La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

SIENNA FITZGERALD

Me revuelvo en la cama. Tengo la mente inquieta, como si acabara de despertar de una pesadilla. No sé cuánto tiempo dormí, pero cuando abro los ojos, la habitación está a oscuras, apenas iluminada por un hilo de luz de la lámpara junto a la cama.

Tanteo las sábanas suaves, pero Arlo no está.

—¡Mierda! —exclamo, y me incorporo tan deprisa que me mareo.

—¿Algún problema, Sienna? —la voz de Arlo me sobresalta. Está sentado en un sillón frente a la cama. En la oscuridad, solo distingo su silueta.

—¿Qué haces ahí a oscuras? —pregunto, intentando que no me tiemble la voz.

Bajo los pies de la cama para levantarme. Me duele todo el cuerpo, sobre todo entre las piernas. Estoy desnuda y necesito ponerme algo.

Arlo juguetea con un mando luminoso y la luz del dormitorio se enciende. Lleva pantalones de chándal y su expresión es inquietante. Parece más sombrío que nunca.

Me agacho para recoger el camisón que creía en el suelo, pero está sobre la cama. Entonces me doy cuenta de que el vestido rasgado ha desaparecido, y mis maletas están en la habitación, abiertas y revueltas. El joyero donde guardaba la daga está tirado en el suelo.

Mierda.

Lo sabe.

Intento trazar un plan. Primer paso: vestirme.

Apenas puedo respirar mientras recojo el camisón y me lo pongo como puedo. Miro a Arlo, que me fulmina con la mirada. Entonces veo lo que tiene en la mano: las pastillas que me dio Luke. ¿Y la daga? ¿Dónde está la daga?

—A-Arlo... Puedo explicarlo —tartamudeo mientras retrocedo un paso. Él se levanta y avanza hacia mí. Me subo a la cama y me arrastro hasta el otro extremo.

—¿Qué vas a explicar, Sienna? —su voz es tan suave que da miedo.

Miro las pastillas que aprieta en la mano derecha; las deja caer al suelo y se acerca, inclinándose sobre la cama.

—¿Vas a empezar por la pastilla, Sienna? ¿O por la daga que escondías en la maleta?

—¿Dónde está?

—Aquí no eres tú quien hace las malditas preguntas. Tú las respondes —dice entre dientes. Arlo intenta controlarse, pero eso solo lo hace más aterrador.

Cierra los ojos y respira hondo; se le tensa la mandíbula al apretar los dientes.

—Odio las mentiras, Sienna. Será mejor que empieces a hablar, o tendré que hacerte hablar.

—¿Y cómo piensas hacerlo, Arlo? ¿Con violencia?

—Espero no tener que llegar a eso. ¿Quién te dio la pastilla?

—Nadie. ¿Y a ti qué te importa? Es solo una pastilla.

—La pastilla del día después, querrás decir.

Ibas a tomarla para no quedarte embarazada.

Lo cual es jodidamente estúpido, porque solo tienes para un día.

¿Y el resto de días que te follé? ¿Qué ibas a hacer?

¿O pensabas usar la maldita daga de tu maleta para matarme?

—estalla, con la furia apenas contenida en cada palabra.

Apoya las manos en la cama y yo salto al otro lado, poniendo el colchón entre nosotros.

Miro alrededor y veo la daga sobre la mesa, al otro lado de la habitación. Aunque corra, no llegaré antes de que me atrape.

—A-Arlo, puedo explicarlo.

—Empieza.

—¿Qué esperabas? Estoy en una casa desconocida, no conozco a nadie. Solo quería protegerme.

Me dedica una sonrisa cínica.

—El problema no es que tengas una daga, sino cómo conseguiste pasarla por seguridad escondida en un joyero. La seguridad aquí no es ninguna broma, así que alguien te ayudó. ¿Quién fue?

—Te equivocas.

—¡Mentirosa! —grita. Agarra la mesita de noche y la lanza por los aires, con lámpara y todo—. No me mientas, joder —y ahí está: el hombre capaz de matarme en cualquier momento.

¿Cómo pude equivocarme tanto?

Respiro hondo, intentando evaluar los daños. Necesito llegar a la daga; es mi única oportunidad.

—No sabes nada, Arlo.

—Dímelo, joder. ¡Vamos! ¿Por qué estás aquí?

¿Te envió tu tío? Claro que sí —suelta una carcajada siniestra—.

Te dio la pastilla en la iglesia y metió la maldita daga en tu maleta antes de que vinieras.

