La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

ARLO FITZGERALD

Nunca imaginé que sería tan difícil atrapar a un traidor en mi propia casa. Está entre mis hombres, pone en riesgo la vida de mi familia, y yo aquí con las manos atadas. Ya hemos revisado todas las cámaras de seguridad e interrogado a todos, y ninguno parece sospechoso.

Abro la caja y contemplo la pulsera que encargué para Sienna.

Le pedí a Raruk que le hiciera algunos ajustes de seguridad y ha venido a la oficina a entregármela en persona.

Estamos en la sede de Vertex Enterprises, la principal empresa legítima de mi familia.

Por lo general no mezclo asuntos de la mafia con la empresa, pero pensé que sería mejor reunirme con Raruk aquí, lejos de todo el caos.

—Hay una solución más efectiva, aunque arriesgada —dice Raruk mientras da un sorbo a su whisky.

—¿Qué solución?

—Cambiar todo el equipo de seguridad, traer hombres nuevos.

—Imposible. Algunos de los soldados llevan años con nosotros.

Aunque haya una manzana podrida entre ellos, la mayoría son hombres leales.

Por no hablar de que están entrenados por la Serpe Rossa.

Tendríamos que explicar toda la situación y todo se convertiría en un problema mayor.

Estamos intentando resolverlo internamente.

—Quizás llevarlo al Consejo sea la mejor solución.

—¿Y arriesgar la vida de Sienna? Ni hablar.

Raruk suspira, visiblemente molesto.

—Entonces reemplaza a Victor, el jefe de seguridad.

Miro a Raruk, tratando de entender su verdadera intención. Raruk y Victor no se llevan bien. Tienen métodos de trabajo diferentes y discrepan en absolutamente todo. El sueño de Raruk es que descubran a Victor como traidor, lo lleven a juicio y lo cuelguen para poder decir «te lo dije».

—Victor es el sobrino de Isabel. Ambos llevan mucho tiempo en la familia. Papá nunca lo aceptaría. Por no hablar de que… ¿Victor? ¿En serio? No me lo creo.

—La traición siempre viene de donde menos lo esperamos, Arlo.

—Entonces podría venir de ti.

Frunce el ceño y el vaso de whisky se detiene a medio camino. Pero enseguida entiende la broma y la comisura de su boca esboza algo parecido a una sonrisa. Aunque no es exactamente una sonrisa. Nunca he visto a Raruk sonreír en mi vida.

Es ruso, unos centímetros más alto que yo y seis años mayor.

No habla mucho de su vida pasada, pero sé que oculta muchos secretos.

Y aunque somos amigos, no sé absolutamente nada de él.

Solo que conoce el submundo mejor que nadie que haya conocido, que es ruso, un maestro de la tortura, y que gana una jodida fortuna con solo un ordenador.

Tenemos un acuerdo comercial y nos ha generado buenas ganancias.

En la Serpe Rossa lo llamamos el Ejecutor.

Es el tipo que encuentra el problema y lo resuelve antes de que llegue al Consejo, no siempre de forma políticamente correcta.

—No soy un traidor, Arlo. Lamento que después de todos estos años aún dudes de mí.

—No es eso. Es solo que no sé absolutamente nada de ti y aun así confío en ti ciegamente.

Se inclina hacia delante para dejar el vaso en la mesa y cruza una pierna sobre la otra. Se le tensa la mandíbula y su expresión se vuelve sombría.

—Ya te he dado varias pruebas de que puedes confiar en mí. No sé qué más puedo hacer.

—Sí, lo sé. No lo estoy cuestionando. Pero a veces me gustaría saber un poco más de ti. ¿Tienes familia? ¿Esposa? ¿Hijos?

—Paso de esa mierda de familia. Y estaría jodido si metiera a una mujer en mi vida. Solo sirven para follar, conviene no olvidarlo. El amor no existe, es solo el invento de algún cabrón que tenía una polla metida en el culo.

Joder.

A eso lo llamo yo resentimiento.

—De acuerdo —levanto las manos para zanjar el tema—. No hablaré más de ello.

—Te lo agradezco, jefe —me lanza una mirada cínica—. Dime, ¿cuándo vas a volver al Red? Las chicas están inquietas. Desde que te convertiste en Consigliere, no has vuelto a aparecer por allí. Todas están deseando chuparle la polla al nuevo Consigliere de la Serpe Rossa.

—Eres ridículo, Raruk. En serio. No he tenido tiempo de ir al Red. Ya sabes, con todos los problemas.

—¿Es eso o te has convertido en uno de esos aburridos hombres casados que solo comen de un plato? Justo lo que siempre dijiste que nunca serías.

—Quizás estoy cansado de la vida de libertinaje. Ya es hora de sentar la cabeza. Ocuparme de los asuntos de la mafia.

Pone los ojos en blanco.

—Bueno —dice mientras se pone de pie—, tengo que irme. Tengo que hacerle una visita a tu tío Theodore. Me pidió ayuda con algo. Deberías pasarte a verlo de vez en cuando, se siente solo. Y esa jodida chica lo está volviendo loco.

La jodida chica de la que habla es Arabella, la única hija de mi tío. Está a punto de cumplir dieciocho años y mi tío está deseando casarla y endosarle el marrón a algún pobre desprevenido.

—Ya sabes que papá sigue guardándole rencor a Theodore —explico.

—¿Todavía por el asunto de Archie?

