La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Su carne empieza a apretarse a mi alrededor, un reflejo involuntario de su rendición, y noto que pierde fuerza, que su cuerpo empieza a ceder.

Pero no me detengo. No puedo. Sigo embistiendo, más fuerte y más rápido; mi propio placer crece con cada segundo.

El calor se acumula dentro de mí, las sensaciones se intensifican, hasta que finalmente una ola abrumadora de placer me arrastra.

Gruño, con la respiración pesada y descontrolada, pero no me detengo hasta soltar la última gota en su coño.

Y cuando por fin lo hago, dejo escapar un gruñido profundo; mi cuerpo tiembla con la intensidad de las sensaciones.

Joder.

Ha sido increíble.

Creo que nunca había llegado a este nivel. Nunca beso a una mujer, nunca follo sin condón, pero con Sienna me siento libre.

Está completamente exhausta en mis brazos; su cuerpo todavía pulsa a mi alrededor, pero aun así la mantengo cerca, sintiendo su calor y su suavidad contra mí. Me gusta nuestro olor juntos y me gusta cómo somos cuando estamos conectados.

Cuando salgo de ella, gime. Noto un poco de sangre en mi polla.

—¿Estás bien?

No habla, solo asiente y esboza una leve sonrisa. Tiene los ojos cerrados y el cuerpo desparramado en la cama en una postura extraña.

—Espero que eso sea un sí.

Voy al baño, me quito los pantalones y los bóxers y uso una toalla para limpiarme. Después mojo otra toalla con agua tibia y vuelvo al dormitorio. Sienna ya está sentada en la cama. Tiene la cara roja. Su piel es demasiado clara y todo se le nota.

—Abre —ordeno. Se tumba con la cabeza en las almohadas y abre las piernas para mí. La limpio y me mira avergonzada, girando la cara para no ver mi polla—. ¿De qué te avergüenzas? Esto es una polla y tú tienes un coño.

—¡Dios mío!

Se tapa la cara con las manos y resopla.

—Intenta no usar palabras tan guarras.

—Pero así se llaman. Polla y coño.

Digo esto mientras me subo sobre ella en la cama. Le aparto las manos de la cara.

—¿Cómo los llamas tú?

—Y-Yo no lo sé. Nunca me enseñaron nada de estas cosas. Leí algunos libros en la biblioteca de papá. Lo suficiente para entender.

—¿Nunca fuiste al colegio?

—Papá siempre traía tutores privados a casa.

—¿Y dónde vivíais?

—No sabría decirlo exactamente; no tenía forma de saberlo, encerrada en casa. Pero recuerdo que pasamos un tiempo en México. Sé hablar un poco de español.

—¿Tu padre recibía visitas, hombres o chicas?

—Arlo, sé adónde quieres llegar con esto.

—Vamos, Sienna. Necesitamos averiguarlo juntos. Dame algo a lo que agarrarme. Demuéstrame que tu padre es tan inocente como dices.

—Bueno, había algunos hombres, pero la mayoría estaban en México.

Luego vinimos a Estados Unidos, y donde vivíamos había algunas personas que también hablaban español.

Creo que quizás era cerca de la frontera; oí a papá decir algo al respecto.

Pero no sé mucho, porque cada vez que los espiaba, papá me encerraba en el sótano. Así que aprendí a no escuchar.

Bastardo. Solo pensarlo me da náuseas.

—¿Qué te hacían en el sótano?

—Me castigaban. Sin comida, sin luz solar ni nada a lo que aferrarme.

Su mirada se entristece al recordar.

—A veces me pegaba papá, o algún soldado por orden suya. O incluso Luke. Pero solo cuando hacía algo mal o rendía poco en el entrenamiento.

—Ese hombre es un monstruo.

—Arlo, ya te dije que no tenía otra opción. Papá se fue amargando con el tiempo.

—Deja de poner excusas, Sienna. Lo que hizo es inhumano.

Ella arruga la nariz y frunce el ceño con irritación.

—Dime, ¿en qué consistía ese entrenamiento?

—Defensa personal, manejo de armas. También aprendí a enfrentarme a situaciones extremas, forzar cerraduras, cosas así. Pero, sinceramente, nunca me adapté bien a eso. Nunca quise ser una asesina ni nada parecido.

—Eso lo noté. Eres una asesina terrible.

—Lo siento, señor mafioso superpeligroso. La próxima vez intentaré no fallar.

—No habrá una próxima vez. Tuviste mucha suerte.

Ella pone los ojos en blanco.

Me inclino para coger el teléfono. Busco entre las fotos que le hice al archivo de papá.

—¿Viste alguna vez a este hombre con tu padre?

Le muestro la foto de Ernesto Munhoz en el teléfono.

Ella analiza la foto, frunciendo el ceño mientras intenta recordar.

—¿Quién es?

—¿Lo viste?

—Sí, en México. Y creo que una vez cuando ya estábamos aquí, en ese lugar donde hablan español. ¿Quién es, Arlo?

—El Sombra, un narcotraficante y líder de un cártel mexicano.

Está metido en tráfico de personas, Sienna.

Junto con tu querido padre. Pero para que te quede claro —digo, buscando el nombre de Munhoz en internet—, mira.

El amiguito de tu padre está en la lista de los más buscados de Interpol. Si lo lees bien, sabrás por qué.

Coge el teléfono y empieza a leer el artículo; se le mueve la garganta al tragar. La observo abrir la boca para decir algo, pero no lo hace. Después, sacudo la cabeza.

—Necesito hablar con papá —dice al fin.

Me levanto irritado y voy hacia el baño. Ella me sigue.

—Arlo, solo por teléfono. Una llamada nada más. ¿Qué daño puede hacer?

La ignoro porque no quiero empezar una pelea.

—Vamos a ducharnos y bajamos a cenar.

—No quiero cenar.

—He dicho: vamos a ducharnos y bajamos a cenar —digo entre dientes—. No me irrites, Sienna.

Resopla y gesticula enfadada antes de volver al dormitorio.

No me puedo creer que vaya a necesitar más para convencer a Sienna de lo que tiene justo delante de las narices.