La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

SIENNA FITZGERALD

No sé cuántos días llevo en este maldito sótano.

Todo se siente como una pesadilla entre el sueño y la vigilia, mientras intento controlar el dolor que siento en cada célula de mi cuerpo.

Me golpearon, me ataron y me dejaron sin comida.

En algún momento me trajeron agua sucia, apenas lo suficiente para mojarme la cara y los labios, para mantenerme con fuerzas de cara a la siguiente sesión de tortura.

El peor de todos es Gerald Fitzgerald, el padre. Él no me tocó, pero dio instrucciones muy claras a sus soldados para que lo hicieran ellos. Vi el placer en sus ojos, la furia. Cuando le escupí y lo llamé asesino, sonrió, como si disfrutara de mi desesperación.

Lo odio, y si tengo la oportunidad, le daré el mismo destino que a Arlo.

Arlo… Lo maté. Incluso ahora no sé por qué lo hice. Actué por impulso, no quería hacerlo. Estoy segura de que él era la pieza equivocada en este rompecabezas y lo maté para nada.

En algún momento, escuché la voz de Arlo cuando estaba tirada en el suelo, a punto de ser asesinada por los matones de los Fitzgerald. Estaba tan débil que no pude abrir los ojos para confirmar lo que oía. Quizá me estaba volviendo loca.

Cuando desperté, estaba tumbada en un colchón.

Tan sucio como el suelo, pero al menos era un colchón y no una cadena colgando del techo.

Tenía una bolsa de suero casi vacía conectada al brazo.

Un guardia me trajo un cuenco de sopa y una botella de agua.

No era agua sucia, sino limpia y embotellada.

Era más de lo que había tenido en los últimos días.

Tanto que hasta me da miedo que pueda estar envenenada.

Qué ironía. Maté a su jefe con veneno y ahora van a alimentarme con veneno.

Estoy acostumbrada a lidiar con situaciones extremas; al fin y al cabo, el entrenamiento de papá me preparó para esto. De lo contrario, ya estaría muerta. Que te golpeen hombres corpulentos y furiosos no es algo que se sobreviva fácilmente.

Me como la sopa, bebo el agua y vuelvo a tumbarme en el colchón sucio. Mi cuerpo clama por un poco de paz. Estoy tan cansada que preferiría que me mataran, pero ahora me alimentan, lo que significa que me quieren fuerte para torturarme un poco más.

Cuando estoy a punto de rendirme al sueño, la puerta del sótano se abre de nuevo. Aryan Fitzgerald entra y me lanza una mirada dura, con la boca apretada en una línea fina y los ojos azul oscuro llenos de furia. Se asegura de dejar claro con la mirada cuánto me desprecia.

—¿Tu padre te envió a terminar lo que empezó? —digo, tratando de mantenerme firme—. ¿O quizá un poco más de tortura? Si es así, mejor mátame, porque ya dije que no hablaré.

—No seré yo quien lo termine, maldita putita. Pero he venido a darte una nueva oportunidad de hablar. ¿Quién te envió a matar a mi hermano? ¿Tu tío? ¿Dónde está? ¿Quién eres?

—Tranquilo. Son muchas preguntas. Prueba de una en una.

—¿Quién te envió?

—Pregunta equivocada.

Se pasa las manos por el pelo, furioso. Aprieta la mandíbula mientras se inclina hacia mi cara.

—¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué intentar matar a mi hermano en tu noche de bodas?

¿Intentar? ¿Por qué habla como si no lo hubiera conseguido?

—No me gustó el sexo. No cumplió mis expectativas. —Fuerzo una sonrisa cínica. Una máscara para el miedo que siento. Pero nunca sabrán lo que siento.

—¡Puta! —Me agarra la barbilla y la aprieta. No reacciono mientras me aprieta la mandíbula con rabia.

—¿Por qué no me matas de una vez? Tu hermano ya está muerto. ¿Por qué mantenerme aquí?

Esboza una sonrisa macabra. Sus rasgos son muy similares a los de Arlo, pero me asusta un poco más, igual que su padre.

—Ya verás, puta. —Me empuja la barbilla y mi cabeza golpea la pared. Pero ¿qué es un moretón más? Todo mi cuerpo ya está hecho pedazos.

Se da la vuelta para irse, pero lo detengo.

—¿Aryan? Tú eres el hermano malo, ¿verdad? La oveja negra de la familia —lo provoco.

