La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 23
43%

Capítulo 23

SIENNA FITZGERALD

Arlo me deja en la habitación y sale un momento a tratar algo con su hermano.

Los tres cenamos juntos, o casi. Aryan no me dirigió ni una palabra y comió como si acabara de volver de un funeral.

Me odia y no hace el menor esfuerzo por fingir lo contrario.

Al final, estar en esta familia será tan difícil como mi vida anterior.

Observo en mi cuerpo las consecuencias de lo que hicimos. Arlo dejó algunas marcas bajo el pecho y en el cuello. Tengo el trasero rojo y dolorido. Entre las piernas me arde como si él todavía estuviera ahí. Me siento un poco sucia por haberlo disfrutado.

Me pongo una de las camisetas de Arlo y me acuesto mientras pienso qué hacer ahora. Necesito hablar con mi padre, aunque sea por teléfono. Pero ¿seguirá usando el mismo número? Lo memoricé hace tiempo por si había una emergencia.

Oigo a alguien en la puerta y me tumbo, fingiendo estar dormida. Oigo a Arlo moverse por la habitación, percibo su aroma. Mueve algo, pero enseguida lo siento meterse en la cama detrás de mí.

Me echo hacia delante al notar su bulto contra el trasero.

—Sabía que no estabas dormida —me dice al oído mientras me besa el cuello. Su mano se desliza por el vientre y me aprieta la cintura.

No, no, no. Va a empezar otra sesión de tortura y no voy a poder resistirme.

Mi cuerpo es tan traidor.

Me vuelvo hacia él y veo que está desnudo.

—¿No tienes ropa?

—No uso nada para dormir —sonríe y me besa la nariz. Es difícil acostumbrarme a esto, a tanto afecto de alguien que debería ser mi enemigo—. Siento lo de mi hermano en la cena.

—¿Sentir qué? Tu familia no tiene por qué caerme bien.

—No debería ser así, Sienna. Somos mafiosos, pero protegemos a los nuestros. Deberías tener un ambiente agradable aquí.

—Pero las cosas no son normales entre nosotros, Arlo. No hay forma de tener nada agradable.

—Lo entiendo. Pero mejorará cuando todo esto se aclare.

—¿Y si no se aclara? Si mi padre es inocente, ¿me dejarás ir?

Frunce el ceño. Ahora parece irritado.

—Nunca te dejaré ir, Sienna. Eres mía, será mejor que te acostumbres.

Me siento en la cama, irritada.

—¿Piensas encerrarme aquí en tu mansión? No soy un objeto, Arlo. No puedes tenerme prisionera para siempre.

—Entonces, ¿esperas que te deje ir con tu padre o tu tío para que te maten?

—Papá nunca haría eso.

—Lo hizo cuando te envió aquí, Sienna. No le importó lo que pasara.

No consigo asimilarlo, por más que lo intente. No quiero creer que mi padre sea tan cruel.

—Olvida eso —tira de mí para que me tumbe y se coloca encima—. No quiero discutir —me sujeta las muñecas por encima de la cabeza mientras me besa el cuello—. Ya que dices que te tengo prisionera, aflojaré un poco las riendas. Mañana tenemos un sitio adonde ir.

—¿Qué sitio?

—Un baile benéfico. Un evento aburrido con multimillonarios y gente importante. Voy todos los años. No es un evento de la mafia, es para nuestros negocios legítimos. Te compraré un vestido.

—¿Podría ir a la tienda a elegir uno con Beatrice?

—No. No saldrás de aquí hasta que sea seguro.

—¿Pero no tienes millones de guardias de seguridad? Pueden acompañarnos.

—Nos acompañarán al baile, que es la única vez que saldrás. Enviaré a alguien de confianza a traer los vestidos aquí. Además, no me fío de Beatrice.

—¿Qué problema tienes con ella?

Pone los ojos en blanco.

—Olvídalo. Toda esta discusión acalorada me ha puesto cachondo. Tú con mi camiseta también —agarra el dobladillo de la camiseta y me la quita—. Y con mis bóxers puestos.

Desliza los labios por el cuello y va dejando besos ardientes a su paso.

Mi cuerpo tiembla de anticipación, la piel sensible reacciona a su contacto.

Cuando llega al vientre, siento su aliento caliente contra la piel y los músculos se me contraen de expectación.

Agarra los bóxers que llevo puestos y los baja despacio, dejándome completamente expuesta.

Su boca sigue su camino y me besa el muslo con lentitud tortuosa.

Cada beso que deposita en mí hace que el cuerpo me palpite, la anticipación crece entre las piernas.

Cuando por fin llega a mi coño, los músculos se me relajan y mis dedos se entrelazan en su pelo, acariciándolo con suavidad mientras explora mi cuerpo.

Se acerca más, respira hondo, como si absorbiera mi aroma. Sus dedos juegan con el vello púbico, una caricia íntima y provocativa.

—No tengo nada en contra del vello, la verdad es que me resulta interesante —murmura contra mi piel, con la voz ronca y cargada de deseo. Siento una oleada de calor recorrerme el cuerpo, ardo de vergüenza y excitación a la vez.

Pasa la nariz por mi coño de nuevo, despacio. La respiración se me vuelve irregular mientras me provoca con la lengua. Usa los dedos para abrirme. Cuando estoy expuesta, la vergüenza queda superada por el deseo y la anticipación.

Su lengua toca la piel, pero no es delicada.

Me succiona el clítoris con fuerza. Cada movimiento es un tormento delicioso.

Su lengua se desliza sobre mí, se hunde y traza círculos, la presión suave pero firme hasta que siento el cuerpo encenderse.