Dios mío, qué imbécil fui. ¿Los moretones también eran falsos para darme pena?

¿Por qué, Sienna? ¡Habla! —sigue gritando.

A estas alturas habrá despertado a toda la casa.

Salta sobre la cama tan rápido que apenas tengo tiempo de reaccionar. Me agarra del cuello y me estampa contra la pared. Le asesto un puñetazo en las costillas y me giro para zafarme. Gruñe y consigue agarrarme del pelo, pero le lanzo un talonazo a la pierna.

—Joder. ¿Así que sabes pelear de verdad, puta?

Le lanzo varios golpes e intento darle un rodillazo en la entrepierna. No ataca, solo se defiende. Y aunque estoy entrenada, él también lo está, y me dobla en tamaño.

Me lanza sobre la cama y ruedo hasta caer al suelo con un golpe seco. Me arrastro hacia la mesa, pero me agarra del pelo otra vez.

—¡Puta! —gruñe.

Le barro las piernas y cae de espaldas. Me levanto y corro hacia la mesa donde está la daga, pero me alcanza y me derriba. Agarro la mesa y la vuelco sobre nosotros mientras forcejeamos.

—Para, Sienna. ¡Joder, para!

Intenta inmovilizarme en el suelo, con su pierna entre las mías. Pero lucho, me retuerzo hasta que veo la daga a mi lado y la agarro con un movimiento rápido. No lo pienso dos veces: se la clavo en el costado, entre las costillas.

—¿Qué coño...? ¿Por qué has...? —Mira la daga clavada en su costilla y se la arranca de un tirón. La sangre brota a borbotones. El dolor punzante lo hace doblarse y caer hacia atrás—. ¿Por qué has hecho esto, joder?

Me mira. El horror en sus ojos. Y entonces me doy cuenta de lo que he hecho.

—¡Dios mío! —exclamo mientras voy hacia él, me arrojo sobre su cuerpo e intento presionar la herida—. Dios mío, Arlo. Y-yo no quería. Te lo juro. No quería...

Las lágrimas me nublan la vista.

Sus pupilas se dilatan, los ojos se le vuelven negros. Se está muriendo, joder, se está muriendo.

—La daga está envenenada —digo, pero no sé si me oye. Sus ojos se cierran y entonces comprendo lo que he hecho. Sin quererlo, he cumplido la misión de mi padre. He matado a Arlo Fitzgerald.

Me levanto y salgo de la habitación corriendo por el pasillo.

Oigo movimiento detrás de mí; la casa ya está despierta.

En cuanto bajo las escaleras, veo un grupo de soldados que entran por la puerta principal.

Me escondo en las sombras, detrás de un pilar.

Las luces se encienden en toda la casa y corro hacia la puerta más cercana.

Es la cocina; una criada sale de una pequeña habitación. Grita al verme.

—Shhh. —Le hago señas para que se calle. Mira mi ropa manchada de sangre, grita más fuerte y sale corriendo hacia su habitación. Joder, su grito va a alertar a todos.

Con cuidado, pruebo las puertas hasta que encuentro una que da al exterior. Corro; el aire frío de la noche me golpea la piel mientras me dirijo hacia unos arbustos. Mi tío dijo que alguien me ayudaría, pero no veo a nadie. Solo soldados que se mueven cerca. Demasiado cerca.

Entonces una mano de hombre me arrastra hacia uno de los arbustos. Grito y forcejeo para liberarme.

—Shhh. Señorita Sienna. He venido a ayudarla —me dice al oído.

Me calmo y respiro hondo. Miro el rostro del hombre, pero no consigo verlo bien por la oscuridad; aun así, sé que es uno de los soldados de Arlo.

—¡Por aquí! —grita uno de los hombres, demasiado cerca. Oigo pasos que se acercan.

Miro al hombre que dijo que me ayudaría.

Respira con dificultad mientras busca desesperadamente una alternativa.

Pero no la hay; los hombres ya están aquí.

Veo las luces de las linternas, oigo los ruidos demasiado cerca.

El hombre que iba a ayudarme me agarra del brazo, me da la vuelta y me pone una pistola en la cabeza mientras grita:

—¡Está aquí!

¡Maldito traidor!

Como en una película, me veo rodeada de hombres corpulentos y armados que me obligan a arrodillarme. El batallón lo lidera el hermano menor de Arlo, Aryan, que me mira con furia y me cruza la cara de una bofetada.

—Has matado a mi hermano, puta. Ahora voy a matarte con mis propias manos.