Capítulo 13
ARLO FITZGERALD
Las preguntas persisten en mi mente. Es inútil intentar encontrar una respuesta.
Nada parece tener sentido en este juego macabro al que la vida me somete.
Quizás solo reaccionó porque estaba asustada.
Parecía asustada en ese momento, y mi forma de tratarla no ayudó.
No quería hacerle daño, solo quería respuestas.
Pero si la daga estaba envenenada, significa que lo planeó de antemano.
Joder.
Termino de ducharme, cierro la mampara y me envuelvo en la toalla. Un movimiento tan simple y que me causa tanto dolor. La chica me jodió porque la dejé. Aunque pelea bien, decidí no defenderme en el momento adecuado.
Cuando salgo de la habitación, veo a Beatrice dando instrucciones a la maldita enfermera que no me deja en paz.
—Lárgate de mi habitación —digo con brusquedad.
La enfermera me mira confundida, tratando de no mirar ninguna parte de mi cuerpo semidesnudo.
—Les hablo a las dos. Largo de mi habitación. No necesito cuidados.
—Arlo, no seas grosero —dice Beatrice con esa voz suave que me saca de quicio.
—Ya te dije que te fueras —espeto.
La enfermera sale corriendo de la habitación, pero Beatrice no.
—¿De verdad necesitas hacer esto? —insiste.
—Joder, ¿qué sigues haciendo aquí? —digo mientras voy hacia el armario.
Me sigue como una sombra mientras elijo la ropa y dejo caer la toalla.
—¿De verdad vas a quedarte ahí mirándome la polla?
—Vine a darte un mensaje de tu padre. Te espera en el despacho y está furioso.
—¿Cuándo no lo está?
—Quiere matar a Sienna, Arlo. No puedes dejar que lo haga.
Elijo un pantalón de chándal y una camiseta y me siento para vestirme. Pero con un solo brazo y un dolor punzante en las costillas, es más difícil de lo que imaginaba.
—Déjame al menos ayudarte con la camiseta —insiste.
La dejo porque no me queda otra. Quizás la enfermera sí sea necesaria después de todo.
No entiendo cómo una puñalada me dejó tan jodido.
—No vas a quebrarme, Beatrice —dejo claro.
—Después de todos estos años, ya no espero que pase. Pero al menos salva a Sienna.
Me mira con ojos tristes.
—¿Qué te importa si vive o muere?
—Me importa porque es solo una chica y sé que no es mala. Es buena chica. Algo tuvo que pasar.
—El agujero en mi vientre dice lo contrario.
—¿Estás seguro de que fue ella? Alguien pudo entrar por la ventana. Pudieron pasar tantas cosas.
Me mira más de cerca.
—La vi, Arlo. Intenté llevarle algo de comer, pero no me dejaron. La golpearon, la maltrataron, la torturaron. Estaba asustada.
Siento un nudo en el estómago y por un momento casi me convence, pero entonces el dolor me recuerda lo que hizo.
—Ahórrate tu mierda, Beatrice.
Me encojo de hombros, paso junto a ella y voy hacia la habitación. Agarro el cabestrillo y se lo doy para que me ayude. Esta mujer a la que tanto odio, pero nada de lo que he intentado ha logrado que desaparezca de mi vida.
—¿Fuiste tú quien le dio a Sienna la píldora del día después?
—¿Qué? ¡No! No sé nada de ninguna píldora. ¿Por qué iba a hacer eso?
—¿Y la daga?
—¿Daga? Arlo, no soy una asesina, soy la esposa de tu padre. Entiendo que no te caiga bien, pero esto ya es demasiado, ¿no crees? Jamás te haría daño. Tu madre…
—No hables de mi madre —advierto.
—Tu madre era una buena mujer. Eres el que más se parece a ella. Sé que harás lo correcto.
—Basta, joder —gruño, apartándola de mi camino—. No uses tu boca sucia para hablar de mi madre. Sé quién eres, Beatrice. Nuestro odio es mutuo.
—Te equivocas. Yo no comparto ese odio. Ese es tu problema.
—Mentirosa.
—No importa lo que pienses de mí, Arlo. El asunto aquí es Sienna. Tu padre quiere matarla. Es una crueldad. Estuve rezando para que despertaras. Es solo una chica.
—Está entrenada. Sabe pelear y desde luego sabe matar. Mido más de un metro noventa, y aun así me derribó. ¿Qué esperabas que hiciera después? ¿Quiénes serían los siguientes?
—Es bueno que escuches la verdad de su propia boca.
—Eso es lo que voy a hacer. ¿Dónde está papá?
—En el despacho. Te espera.
Le hago un gesto con la cabeza y salgo de la habitación. Algunos soldados pasan junto a mí saliendo del despacho de mi padre. Debe de estar encantado dando órdenes y organizando planes. Es lo que mejor se le da.
