La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

ARLO FITZGERALD

La adrenalina me está volviendo loco. El corazón me late tan rápido que lo oigo retumbar en los oídos. El cabrón de Luke está muerto, pero no fue suficiente. Eso no era lo que tenía planeado para él.

Sienna se desmayó en mis brazos, agotada tras todo lo ocurrido. Está desnuda, cubierta de sangre, y Dios sabe si llegué a tiempo para evitar que ese cabrón la tocara. Asqueroso, repugnante: un tío haciéndole eso a su propia sobrina.

Dejo a Sienna en el coche, la cubro con mi chaqueta y voy hacia mi hermano. Lo agarro del cuello de la camisa y lo estampo contra el capó con tanta fuerza que le crujen los huesos.

—¿Por qué has hecho eso, Aryan? ¿Por qué has matado al cabrón de Luke?

Aryan me agarra la muñeca e intenta apartarme, pero no voy a calmarme tan fácilmente.

—¿Estás loco? Se merecía morir.

—Yo iba a matarlo. En el momento adecuado. Primero le habría sacado información, después lo habría torturado y habría cortado su asqueroso cuerpo en pedazos. Eso es lo que se merecía, no una muerte rápida.

—¡Arlo! —mi tío me agarra e intenta apartarme de mi hermano—. Ya está muerto, Arlo. Déjalo.

—Suéltame, Niklaus —me zafo de un tirón—. No debería haber matado a Luke así, joder.

—Entiendo tu frustración, pero tenemos que irnos —dice mi tío con voz controlada—. El Spyder ha escapado, ha desaparecido. Alguien puede haberle avisado y podría estar enviando más hombres. Vámonos.

Mi tío tenía razón, aunque me jodiera admitirlo.

Lanzo una última mirada a Aryan. Todavía tendría que vérselas conmigo.

Desobedeció mis órdenes directas, se interpuso en cuanto abrí la puerta y le disparó a Luke por la espalda.

Eso fue una traición, y además jodidamente raro.

Mi hermano parecía estar eliminando pruebas. No soy idiota y sé leer entre líneas.

Pero ahora lo importante es Sienna. Tenía que llevarla al médico y comprobar si ese cabrón la había violado.

—Llama al doctor Carter. Dile que vaya a mi casa. ¡Ya! Y quemad este puto sitio. Que no quede ni rastro —le digo a Victor antes de subir al coche.

Atraigo a Sienna hacia mí y la acurruco contra mi pecho.

Gime y se aferra a mí como si le fuera la vida en ello.

La imagen de ese desgraciado no se me va de la cabeza.

Quería más; quería su sangre en mis manos durante días, hasta que su cuerpo no pudiera soportar más la tortura. Fue demasiado fácil, demasiado simple.

Llegamos a la mansión y entro con Sienna en brazos, cubriéndola para que nadie vea su cuerpo desnudo. Protegiéndola de este puto mundo de mierda.

El doctor Carter está en el vestíbulo con mi padre y Beatrice. Beatrice grita y se lleva la mano a la boca en cuanto ve a Sienna. Corre hacia nosotros.

—¡Fuera! —le grito. Papá la sujeta como puede.

—¿E-Está viva? —pregunta Beatrice entre sollozos.

—Sí. ¡Fuera! La llevo al dormitorio. Doctor Carter, acompáñeme, por favor.

Subo las escaleras con Sienna en brazos. Beatrice corre a mi lado, llorando como una loca.

Tumbo a Sienna en mi cama y la cubro con la sábana. El doctor Carter se acerca.

—¿Esta sangre es de ella? —pregunta.

—No, pero necesito que la examine a fondo, doctor. Quizás... —trago con dificultad, incapaz de pronunciar las palabras. Pero él asiente, entiende de qué va—. Por favor, revíselo todo.

—No se preocupe, Arlo —me pone la mano en el hombro y se acerca a Sienna. Beatrice corre al otro lado de la cama, llora y le toca la cara.

—Cariño, despierta —dice mientras la sacude. Sienna se mueve y grita cuando la realidad la golpea.

