La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 12
25%

Capítulo 12

ARLO FITZGERALD

Lucho por mantenerme despierto. El techo blanco me resulta extraño.

Mi cuerpo no responde, así que cierro los ojos y me dejo vencer por el agotamiento.

Cuando los abro de nuevo, me siento más fuerte.

Ahora el techo me resulta familiar. Estoy en mi habitación, pero sigo resistiendo las ganas de dormir.

Creo que me muevo, pero no estoy seguro. Hablo, pero no oigo nada.

Joder, estoy atrapado en mi propio cuerpo.

Las imágenes pasan por mi cabeza como una película.

Entonces veo a Sienna; está desnuda en mi cama, sus gemidos, corriéndose debajo de mí.

Y luego recuerdo cuando encontré la píldora escondida en su vestido.

Recuerdo que fui a su habitación y revolví sus cosas.

Un doble fondo en un joyero y luego una daga.

Después de eso todo se vuelve borroso. Pero recuerdo el dolor.

¿Estoy muerto? Me siento muerto.

Cierro los ojos de nuevo porque tengo los párpados demasiado pesados y la luz me molesta. Considero seriamente mantenerlos cerrados un buen rato, pero una mano fría en el brazo me llama la atención.

Retiro el brazo a la defensiva y abro los ojos del todo. Consigo moverme lo suficiente para apretar esa mano traidora.

—¡Cálmese, señor! —dice una voz femenina temblorosa.

Intento incorporarme, pero un dolor agudo en las costillas me detiene.

—Q-Quítame la mano de encima, joder —susurro.

Ahora puedo oírme.

—Vamos, puta. ¿Has venido a terminar el trabajo? —intento levantarme de nuevo.

Ahora veo el tubo transparente conectado al brazo.

—¿Qué coño es esto? Quítamelo, joder.

Intento agarrar el tubo con la otra mano, pero veo que llevo un cabestrillo, así que tiro con fuerza del brazo con el tubo. La sangre brota del punto de conexión.

—Señor, no. No puede hacer eso. —La mujer intenta detener la hemorragia con una gasa.

—¡Suéltame! Ayúdame a sentarme. Vamos. —Le agarro el uniforme para apoyarme en ella.

La mujer grita pidiendo ayuda y de repente unas manos de hombre me empujan hacia abajo.

—¡Soltadme, joder! Dejadme sentarme. ¡Soy un Fitzgerald! Voy a mataros a todos.

—Señor, cálmese —insiste la enfermera—. Sujetadlo, voy a administrarle el sedante.

—No, puta. V-Voy a matarte. —Intento apartarle la mano, pero el dolor en el vientre me corta la respiración y me impide luchar.

No puedo creer que esta puta vaya a sedarme. Joder, no quiero dormir.

—¡Eh, no! No le deis nada más. —Es la voz de mi hermano—. ¡Dejadlo! Ya se despertará. ¡Fuera!

Miro a mi hermano, que está sentado a mi lado. Gracias a Dios que es él.

Sigo mirándolo hasta que su rostro deja de verse borroso.

—¿Por qué dejaste que esa puta enfermera me sedara?

—Es enfermera. Te está cuidando.

—¿Por qué? —Me llevo la mano al vientre, donde me duele, y noto un vendaje—. Ayúdame a levantarme —insisto, y le tiendo la mano.

—Hermano, estás malherido. Deberías descansar. Esa chica te ha dejado hecho polvo.

La chica... ¡Sienna!

Empiezo a recordar los acontecimientos con más claridad. Nuestra discusión, cómo luchó como una combatiente y luego me apuñaló con una daga.

—La daga estaba envenenada.

—Lo sé, hermano. Fue lo último que dijiste antes de desmayarte. Por eso conseguimos salvarte la vida a tiempo. Te llevamos al Dr. Carter y logró combatir el veneno antes de que te matara. Arlo, estuviste inconsciente tres días.

—¿Tres días? —Lo miro incrédulo—. Sie... ¿Dónde está Sienna?

—Hermano, esa maldita puta con cara de ángel casi te mata. Debe de haberla enviado uno de nuestros enemigos. Estamos intentando averiguarlo.

—¿Dónde está? —Hablo demasiado rápido y gimo de dolor—. ¿Escapó? O... —Trago saliva—. ¿Está muerta?

—En realidad, conseguimos atraparla esa noche.

—¿Y dónde está? ¿Quién la envió?

—Hermano, es dura de pelar. A pesar de todo el interrogatorio, no suelta prenda.

—¿Está viva?

—Por ahora.

—¿Cómo que por ahora? ¿Dónde está?