Me dedica una sonrisa maquiavélica que le ilumina los ojos.

—Por suerte para ti, no, puta.

Cuando se va, puedo respirar. Las lágrimas me nublan la vista.

Ha sido difícil contenerlas y no veo ninguna salida en el horizonte.

Cuanto más tiempo pasa, más segura estoy de que es imposible escapar de aquí.

El lugar es caluroso, sofocante y completamente cerrado.

Solo hay una ventana sobre mi cabeza con barrotes, exactamente como en una mazmorra.

El olor rancio a orina y sangre indica que no seré la primera en morir aquí. Dios sabe cuántos hombres fueron torturados y murieron en este lugar. Ahora me toca a mí.

Me tumbo en el colchón y me abrazo el cuerpo, dejando que las lágrimas fluyan.

Recuerdo los últimos acontecimientos con Arlo y lo que hice.

Recuerdo nuestra noche, lo atento y preocupado que fue, a su manera.

Recuerdo cómo me protegió, cómo me salvó de las garras de mi tío, y lo que viene después es el peor sentimiento que podría sentir: culpa. Culpa por no haberlo escuchado antes.

Pensar que Arlo Fitzgerald fue la única persona que, en todos estos años, hizo algo que pudiera salvarme. Eso me estaba consumiendo por dentro.

Vago de nuevo entre el sueño, el miedo y las pesadillas. Estoy a punto de dormirme cuando oigo que arrastran una silla a mi lado. Salto asustada, ya preparada para el ataque, cuando veo esos ojos azules furiosos que me resultan familiares. Mierda.

¿Arlo?

No puede ser.

Me froto los ojos, luego los aprieto. Sigo pensando que me estoy volviendo loca cuando me doy cuenta de la realidad: ¡el cabrón está vivo!

Se inclina sobre la silla hasta acercar su cara a la mía. El pelo mojado, el brazo en cabestrillo y el olor peculiar de su jabón. Su presencia es tan aterradora que ni siquiera puedo moverme.

—¿Ahora vas a decirme por qué coño intentaste matarme, Sienna? —dice con furia apenas contenida.

Respiro hondo, intentando ordenar mis sentimientos. ¿Estoy triste, feliz, asustada? No sé cómo descifrar lo que siento.

Vuelvo a ponerme la máscara de valentía. No verá mi debilidad.

—Joder. Si hubiera sabido que tienes nueve vidas como un puto gato, te habría clavado la daga seis veces más.

—¡Zorra de mierda! —Me agarra del cuello con fuerza.

Me retuerzo, empujando con las piernas para liberarme de su agarre. Se detiene. Puedo ver el dolor en su expresión, el esfuerzo que hace por sujetarme. Estoy débil, pero él también. Ruedo hacia la pared, tosiendo mientras intento llenar los pulmones de aire.

—C-Creo que… hice un buen trabajo contigo.

Se levanta, agarra la silla con fuerza y la estrella contra la pared.

—¿Por qué, Sienna? ¿Por qué hiciste esto? ¿Qué te hice?

—Piénsalo bien, Arlo. Has cometido muchos crímenes en tu vida.

—¡Ni siquiera te conozco, zorra! Ni siquiera recordaría si te hubiera follado antes de esto. Estás completamente loca. Habla, ¿quién te envió?

—Eso no va a funcionar, Arlo. Tu familia ya intentó hacerme hablar usando a esos miserables matones. No voy a hablar.

—Entonces no me queda más remedio que matarte, Sienna. ¿Es eso lo que quieres?

—¿De verdad crees que me importa? Tú y tu familia ya me habéis quitado la vida. Sois asesinos, matáis a la gente y luego fingís no recordar.

—¿A quién? ¿A quién matamos? ¿Por qué todo este odio? Habla de una vez —explota, gesticulando en el aire.

Parece desquiciado, herido. Yo le hice esto. Le hice daño. Y, increíblemente, no me produce el placer que pensé que me daría.

—Soy un idiota. Parecías tan joven, tan inocente. Pensé que estaba haciendo algo bueno al alejarte de tu tío, no que ibas a apuñalarme con una daga envenenada con arsénico.

—¿Arsénico? ¿Qué es eso?

—No te hagas la tonta, Sienna. ¿Dónde lo conseguiste? Alguien tiene que haberte ayudado. ¿Tu tío? Pero ¿por qué?

