Capítulo 8
SIENNA ROSEWOOD
Cuando me vi con un vestido de novia esa mañana, supe que había llegado el momento y que no había vuelta atrás. Aunque no pudiera cumplir mi misión, quedaría atrapada para siempre en esa familia, junto a un hombre al que no amaba. En casa de mis enemigos.
Recibí la visita de una criada que me aconsejó empezar a obedecer las órdenes de Arlo.
También vino una empleada que me ayudó con el pelo y el maquillaje.
Beatrice estuvo a mi lado en todo momento, sin dejarme espacio para pensar.
La daga seguía en mi maleta. No podía simplemente ceñírmela a la cintura y salir corriendo a casa.
Era una misión fallida que nunca había tenido posibilidades reales de éxito.
Mi padre no lo había pensado bien, no me había dado instrucciones; simplemente me había arrojado a la guarida de las serpientes. Era como si quisiera esto.
No, mi padre nunca haría eso. Me quería, a pesar de cómo me había criado.
Gerald Fitzgerald, el padre de Arlo, me hizo una breve visita. Pronunció unas pocas palabras y me dio la bienvenida a la familia. Maldito asesino. Me pregunté si habría sido él quien mató a mi madre y a mi hermana. Todos aquí tenían las manos manchadas de su sangre.
—¿Cariño? —dijo Beatrice, tendiéndome la capa roja.
—¿Para qué es esto?
—Es una tradición. Tienes que llevarla sobre el vestido.
Otra ridícula tradición de mafiosos. Tenían una fijación con el rojo y las serpientes. Toda la casa estaba llena de serpientes y espadas, en esculturas o en cuadros colgados de las paredes.
—Vas a casarte con el Consejero de la Serpe Rossa.
—¿Qué significa eso?
—Es el cargo más alto dentro de la Serpe Rossa. El papel de una esposa es muy importante. Lo entenderás pronto.
Me encogí de hombros y me di la vuelta para que me ajustara la capa. No me interesaba entender nada. No pensaba quedarme aquí el tiempo suficiente para eso.
—Estás preciosa —dijo Beatrice, sonriendo.
Era la única en esta casa que no despertaba odio en mí.
Era una mujer amable, con una sonrisa cariñosa y el pelo negro como el mío.
Incluso su rostro me resultaba extrañamente familiar.
Y su voz también. Pero sus ojos eran verdosos y grandes, no negros como los míos.
No hablaba mucho de sí misma, pero yo sabía que no tenía hijos con Gerald; todos eran de él con su difunta esposa.
Arlo odiaba a Beatrice, lo que decía más de él que de ella, porque el único hostil aquí era él.
Uno de los guardaespaldas llamó a la puerta y entró. Beatrice asintió con la cabeza y luego me miró.
—Tienes que irte.
—¿No vienes?
—No, cariño. Hoy solo habrá hombres.
—¿Otra tradición de la Serpe Rossa?
—En realidad, fue petición de Arlo —dijo con tono abatido.
Maldito arrogante. ¿Qué le habría costado dejarla venir?
Sentí un sabor amargo en la boca y tuve que hacer un enorme esfuerzo para no vomitar. Temblaba mientras me escoltaban por el pasillo. Aproveché para mirar a mi alrededor, memorizar cada detalle y quizás idear un plan de fuga.
Frente a la casa había un batallón de coches.
Me hicieron subir al mismo Rolls Royce en el que me habían traído.
Esperé hasta que Arlo entró y se sentó a mi lado.
Su traje negro quedaba oculto bajo la capa roja, similar a la mía.
Pero la suya llevaba un escudo en la solapa.
Era más hermosa e irradiaba poder. No pude evitar reconocer que el rojo le sentaba bien.
—¿Qué sois, los comisarios de la muerte?
Frunció el ceño, confundido.
—Creo que has visto demasiadas películas, Sienna. Somos más bien mafiosos disfrazados de hombres de ley. Lo entenderás todo pronto y conocerás mejor las reglas.
Se equivocaba. Nunca había visto películas, salvo la película de terror que era mi propia vida.
Intenté memorizar la ruta. A la luz del día, podía ver mejor dónde estábamos.
Era una propiedad aislada y me pareció ver algunas cámaras en los árboles a lo largo del camino.
Tardamos unos cuarenta minutos en llegar al lugar donde Luke me había traído la otra vez, donde había conocido a Arlo.
Visto desde fuera, ni siquiera parecía la sede de una organización mafiosa.
Con la capilla lateral, el lugar parecía más bien un convento.