—Papá va a matarla. No consiguieron sacarle nada, así que decidió que era mejor matarla.

Me obligo a sentarme en la cama y agarro el brazo de Aryan con fuerza. El dolor es intenso, pero no me va a tumbar.

—Arlo, deberías descansar un poco más.

—¿Dónde está? —insisto.

—Está en el sótano. Pero papá acaba de bajar, así que no sé si...

—Ayúdame a levantarme —digo a toda prisa, agarrándolo del cuello de la camisa.

—¿Te has vuelto loco? ¿Adónde vas?

—¡Ayúdame, joder! Necesito ir al sótano. —No puedo dejar que la maten, joder, no puedo.

—Hermano, no estás bien.

—O me ayudas o bajo solo y me mato rodando por las escaleras —digo, poniendo todas mis fuerzas en levantarme.

Me ayuda a levantarme. Ponerme de pie es aún peor. Los dolores se intensifican y me mareo. Aryan me ayuda a ponerme la parte de arriba del pijama y unas zapatillas. Estaba un poco mareado, pero mejoro a medida que camino.

—Te has vuelto loco, Arlo. Déjame bajar a hablar con papá.

—No, joder. Solo sujétame. Estoy bien.

Cuando llego a la entrada del sótano veo que esto ha sido una idea de mierda. Los tramos de escaleras solo consiguen empeorarme. Los soldados me miran desde la puerta atónitos, como si hubieran visto un fantasma.

—Señor... —dice Victor, el jefe de seguridad.

—¿Tan mal aspecto tengo? —Fuerzo una sonrisa que solo aumenta mi dolor.

—No, señor. Me alegro de que esté bien.

—¿Dónde está mi padre?

—Acaba de entrar, señor.

—De acuerdo. —Me apoyo en el hombro de Victor para adelantarlo rápidamente.

—Arlo, olvídate de esto —mi hermano intenta advertirme, pero lo ignoro.

—Abre la puerta —le digo a otro soldado que está delante. Se hace a un lado y me deja pasar.

Entro en la celda justo cuando uno de los soldados golpea a Sienna en el estómago por orden de papá. La sangre me hierve. Está atada al suelo, con un camisón manchado de sangre que no sé si es suya. El pelo le cae sobre la cara y parece inerte, casi muerta.

—¡Para! —grito mientras me acerco.

—¿Arlo? —Papá me mira incrédulo.

—¿La has matado, joder? —digo con voz ahogada. El horror se apodera de mí. No debería sentirme así. Ella intentó matarme.

—¿Qué haces aquí, hijo? —pregunta papá.

—¿La has matado? —grito. Me agacho con dificultad y le cojo la muñeca a Sienna—. Tiene pulso. ¡Llamad a un médico!

Me siento en el suelo y la atraigo hacia mis brazos.

—Arlo, ¿qué estás haciendo? —insiste papá.

—¿Ha dicho quién es o por qué intentó matarme? —exploto, demasiado furioso para contenerme delante de él.

—No. Lo hemos intentado todo, pero no suelta prenda.

—Entonces, ¿cómo pretendes matar a una chica sin saber quién es ni por qué lo hizo?

—Arlo, ella intentó matarte.

—Exactamente. Deberías averiguar por qué, no matarla a golpes. ¿Dónde coño está el médico? ¡Llamadlo ya, joder! —le grito al soldado que la estaba golpeando—. ¡Llamad al puto médico! ¡Aryan, llama al Dr. Carter! ¡Ya!

Mi hermano me mira confundido y luego mira a papá.

—Hermano, yo...

—¡Llama al puto médico de una vez!

Papá le hace una seña de asentimiento y por fin se va a llamar al médico.

Le tomo el pulso a Sienna y le aparto el pelo de la cara. Está inerte, tirada en el suelo inmundo. El lugar apesta a orina y a ratas. Tiene la cara amoratada y también cardenales por el cuerpo. Llevaban tres días seguidos pegándole.

—¡Levantadla! —le digo a uno de los soldados.

—Arlo, ¿qué estás haciendo? —pregunta papá, con el rostro dominado por la confusión.

—Salvarle la vida. Si queremos información, la necesitamos viva, ¿no?

Mi padre me observa durante unos instantes y guarda silencio.

El soldado coge a Sienna en brazos y Victor me ayuda a levantarme.

—Metedla en un coche y llevémosla al hospital.

—Hijo, entiendo que quieras mantener viva a la chica, pero es peligrosa y no sabemos para quién trabaja. Es mejor tratarla aquí —dice papá.

Tiene razón. Sacarla de aquí podría ser peor.

