé que tienes la cabeza en otras cosas, pero necesito decírtelo.

—Dime rápido.

—El Carnicero ha vuelto.

—Joder. ¿Archie?

—Sí. Todo el mundo habla de ello. Y ahora parece más... violento.

—Qué desastre. ¿Papá lo sabe?

—Eres el primero al que se lo digo. Mis hombres se enteraron hace poco. Perpetró una masacre en un burdel. El dueño está metido con los sicilianos, tío. Esto podría convertirse en un desastre. Archie ni siquiera está borrando sus huellas como es debido. Es como si quisiera...

—Que lo pillen —termino—. Veré qué puedo hacer. ¿Algo más?

—No.

—Entonces hablamos luego, tío.

Cuelgo.

Irritado, le escribo un mensaje a Archie:

Arlo: ¿Has perdido la puta cabeza, Archie? ¿Resucitar al Carnicero? Prometiste que no lo harías más, joder. ¡Vete a la mierda! Ahora soy el puto Consigliere. Si no paras, te llevaré ante el Consejo. Joder.

Lanzo el teléfono sobre el sillón con rabia. Sé que Archie no va a responder.

Me quito la camiseta y los pantalones y me acuesto en la cama detrás de Sienna.

Está hecha un ovillo, demasiado pequeña en medio de las sábanas.

Lleva puesta mi camiseta; era lo único que Isabel dijo que había pedido.

Me resultó curioso: quizás se siente protegida de alguna manera.

Pero yo también estoy aquí para protegerla. Y quiero que lo sepa.

La abrazo, apoyando la mano en su vientre.

Sintiendo su aroma, su calor. Se amolda a mi cuerpo tan perfectamente que se me encoge el corazón.

Me he convertido en un idiota, débil por una mujer.

Hace un tiempo, si alguien me hubiera dicho que dormiría abrazado a una mujer, me habría reído del bastardo.

Se mueve y su trasero se aprieta contra mi ingle. Hago un esfuerzo por no excitarme y parecer un cavernícola pensando en follarme a una mujer enferma. Necesito que se recupere antes de nada. La oigo suspirar y sé que está despierta.

No habla.

—Me estoy volviendo loco. ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

Silencio absoluto.

—No hace falta que hables si no quieres, Sienna. Pero al menos dime si estás bien.

Decido no presionarla, aunque se me da fatal esperar. Estoy acostumbrado a resolver mis problemas de inmediato, pero esto no depende de mí, sino de ella.

El viento frío que entra por la ventana me despierta. La habitación está a oscuras, pero una franja de luz llega del exterior. Paso la mano por la cama buscando a Sienna, pero no está. Salto de la cama y enciendo la luz del dormitorio. Con los sentidos aún embotados, recorro la habitación.

—¿Sienna?

La llamo mientras reviso el baño y luego corro al balcón. Está allí, sentada en la barandilla, con el pelo ondeando al viento, mirando hacia abajo.

Joder.

Son varios metros de caída y ella es tan pequeña que las probabilidades de sobrevivir son mínimas.

—¿Sienna?

Me acerco lentamente. Se agarra al lateral con fuerza, los dedos blancos de lo fuerte que aprieta la barandilla. Solo tiene que inclinarse hacia delante y todo habrá terminado.

—¿Sienna? ¿Qué haces?

Intento sonar calmado, pero parece no oírme.

Me acerco lentamente hasta quedar a un paso.

—Dame la mano.

Le tendí la mano.

—Baja de ahí, Sienna.

Me miró como si despertara de un trance. Abrió los ojos de par en par al mirar hacia abajo. Su cuerpo se tambaleó hacia delante del susto. Reaccioné rápido y la agarré de la camiseta, atrayéndola hacia mis brazos. Se aferró a mí, clavándome las uñas en los brazos.

—No quería —dijo confundida—. No quería caerme, solo estaba...

—Estabas loca. Has perdido completamente la cabeza.

La dejé en el suelo y le sujeté el rostro entre las manos.

—¿En qué demonios estabas pensando al subirte a la puta barandilla? ¿Querías morir?

—Y-yo no...

—No hables. Te equivocas. Sé que has pasado por mucho, que tu padre es un cabrón, pero morir nunca es la solución, Sienna.

—No quería morir. Solo quería sentirme... viva.

—Estás viva, joder. Estás. Viva. Estás aquí, Sienna. Conmigo.

Me miró con el pelo ondeando al viento. Por un momento pensé que iba a llorar, pero no lo hizo. Me empujó hacia el sofá del balcón y se sentó en mi regazo. Pegó su boca a la mía y me besó con urgencia. Sus manos recorrieron mi cuerpo y me sacaron la polla de los bóxers.

—Sienna —dije contra su boca—. Creo que...