Los edificios eran antiguos, de ladrillo viejo, y las ventanas eran de vidrieras rojas, pero las serpientes doradas colgaban como gárgolas frente al edificio contiguo a la capilla. No parecían preocuparse por ocultar quiénes eran y dejaban rastros de riqueza por todas partes.
Nos dirigimos a la capilla. Arlo me sujetó la muñeca con gesto posesivo mientras nos guiaba hacia la entrada. Los que habían llegado antes que nosotros entraron, pero Arlo se detuvo cuando vimos a Luke esperando para entrar.
Luke me miró de reojo y se me encogió el estómago. Siempre me provocaba esa reacción: náuseas, asco, un miedo visceral.
—¿Qué haces aquí, Luke? —gruñó Arlo, y se puso delante de mí.
—¿Esperabas que no viniera a la boda de mi propia sobrina?
—¿Quién coño te lo dijo?
—Llamé a tu padre y me lo contó. Pero no entiendo por qué no me avisaron.
—Hablaré contigo después de la ceremonia. Intenta no huir hasta entonces.
—Yo nunca huyo, Arlo. Y menos ahora que vamos a ser parientes —sonrió y se dio la vuelta para entrar en la capilla.
Arlo me apretó la muñeca sin darse cuenta mientras se pasaba la mano por el pelo.
Tenía la expresión tensa cuando se volvió hacia mí.
Sus ojos azules se habían oscurecido. Abrió la boca para decir algo, pero guardó silencio.
Con un simple «vamos», me agarró la mano con firmeza y entramos en la capilla.
Sus dedos fríos me presionaban la piel. Noté un ligero temblor en su contacto, aunque él intentaba disimularlo.
Mientras cruzábamos la capilla casi vacía, el sonido de nuestros pasos resonaba, amortiguado por la austeridad de las paredes.
Solo estaban el padre de Arlo, su tío y un hombre más joven que se parecía a todos ellos.
Mi tío estaba sentado en un rincón apartado.
También había un hombre con capa roja junto al altar y otro de pie frente al altar con capa negra, pero no parecía un sacerdote ni ningún líder religioso, solo un hombre con un libro de registro en las manos.
Los ojos de su padre y su tío nos siguieron impasibles.
El más joven, que debía de ser su hermano, mantenía una postura erguida, pero en su mirada se adivinaba un destello de curiosidad teñido de desaprobación.
Mi tío, aislado en un rincón, parecía perdido en sus pensamientos, distante, como si deseara estar en cualquier otro lugar.
El hombre de la capa roja se apartó lentamente, abriéndonos paso para que Arlo y yo nos situáramos frente al altar.
El de la capa negra, con el libro en las manos, nos observó un instante antes de hablar con voz profunda y neutra.
No era sacerdote. No hubo bendiciones ni votos sagrados, solo un ritual que parecía mucho más antiguo y estricto que cualquier ceremonia que yo conociera.
Me preguntó si estaba allí por voluntad propia. Sonreí para mis adentros mientras juraba lealtad a mi marido y a una organización que ni siquiera conocía.
Arlo sacó un anillo del bolsillo: una piedra roja engastada con pequeños diamantes a los lados.
Junto a ella había una alianza de oro más pequeña y otra similar pero más grande.
El rubí centelleaba bajo la tenue luz del lugar, claro símbolo de su posesión.
Me tomó la mano izquierda y deslizó primero la alianza y luego el anillo de rubí, con sus ojos azules clavados en los míos, intensos y cargados de expectativa silenciosa.
Luego tomó su anillo, un simple aro dorado, y se lo colocó en el dedo. El gesto tenía una simplicidad casi cruel. Era como si, a diferencia del anillo que me había dado a mí, su alianza no significara gran cosa: un mero símbolo vacío.
El hombre de la capa negra era juez de paz.
Siguió hablando, pero sus palabras se volvieron un murmullo confuso en cuanto comprendí lo que debía hacer a continuación.
La tradición exigía que me arrodillara y tocara los pies de Arlo en señal de reverencia.
Mi cuerpo titubeó. El orgullo y la indignación batallaban contra la obligación.
Transcurrió un instante, el suficiente para que Arlo me apretara la muñeca de nuevo, esta vez con más fuerza.
Sus ojos, ahora aún más oscuros, me advirtieron que no cabía desafío alguno.
Respiré hondo y, con el corazón encogido, me arrodillé ante él.
La textura fría de sus zapatos contrastaba con el calor que me subía al rostro.