Papá está solo en el despacho, sentado tras su escritorio mientras hace girar la daga en la mano, analizando los detalles. Cuando me ve, guarda la daga en una caja sobre el escritorio tan rápido que parece que el metal le quemara.
—¿Ya no llamas a la puerta? —dice irritado.
—¿Ahora nos guardamos secretos? Pensé que éramos una gran familia feliz —digo con sarcasmo, sentándome frente a él—. Además, fuiste tú quien me dijo que viniera.
Respira hondo, exasperado. Una arruga profunda le surca la frente.
—No estoy de humor para juegos hoy, Arlo. Estoy furioso. No deberías haberme impedido hacer lo correcto: matar a esa chica.
—Nadie va a tocar a Sienna salvo yo, papá. Yo decidiré qué hacer con ella.
—Te has vuelto loco, Arlo. ¿Vas a dejar que el enemigo se quede en nuestra casa?
—Ni siquiera sabes cómo sucedieron las cosas. Ni siquiera sabes si de verdad es nuestra enemiga.
—Lo es. Ella y su familia son nuestros enemigos —explota, y se levanta del escritorio de golpe.
—¿Qué sabes tú, papá?
—No me reescribas la historia, Arlo. Esa chica es una asesina. Hay que llevarla ante el Consejo. Punto. Ya hablé con el Consejero Lafaiete, y él sugirió que acudiéramos al Consejo.
—¿Que hiciste qué?
—Vamos a llevarla ante el Consejo de la Serpe Rossa y allí decidiremos su destino.
—¿Te has vuelto loco? Esto es un asunto de familia. Nadie debería enterarse.
—¡Ella no forma parte de nuestra familia! —grita.
Papá está actuando de manera extraña. Demasiado alterado, como si este asunto fuera muy personal para él.
Me inclino sobre el escritorio y cojo la caja con la daga.
—No encontrarás nada ahí. Ya limpiamos el arma. Usaron un tipo especial de arsénico, pero ya lo eliminamos.
—¿Limpiaste las pruebas?
—¿Qué pruebas, Arlo? Es solo veneno.
—Un veneno raro que la gente corriente no usa. Ni siquiera sabía que todavía se utilizaba. ¿Cómo acabó en la daga? Esto significa que Sienna no actuó sola, y es motivo suficiente para mantenerla viva y sacarle información.
Gruñe y aprieta la mandíbula con rabia.
Examino la daga. Es una hoja antigua, con unos dibujos que parecen telarañas. Pero algo me llama la atención: en el mango, muy pequeñas, aparecen las letras «SPY» grabadas a mano, con trazo irregular.
—¿Qué significa SPY?
—¿Y yo qué sé? —dice, con un tono demasiado ofendido.
—Una razón más para enviársela a Raruk y que la investigue.
—O matar a la chica y acabar con esto de una vez.
La insistencia de papá en «acabar con esto rápidamente» me hace sospechar. Lo conozco lo suficiente como para reconocer su nerviosismo, casi un miedo que le brota de las entrañas. Papá está ocultando algo.
—Creo que es mejor que me cuentes qué está pasando, papá. Quítate ese peso de encima.
—¿De qué estás hablando, Arlo? ¿De verdad vas a dejar que esa chica te meta ideas absurdas en la cabeza? ¿Vas a ponerte en mi contra? —me mira serio, con expresión entre herida y decepcionada.
—No podemos matarla así como así. La boda ya se ha hecho pública, tendríamos que justificarlo ante el Consejo. Sabes que tenemos reglas, no somos bárbaros. Lo resolveremos internamente. Habla con Lafaiete, dile que te equivocaste, invéntate alguna historia. Se te da bien.
—¿Y la chica?
—Eso lo decido yo. Al fin y al cabo, es mi esposa. Tú mismo insististe en que me casara.
—Maldita la hora en que lo hice —refunfuña—. Debería haber investigado más sobre ella.
—Si todo fue un montaje, no habríamos encontrado nada.
Vuelvo a meter la daga en la caja y me la llevo.
—Voy a enviarle esto a Raruk. Quizá él encuentre algo.
Me levanto para marcharme, pero papá me detiene.
—Nunca deberíamos desenterrar fantasmas del pasado, hijo. Recuérdalo y escucha a tu padre mientras aún estás a tiempo.
Observo su expresión: el rostro demasiado pálido, la respiración pesada.
—¿Son esos los fantasmas que temes, papá? Todavía puedes contármelo si quieres.
Frunce más el ceño y por un instante creo que va a hablar, pero nos interrumpe mi hermano, que entra en el despacho.
—Sienna se ha despertado, Arlo.