—No, no hables. Solo fóllame, por favor.

La ansiedad en su voz era palpable, pero había algo más que no lograba descifrar.

Me besó, metiendo la lengua en mi boca a la fuerza, succionándome los labios con tal avidez que casi dolía. Sus manos exploraron mi cuerpo, acariciándome la polla. Quería tomármelo con calma, no ser tan brusco, pero joder, lo que de verdad quería era follármela duro en ese momento.

—Vamos, Arlo. Quiero que me folles —me dijo al oído.

Agarré el dobladillo de la camiseta y se la quité. Le apreté los pechos y me los llevé a la boca. Le chupé los pezones. El deseo me hacía palpitar la polla.

Sienna no dejaba de estimularme con la mano.

Inclinó el cuerpo hacia delante y frotó el coño contra mi polla.

Me agarró la polla y se la llevó a la entrada, bajando hasta que la tuve enterrada dentro.

Gimió cuando la penetré del todo. Me mordió los labios y me tiró del pelo con fuerza.

Nunca la había visto así, con tanto deseo. Pero me encantaba, joder.

—Más fuerte, por favor —gimió. Y joder, eso me despertó el lado dominante.

Le sujeté el cuello, le mordí debajo de los pechos, le marqué la piel. Gimió con avidez mientras me cabalgaba, echando la cabeza hacia atrás. Los pechos le rebotaban en mi cara y no pude resistirme a chupárselos con fuerza.

—Más fuerte, Arlo. Fóllame más fuerte —insistió.

Le di un azote firme en el culo, le apreté las caderas y se las levanté un poco para que mi polla pudiera trabajar en su coño. Con embestidas firmes, la follé tan fuerte que le temblaba todo el cuerpo.

—Eso es. No pares, Arlo. Pégame.

Le di otro azote en el culo y la vi sonreír mientras miraba al cielo.

Joder, aquello era una locura. Pero me gustaba verla soltarse. Ver cómo su cuerpo obtenía exactamente lo que necesitaba.

—Eso es. Estás tan buena. Eres maravillosa, Diablilla.

Me agarró la mano y se la llevó al cuello. Nuestros ojos se encontraron por un momento y vi en ellos un deseo ardiente. Me levanté con ella encima, salí de su interior y le di la vuelta para que quedara de espaldas a mí.

—Arrodíllate en el sofá.

Obedeció y se arrodilló en el sofá.

Le di un azote en el culo, luego me incliné para besar donde se lo había dado y le di un ligero mordisco. Gimió, y la marca de mis dientes apareció en su piel enrojecida. Tenía un culo precioso y redondo. Era tentador.

—Voy a follarme este culo en algún momento, Sienna. Te quiero entera.

Le di otro azote y echó el culo hacia atrás.

—Mi Diablilla está ansiosa, ¿eh?

—Sí.

Me coloqué detrás de ella y la penetré con una embestida firme.

Le sujeté el cuello con una mano y le mantuve la cadera firme con la otra.

Gimió y echó el culo hacia atrás contra mi polla.

Hice una pausa y la dejé controlar los movimientos.

Sienna gimió tan fuerte que los guardias de seguridad de abajo podrían oírla.

Puede que incluso estuvieran viendo nuestro pequeño espectáculo privado desde el jardín, pero me importaba una mierda. Mi chica estaba disfrutando.

Le apreté el cuello con más fuerza, mis caderas embistiéndola con fuerza. La atraje hacia mí, le puse la boca en el oído y le mordí el cuello.

—Córrete para mí, Diablilla. Córrete en mi polla —le dije al oído.

Dejó escapar un gemido ahogado, su cuerpo se deshizo mientras alcanzaba el clímax. Era precioso de ver: cómo gritaba y se estremecía, y luego se relajaba. Las piernas le flaqueaban, demasiado débiles para sostenerla. Con unas cuantas embestidas más, me corrí. Mi propio cuerpo perdió el control.

Sienna tosió y me di cuenta de que todavía tenía la mano en su cuello. Debía de haber perdido el control y apretado demasiado.

Me senté en el sofá y la atraje a mi regazo. Le examiné la piel, pero la oscuridad no me dejaba ver mucho. Apoyó la cabeza en mi pecho y su respiración se fue calmando.

—Lo siento, fui demasiado brusco. ¿Te he hecho daño?

—No, me ha encantado —susurró—. Gracias.

—¿Gracias por qué?

—Por hacer lo que te pedí. Lo necesitaba. Sentirme libre, sentir que tengo el control de mi cuerpo y de lo que quiero.

—Lo tienes, Sienna. Puedes hacer lo que quieras.

Levantó la cabeza y me miró.

—¿Incluso ponerme vestidos sexis? Rompiste el mío. Me sentía guapa con él.