Oír a Raruk hablar abiertamente de mi hermano mayor me provoca una opresión en el pecho.

—Bueno, sí. Pero olvidemos eso —me presiono el puente de la nariz para aliviar la tensión.

—Archie está bien, Arlo. Está… lidiando con las cosas. A su manera, claro.

—Lo sé. ¿Hablamos luego? —asiento para despedirlo.

—No me eches de tu jodida oficina, jefe. Sé educado o dejaré que Victor te joda —bromea.

—No es un traidor.

—Tío, apostaría mis pelotas, pero las necesito —se despide con la mano y se da la vuelta.

Mi vieja y torpe secretaria choca con él en cuanto abre la puerta. La mujer casi se aplasta contra la pared al ver a Raruk. Da un gran paso para dejarlo pasar. Además de ser un tipo grande, rubio y cubierto de tatuajes, tiene un ceño fruncido digno de película de terror.

—S-señor —tartamudea Chloe, tambaleándose sobre sus tacones—. El señor Leone trajo los papeles que solicitó.

—Déjalos ahí. Me los llevaré a casa para revisarlos.

Se acerca y deja la carpeta sobre la mesa, aunque guarda cierta distancia.

—No voy a morderte, Chloe.

—Oh, lo siento. ¡No es eso! —fuerza una sonrisa—. Es solo que tu amigo da un poco de... miedo.

Sonríe con incomodidad.

Ah, Chloe, si supieras quién es tu jefe.

Sonrío para mis adentros y asiento para despedirla.

Cojo el móvil para enviarle un mensaje a Isabel preguntando por Sienna.

Tengo que acordarme de comprarle un teléfono, uno desde el que pueda controlar todas sus llamadas.

Esta idea absurda de llamar a su padre no deja de darme vueltas en la cabeza.

Quizá no sería mala idea si pudiéramos rastrearlo, pero sé que Adrian no es estúpido y no se dejará atrapar tan fácilmente. Necesito idear un plan más efectivo.

Ya era de noche cuando volví a casa. El baile benéfico era esa noche y todavía tenía que ducharme y ponerme el esmoquin.

Encuentro a Sienna en el dormitorio, con un vestido rojo frente al espejo.

La polla me palpita al instante. Apenas puedo creer que haya elegido precisamente ese color.

Me acerco y apoyo la mano en su espalda desnuda, expuesta por el escote trasero del vestido.

Por delante, el escote es discreto, pero el problema es la enorme abertura en la pierna izquierda.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Sienna?

Me mira confundida a través del espejo.

—¿Quién ha elegido este vestido?

—Me ayudó Beatrice. ¿No te gusta? —pregunta con voz apagada.

—¿Que si me gusta? Estoy duro como una piedra, Sienna.

La atraigo contra mi cuerpo para que sienta lo que me ha provocado.

—Estás jodidamente sexy. Pero además de mí, todos los hombres de ese lugar se van a fijar en ti. Esto no va a funcionar.

Niego con la cabeza.

—Voy a pasarme toda la noche volviéndome loco. Acabaré matando a alguien en un evento que ni siquiera es de la mafia.

Se gira hacia mí con los ojos llenos de diversión.

—Es solo un vestido, Arlo.

Miro sus pechos apretados en el pequeño escote recto. El canalillo, perfectamente marcado. El vestido entero se ciñe a su cuerpo. La agarro por la cintura y la llevo contra la pared. Le subo el vestido hasta el vientre, dejando al descubierto sus diminutas bragas.

—Dime que has comprado otro vestido.

—Sí, pero este me gustaba más.

—Lo siento, cariño.

Agarro la parte superior del vestido por el escote y lo desgarro, abriéndolo por ambos lados y dejando sus pechos al aire. Sienna abre los ojos de par en par, la boca en una perfecta «O».

—No me lo puedo creer, Arlo —dice horrorizada.

—Pues sí, cariño. Y esto es solo el principio.

Bajo hasta sus bragas, agarro la tira del lateral y la desgarro por un lado, luego por el otro.

—Podrías habérmelas quitado sin más. He pasado horas arreglándome. ¿Ya no vamos al baile?

—No, solo vamos a llegar tarde.

La beso mientras me abro los pantalones a toda prisa y saco la polla erecta.

Ella sonríe y me apoya las manos en los hombros.

Le sujeto la pierna izquierda y se la coloco en la cadera.

Me entierro en su coño de golpe, sin darle tiempo a protestar.

Dejo escapar un suspiro, aliviado de estar por fin en el mejor lugar en el que podría estar esta noche, enterrado en su coño caliente y suave.

Gime en mi boca, con las manos deslizándose hasta mi culo, apretándome mientras la follo. Su espalda golpea la pared con golpes sordos.

Me clava las uñas en el culo, intentando acercarme más, que me entierre más hondo. La sujeto por la espalda y la levanto. Me rodea las caderas con las piernas.

Le aprieto el culo mientras la follo contra la pared.

Nuestros cuerpos sudorosos, la respiración agitada.

Pero encajamos tan bien juntos, nuestro acoplamiento es perfecto.

Sienna se estremece, sus uñas en mi espalda avivan mi excitación y me corro, llenándole el coño sin pensar en las consecuencias.

Joder.

Esta mujer es todo lo que quiero en la vida. No echo de menos a las putas del Red ni a ninguna otra mujer que no sea mi Pequeña Diablilla.