Cubre mi coño por completo, succiona, lame, explora cada parte de mí con una precisión que hace vibrar todo el cuerpo.

Las piernas empiezan a temblarme, el placer crece en oleadas que se extienden por todo el cuerpo. Intento aguantar, pero es inútil. Sabe exactamente lo que hace, cada movimiento, cada caricia me acerca más al límite.

El cuerpo me arde, los gemidos se me escapan sin querer mientras sigue castigándome con la lengua hasta que no me quedan fuerzas.

Miro al techo mientras lo siento subir por el cuerpo, deposita besos en el vientre, me succiona los pechos. No se detiene, no me da tregua. Y ni siquiera sé si quiero tregua. Solo sé que nunca tendré bastante de él.

Pongo la mano sobre su pecho y lo empujo para que se tumbe boca arriba en la cama. Sonríe mientras sujeta su polla erecta muy cerca de mi vientre. Me lleva las manos al pelo. Sus ojos brillan con malicia mientras se aprieta el glande. Lo observo, analizo mis posibilidades y decido qué hacer.

Lo beso mientras le sujeto la polla erecta. Noto lo pequeña que es mi mano y lo grande y gruesa que es. Ahora entiendo el dolor que sentí la primera y la segunda vez. Me pregunto si siempre será así o si algún día me acostumbraré.

Me sujeta la nuca cuando me deslizo por su abdomen y voy dejando un rastro de besos por su pecho. Gime cuando le jugueteo en los pezones con la lengua. Uso la lengua para saborear su piel.

Le dejo besos en la ingle mientras le sujeto la polla con las manos y se la masajeo como él me enseñó. Sus ojos brillan expectantes cuando decido probar el líquido brillante de su glande. Paso la lengua muy despacio, pero el sonido que sale de su garganta me anima a metérmela más adentro.

—Joder, Diablilla. Eso es perfecto —dice mientras se muerde el labio.

Me enrolla el pelo en un nudo firme con la mano, pero no me empuja hacia abajo, me deja llevar el control.

Y lo llevo: abro la boca todo lo que puedo y lo chupo, esforzándome por abarcar toda su longitud.

Subo y bajo, chupo hasta casi llegar al límite y solo paro cuando siento que me van a dar arcadas.

Bajo hasta los testículos y también se los chupo, disfrutando de cada centímetro.

Esto enciende una mecha en él. Arlo gruñe, me agarra el pelo con firmeza, empuja las caderas hacia delante y entra tan profundo que lo siento en la garganta y me provoca arcadas.

Toso, pero no me da tiempo a recuperar el aliento; enseguida vuelve a castigarme con su polla en la boca, llevándome al límite.

—¡Maldita sea! Vas a hacer que me corra así —exclama con voz ronca, cargada de deseo. Con un movimiento firme, Arlo me tira del pelo y me obliga a echar la cabeza hacia atrás mientras se sienta en la cama.

Mi cuerpo reacciona de inmediato a la orden; mi deseo por él es tan intenso que casi duele.

Me coloco a horcajadas sobre sus piernas y siento el calor y la rigidez de su cuerpo bajo el mío.

Sus dedos siguen tirándome del pelo hacia atrás, dejándome el cuello expuesto. Me muerde la piel y me hace gritar.

Me levanta lo justo para alinear su polla con mi entrada y luego me suelta, dejando que me deslice por toda su longitud. La sensación de tenerlo dentro es abrumadora; cada centímetro me llena de una forma que me deja sin aliento.

Empiezo a contornearme, a mover las caderas en círculos lentos y provocativos mientras lo siento llenarme por completo. Deja escapar un gemido profundo, con los dientes todavía hundidos en mi piel, y me aprieta la cintura con las manos para guiar mis movimientos.

—Eso es... —murmura contra mi cuello con voz cargada de placer—. Muévete así... Eso es, muévete para mí, Diablilla.

Hago exactamente lo que me pide y me muevo sobre él con una intensidad que me deja sin aliento; cada embestida me acerca más al éxtasis.

Su manera de sujetarme, de poseerme, me hace perder cualquier inhibición.

Mueve las caderas contra las mías con fuerza y me aferro a su espalda, clavándole las uñas en la piel.

Estoy subiendo de nuevo. Tan cerca, y él lo sabe, porque me aprieta la cintura con más fuerza y sus gemidos se vuelven más ásperos, más desesperados, hasta que nos corremos juntos.

Su líquido me llena mientras deja escapar un gemido ronco en el oído.

El sonido que hace es tan excitante que prolonga mi propio orgasmo.

Tardo un rato en recuperarme; mi coño todavía se contrae a su alrededor, llena de él. Encaja dentro de mí tan perfectamente que me siento completamente segura.

Me aferro a su cuerpo mientras siento las lágrimas rodar y mojarle la espalda. ¿Qué me está pasando? Se supone que debería odiarlo.

—Sienna, ¿estás bien? —pregunta mientras me gira en su regazo y me tumba en la cama—. Estás... —Me toca una lágrima en la cara—. ¿Qué ha pasado?

—No es nada. Déjame dormir.

—¿Pero te he hecho daño o algo?

—No.

Me doy la vuelta en la cama y me abrazo el cuerpo. He estado conteniendo mis emociones demasiado tiempo y creo que estoy empezando a desmoronarme.

Oigo a Arlo murmurar algo sobre que las mujeres estamos locas y me echo a reír. Me doy la vuelta para tumbarme sobre su pecho.

—¿Hablas en serio? Estabas llorando hace un momento. ¿Esto es por el síndrome premenstrual o algo así?

—Se dice síndrome premenstrual[1]. Ahora cállate y duerme.