Joder, eso me revolvió el estómago.

—Bueno, no me dijiste que te sintieras así. No debería haberlo roto, pero quería protegerte.

—¿Protegerme de qué?

—De las miradas de los hombres.

Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—¿Estás celoso de un vestido?

—¿Sinceramente? Joder, sí. Pero intentaré controlarme la próxima vez. Y sí, puedes hacer lo que quieras, Sienna. Ahora eres libre. Tu padre… —Me callo, lamentando haber sacado el tema.

Cierra los ojos y respira hondo.

—Él no es mi padre.

—¿Qué?

—Todo es mentira, Arlo. Todo lo que me dijo es mentira. Mi vida entera es una mentira. Adrian no es mi padre, Luke no es mi tío. Todo es mentira.

—¿Quién te lo dijo?

—Él mismo. Se encargó de restregarme en la cara que no soy nada y que solo me crió por esa maldita venganza. Él, papá, iba a… —Traga saliva—. Adrian iba a venderme a ese tal El Sombra. Iba a entregarme para que me violaran. Envió a Luke… —Se le quiebra la voz y rompe a llorar.

—Tranquila, cariño. Ya pasó. —La abrazo, acunándola contra mi pecho—. Menos mal que no llevas la sangre de ese bastardo. Y aquí estás a salvo.

—No estoy a salvo en ningún sitio. No tengo nada que sea mío.

—Oye —le sujeto la barbilla y hago que me mire—, no digas eso. Me tienes a mí, Sienna. Estoy aquí para ti. Fui a buscarte y te encontré. Te saqué de las garras de esos monstruos.

—¿Cómo me encontraste?

—La pulsera. Tiene un localizador.

Frunce el ceño.

—¿Me pusiste un localizador sin decírmelo?

—Sí, pero es lo que te salvó la vida. Así que no te quejes.

Me abraza, apoyando la cabeza en mi pecho.

—Gracias. Pero tengo que contarte algo malo. Dos cosas, en realidad.

—¿Qué pasa? Puedes decírmelo, puedo soportarlo.

Me mira, apoyando la mano en mi hombro.

—Tu padre secuestró a la hija de Adrian. No sé si la mató, pero dijo que Gerald se la robó. No es que le crea, pero quizá sea verdad, Arlo. Quizá todo este infierno sea por eso. ¿Tu padre te contó algo de eso?

—No.

—Quizá deberías preguntarle.

—Sí. ¿Cuál es la otra cosa?

Sienna respira hondo, visiblemente nerviosa.

—Fue Aryan quien me entregó a Adrian. Llamó a Luke y le dijo que fuera a buscarme al baile.

—¿Qué? ¿Cómo tiene el número de Luke?

—Un informante en la casa. Aryan lo encontró.

—¡Ese bastardo! —exploto, golpeando el lateral del sofá—. Ese hijo de puta. Traidor. Actuando a mis espaldas. —Hago ademán de levantarme, pero Sienna me empuja hacia atrás.

—Es medianoche. No hagas nada ahora que estás enfadado. Recuerda que es tu hermano.

—Así no funcionan las cosas en la mafia, Sienna. La sangre no importa si es un traidor. Aryan tendrá que pagar por lo que hizo.

—¿Has perdido la cabeza? ¿Vas a matar a tu hermano? Piensa, Arlo. Con todo lo que ha pasado, es normal que Aryan esté furioso.

—No se trata de que esté furioso, Sienna. Se trata de que actuó a mis espaldas y pasó por encima de mis órdenes. Si le dejo hacer esto ahora, ¿qué viene después? ¿Que me apuñale por la espalda?

—Lo entiendo, Arlo. Pero necesitas pensarlo. Es difícil tomar una decisión tan trágica. Por favor, solo piénsalo, ¿de acuerdo?

Respiro hondo, intentando calmarme. Estoy rodeado de serpientes en mi propia familia.

—Nos vamos a ir de aquí, Sienna. Tú y yo solos.

Me estudia con las manos en mi pelo. Se le eriza la piel con el frío de la noche. Es tan hermosa que solo quiero huir con ella para siempre. Amar a esta chica como nunca he amado a nadie en mi vida.

—Solo te tengo a ti, Arlo. Nada más. Ni siquiera tengo apellido, todo es mentira.

—Tu apellido es el mío. Eres Sienna Fitzgerald.

Sonríe.

—Es un buen nombre. —Me besa mientras su coño vuelve a encajar alrededor de mi polla. Se frota contra mí y mueve la lengua en mi boca—. ¿Crees que puedes con otra ronda?

Me río.

—¿Otra ronda? Puedo seguir toda la noche, Diablilla. Todavía tienes que conocer mi lado oscuro.