Las manos me temblaron ligeramente al tocarle los pies.
Era un gesto de sumisión, pero en mi interior ardía un fuego que no se extinguía, una llama de resistencia que, aunque sofocada, seguía viva.
Odiaba a aquel hombre y pensaba matarlo esa misma noche, costara lo que costara.
Arlo me hizo incorporarme con un movimiento firme pero veloz, como si él también quisiera acabar cuanto antes.
Cuando nuestras miradas volvieron a cruzarse, vi un destello de algo que no supe definir.
Con el ritual concluido, el hombre de la capa negra cerró el libro con un golpe seco y la ceremonia, con toda su solemnidad, llegó a su fin.
Arlo no me besó. Todo fue frío, seco y cruel. Tan silencioso como él lo había sido desde que lo conocí. Nos condujeron a firmar los papeles del matrimonio ante el juez de paz. Los repasé deprisa, intentando entender qué estaba firmando.
—No pensarías que la boda iba a ser falsa, ¿verdad? Esto es un documento legal. Estamos casados también ante el Estado —susurró casi en mi oído mientras terminaba de estampar su rúbrica—. Firma —exigió, tendiéndome el bolígrafo.
¿Qué otra opción tenía? Firmé, aunque en mi cabeza ya tenía mejores planes para aquel bolígrafo dorado.
Ahora lo odiaba un poco más. Pero algo en mi interior sabía que aquella unión era solo el comienzo de un largo y peligroso camino, y que necesitaba fuerzas para lo que estaba por venir.
Apenas había asimilado la idea de la boda cuando nos vimos rodeados por los presentes en la capilla.
Nos felicitaron. El hombre de la capa roja era el Consejero Kingsley y parecía alguien importante en la organización.
Él también nos dio la enhorabuena, como los demás.
Pero todo resultaba mecánico, carente de alegría genuina.
—Bienvenida a la familia, cuñada —dijo el más joven, que tenía los mismos ojos que Arlo. Padre, hijos y tío se parecían mucho entre sí, todos con esa misma tonalidad de ojos azules.
—Gracias.
Vi a Luke escabullirse hacia una puerta en el interior de la capilla justo cuando Arlo estaba entretenido con Kingsley.
Me hizo una señal y me alejé poco a poco, saliendo del campo de visión de Arlo y su familia.
En cuanto me acerqué a la puerta, alguien tiró de mí hacia dentro.
Solté un gruñido y perdí el equilibrio. Era una especie de almacén o trastero.
—¿Qué haces? —le gruñí a Luke.
—Shhh. No hables, solo escucha. Tienes que hacerlo hoy, Sienna. Espera a que se duerma y cumple la misión. Sé rápida y sigilosa, no hagas ruido. Después sal al jardín sin que te vean. Alguien te estará esperando para sacarte de allí.
—¿Qué? ¿Quién me estará esperando?
—No hagas preguntas —sacó algo del bolsillo y me lo puso en la mano. Era un sobre con dos pastillas—. Si te toca, si te folla, tómate las dos pastillas justo después, ¿entendido?
—¿Qué es esto?
—Evitará que te quedes embarazada de ese monstruo. No querrás un hijo suyo, ¿verdad?
—No, pero…
—Sienna, por el amor de Dios, escúchame. ¿Me prometes que harás lo que te he dicho? Hazlo y te juro que te sacaré de allí. Esconde esto.
Me guardé las pastillas en el sujetador. La respiración se me volvió pesada y el corazón me martilleaba en los oídos.
—Luke, ¿quién mató a mi madre y a mi hermana?
—¿Qué? ¿De qué me hablas ahora, Sienna?
—¿Cuál de ellos? ¿Quién mató a mi madre y a mi hermana?
Luke me miró confundido mientras se tiraba del pelo con nerviosismo. Oí un ruido fuera; entonces me hizo girar y me empujó hacia la puerta.
—Tienes que irte, Sienna. Ahora.
Estaba a punto de decir que no me iría sin que me respondiera cuando la puerta se abrió y apareció Arlo. Se me cortó la respiración. Sus ojos se clavaron en los míos, ardientes, pero enseguida se volvieron hacia Luke. Su furia era casi palpable.
—Ve al coche, Sienna —dijo con voz casi demoníaca—. ¡Ahora! —ni siquiera me miró, se limitó a ladrar la orden, y obedecí, dejando a mi tío allí con Arlo. No sabía qué iba a pasar, pero fuera lo que fuese, acabaría muy mal para mi tío.