—Entonces traed agua, comida y ponedla en ese colchón. No podemos curarla en el suelo de este sótano inmundo.

El soldado obedece y coloca a Sienna en el colchón de la esquina de la celda. Ni siquiera hay una manta; debe de haberse helado de frío estos días.

—¡Atadla! —ordena papá.

—¿Para qué, papá? ¿Qué va a hacer medio muerta?

—Hijo, esta chica se infiltró en nuestra casa, en nuestra familia, y casi te mata. Es peligrosa.

Sé que papá tiene razón, pero aún necesito saber. Necesito saber por qué lo hizo.

—Aún no lo sabemos, papá.

—¿Qué más necesitas saber, Arlo? ¿Te has vuelto loco? ¿El veneno te ha corroído el juicio?

Recuerdo cuando me apuñaló con la daga. El horror en sus ojos, cómo decía que no quería hacerlo, cómo presionaba la herida para salvarme.

No le cuento eso a papá. Guardamos silencio mientras el Dr. Carter la examina.

Se le nota claramente incómodo. Es el médico de la familia, pero nunca ha tenido que atender a nadie en un sótano inmundo.

El Dr. Carter la examina durante casi media hora. Le pone suero y medicación.

—Está deshidratada —dice el Dr. Carter—. Y malherida. Probablemente tenga una costilla rota.

¡Maldita sea! Quiero gritar de rabia.

—¿Ni siquiera le disteis agua? —le pregunto a mi padre, furioso.

—Perdona si no se me ocurrió tratar bien a alguien que intentó matar a mi hijo.

—¿Acaso no somos todos asesinos, papá? —replico.

Papá resopla y se da la vuelta para marcharse.

—Bueno, si toma los analgésicos, come y bebe mucha agua, se recuperará —continúa el Dr. Carter—.

Pero lo que le estén haciendo tiene que parar si quieren que sobreviva.

—El Dr. Carter es el médico de la Serpe Rossa y sabe ser discreto, sobre todo porque los secretos de las familias no pueden salir a la luz. Lo castigarían y lo sabe.

—De acuerdo. Gracias, Dr. Carter. Envíeme la factura para saldarla.

—De acuerdo. ¿No quiere que lo examine?

—No, estoy bien.

Pone los ojos en blanco, disgustado, antes de marcharse.

—Arlo.

Aryan se acerca y me toca el hombro.

—¿No estás exagerando un poco? Es una asesina.

—¿Quieres que muera sin decirnos quién la envió?

—No, pero ¿es esa la razón o hay algo más?

—¿Qué otra cosa, Aryan? ¡Dime! ¿Qué otra cosa?

—Cálmate, hermano.

Levanta las manos.

—Solo creo que necesitas descansar un poco y poner las ideas en orden. Ha pasado mucho y estuviste inconsciente varios días.

—Deberíais haberme esperado. Tú y papá. No deberíais haber decidido qué hacer con mi esposa sin mi consentimiento.

—Mírate, Arlo. ¿Mi esposa? Esa chica intentó matarte.

—No quería hacerlo, ¿vale? Alguien la obligó. Quizá no lo habría hecho si no me hubiera acercado a ella así.

—¿Hablas en serio? ¿La estás defendiendo?

—No es eso. Es solo que…

Miro a Sienna tendida en ese colchón sucio. En este sótano inmundo.

—Necesitamos conocer sus motivaciones antes que nada. Y yo soy el Consejero. ¿Cómo os atrevéis a tomar una decisión sin mi consentimiento ni el del Consejo?

—Estabas casi muerto, hermano.

—Pero no morí, ¿verdad? Te equivocaste.

—Díselo a papá, no a mí. Yo solo sigo órdenes.

—Entonces escucha mi orden: nadie la toca sin mi consentimiento. ¿Está claro?

—Claro

—responde Aryan, pero puedo ver la furia en sus ojos.

—Su tío, ¿lo encontrasteis? Debe de tener algo que ver con esto.

—Se esfumó como agua en el desierto. La casa donde vivía estaba vacía. No encontramos nada.

—Por supuesto que está involucrado en esto. ¿Dónde está la daga que usó?

—Papá la guardó.

—¿No la hicisteis examinar?

—Dijo que no era necesario.

—¿Cómo que no era necesario? Envíala a Raruk para que la examine. Debería encontrar algo.

—De acuerdo.

Aryan se marcha y me quedo mirando a Sienna. Tan frágil, tan herida. Siento un dolor extraño en el pecho. No debería sentir esto: compasión por alguien que intentó matarme. Pero es algo involuntario, como una reacción natural del cuerpo.

—¿Por qué hiciste esto, Sienna? ¿Por qué?