Me hierve la sangre. Voy hacia Beatrice y la arrastro del brazo.

—¡Fuera! ¡Suéltala! —gruño.

—Por favor, déjame quedarme. Déjame quedarme con ella, Arlo. ¡Por favor! —dice entre sollozos.

—Déjeme sedarla —dice el doctor Carter mientras sujeta a Sienna, que se retuerce en la cama.

Asiento y saco a Beatrice de la habitación. Papá intenta detenerme, pero la arrastro hasta el pasillo.

—Para, Arlo —suplica papá mientras intenta sujetarme.

—Aleja a tu puta mujer loca de Sienna. No la quiero aquí.

—¡No tienes derecho! —grita Beatrice, y sus uñas me alcanzan la cara—. ¡No puedes impedirme ver a Sienna!

La agarro y la empujo hacia los brazos de papá.

—Jodida loca —digo furioso, notando el arañazo de esa maldita mujer en la cara—. Podría matarte por esto, Beatrice.

—Puedes matarme si quieres, ¡pero no vas a apartarme de Sienna!

—Beatrice, cálmate. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte —advierte papá.

—No, Gerald —empuja a papá y se libera de sus brazos—. Esta vez no vas a detenerme. Me prometiste que encontrarías a mi hija. Esperé años, y ahora que está aquí, no me lo vas a impedir.

¿Hija? ¿Qué coño es esto?

—¿Tu qué? —digo confundido—. ¿Has perdido la cabeza del todo?

Beatrice se vuelve hacia mí.

—No estoy loca, Arlo. Es exactamente lo que has oído. Sienna es mi hija.

¡Joder!

—No, ni de coña —grito mientras me tiro del pelo. Intento asimilarlo de alguna forma, encajar las piezas—. No, no, no. Estás mintiendo.

—No estoy mintiendo. Sienna es mi hija —se golpea el pecho mientras las lágrimas le ruedan por la cara. La mujer está destrozada, más de lo que la he visto jamás. Exactamente como estaría una madre si su hija estuviera herida.

Joder.

No puede ser.

Estoy confundido; no le encuentro sentido a esto. No entiendo cómo encajan las piezas.

Miro a papá, que parece derrotado. Hombros caídos y expresión de derrota en el rostro.

—Es verdad, Arlo —dice.

—¡Gilipolleces! ¡Malditas gilipolleces! Sois un par de mentirosos de mierda.

Golpeo la pared con rabia.

—No hacéis más que mentir. Os habéis inventado esto para quitarme a Sienna.

—Arlo, piensa con calma —insiste papá—. Beatrice es la madre de Sienna.

—¡No! Joder, ¡no! ¡Eso es mentira! Y aunque lo fuera, que le den. No se va a acercar a Sienna. Nadie en esta casa se le va a acercar. No quiero a nadie cerca de ella.

Los señalo, furioso.

Juro que, si no fuera mi padre, le saltaría al cuello de lo cabreado que estoy. No hace más que crear mentiras; cada día sale algo nuevo a la luz.

—Os odio. Os odio a los dos. No os vais a acercar a mi esposa. ¿Queda claro?

—No puedes hacer esto, Arlo —suplica Beatrice, dejándose caer al suelo.

—¡Que os jodan! ¡Que os jodan a los dos! —grito mientras vuelvo a entrar en la habitación.

El doctor Carter me mira con irritación mientras sigue examinando a Sienna. Lo ignoro y salgo al balcón. Agarro la barandilla hasta que los dedos se me ponen blancos.

No puedo creer lo que está pasando. Beatrice es la madre de Sienna; por supuesto que lo es. Su forma de comportarse con ella, cómo siempre se emocionaba e intentaba acercarse. Lo tenía delante de mis narices y no lo vi. Papá me ocultó otra verdad más. Dios sabe cuántas cosas más me ha ocultado.

Pero no, no voy a dejar que se acerque a Sienna. No voy a dejar que nadie se acerque. Sienna es mía. Me la voy a llevar lejos de aquí, a un lugar donde nadie pueda hacerle daño.