—Deberías preguntarle a tu padre. Quizá él lo sepa.

Tiene los ojos clavados en mí. Con la mandíbula tensa de rabia, parece estar pensando. Va hacia la silla, la coloca en su sitio y se sienta frente a mí de nuevo. Su expresión cambia; ahora parece derrotado.

—Está bien. Tienes una oportunidad, Sienna. ¿Qué te hizo mi padre? Vamos, dímelo.

—¿Crees que soy idiota? ¿Que voy a creerte? Lo que quieres es sacarme información.

Esboza una sonrisa amarga.

—No creo que seas idiota, pero te subestimé de verdad. Me engañaste con tu numerito de chica inocente. Herida. ¿De verdad eras virgen o lo fingiste?

Lo miro furiosa y herida a la vez por sus insinuaciones.

—¿Qué tal si hablamos de cómo te desesperaste cuando te herí e intentaste salvarme? ¿Por qué, Sienna? ¿Por qué te importó?

Aparto la mirada, intentando controlar mis emociones. Se inclina y me sujeta la barbilla de nuevo.

—Mírame a los ojos. No puedes fingir. Eres demasiado transparente. Demasiado impulsiva. Desde el principio dejaste claro que me odiabas.

—Te odio —digo entre dientes.

—Lo sé. Pero también sé que de alguna manera te están obligando a hacer esto. Tienes dudas, tu corazón está dividido.

—No sabes nada, Arlo Fitzgerald. Eres un estúpido.

—Entonces habla. Aunque tengo todas las razones del mundo para matarte, sigues viva, ¿no? Te estoy dando una oportunidad, Sienna. Es tu única oportunidad. ¿Cómo piensas salir de aquí con vida?

—Puedes matarme si quieres.

—Eso es lo de menos. Incluso sería un alivio. Pero ¿y lo demás? ¿La gente que estás protegiendo? ¿Y tu tío? Voy a dar con él y voy a matar a todos y cada uno de los que estén con él. ¿A quién más tienes? ¿Madre, hermana, padre?

—¡Cabrón! —Lo empujo con fuerza y le golpeo el pecho.

Grita e intenta sujetarme las muñecas. Sus hombres aparecen en segundos. Me sujetan y me obligan a arrodillarme.

—Los matasteis. ¡A mi madre, a mi hermana! Tú y tu maldita familia las matasteis. Merecéis morir y lo haré en cuanto tenga la oportunidad. ¡Soltadme! —grito, retorciéndome hasta que me inmovilizan en el suelo—. Asesinos. Todos sois asesinos.

—Atadla, pero no le hagáis daño —dice Arlo a uno de sus soldados, que usa una cuerda para atarme las manos a la espalda.

—¡Soltadme! ¡Cabrones! —Lucho, aunque sé que no tengo ninguna oportunidad.

—¿No sería mejor sedarla? Está muy alterada.

—¡No, joder! ¿No me has oído? Si no puedes controlar a una cría, ¿cómo coño haces este trabajo? Contrólala, pero sin hacerle daño.

—Sí, señor.

Mentiroso. Finge ser un buen hombre que no quiere hacerme daño, solo para sacarme información. Pero no voy a creerle. Nunca más.

Los hombres me tumban sobre el colchón. Estoy atada, pero aun así me retuerzo. Arlo se acerca; siento su aliento en el cuello.

—¿Quién mató a tu madre y a tu hermana? ¿Mi padre?

Joder, he dicho demasiado. ¿Podrán llegar hasta mi padre con esto?

—Pregúntaselo a él. Bueno, si no fuiste tú y estás fingiendo que no lo sabes.

—¿Cómo se llamaban, Sienna?

—¡Vete a la mierda!

Me agarra del pelo y me gira para que lo mire.

—¿Cómo. Se. Llamaban?

¿Cómo se llamaba mi hermana? Mierda, no me acuerdo.

—¿Cómo se llama, Sienna? Vamos.

Me tira del pelo con más fuerza.

—¿El nombre de tu madre?

—Elena.

—¿El de tu hermana, joder?

—No lo sé, joder.

Me suelta y me empuja la cara contra el colchón sucio. Quiero llorar, gritar que me mate de una vez.

Mierda, no recuerdo el nombre de mi hermana. Yo era tan pequeña, joder, no me acuerdo.