Capítulo 7
ARLO FITZGERALD
Un torbellino de sentimientos me ardía en el pecho.
Rabia, furia, deseo de venganza y compasión.
La situación era peor de lo que había imaginado.
Su cuerpo estaba cubierto de moretones antiguos, señal de una vida de sufrimiento.
Iba a matar a Luke Rosewood y nadie me lo iba a impedir.
Le llegaría su momento, sin importar lo que significara para Sienna.
Pero primero necesitaba hacerla hablar, ganarme su confianza.
Mi hermano menor, Aryan, carraspeó a mi lado. Hoy no era buena compañía. Estaba completamente distraído y pensativo.
—Hay algo que no entiendo de todo esto —dijo con calma—. ¿Por qué te importa si la chica fue golpeada o no? Sea lo que sea, ya pasó. No tiene sentido darle más vueltas, Arlo.
Puede que mi hermano tuviera razón, pero me daba igual ser racional. Quería la cabeza de Rosewood. Pero esperaría hasta escuchar toda la historia de boca de Sienna.
—A menos que la chica te haya gustado tanto que hasta quieras matar por ella.
—No seas tonto, Aryan. Sabes que casarme era lo último que quería. Pero defendemos a los nuestros, y ahora Sienna es parte de la familia.
—Y su tío es parte de su familia. ¿Has pensado en lo que pensará Sienna de que quieras vengarte de su tío por pegarle? Para ella es como un padre, Arlo. Él la crió.
—Hablas igual que papá. Cada día te pareces más a él.
—Vamos, piensa. El tipo es su tío. No creo que ella quiera que hagas nada contra él.
—No lo sé. Ella lo defiende, pero sé que hay algo más. ¿Sabes esa sensación extraña de que algo no cuadra? No me la puedo quitar de la cabeza.
—Creo que al final voy a tener que ir solo al Red's. Porque esa chica te va a tener cogido por los huevos.
El Red's era el club de la Serpe Rossa, más un burdel que otra cosa. Mi hermano y yo íbamos allí con bastante frecuencia. Mi hermano más que yo; incluso tenía sus putas favoritas.
—Eso no va a pasar. Claro que me tomaré mi tiempo disfrutando de mi esposa, pero no creo que me baste para entretenerme. Puede que al principio, pero me aburriré pronto. Ya sabes que no soy monógamo.
—Si tú lo dices. —Mi hermano me dio una palmada en el hombro y sonrió—. Tengo que irme. El trabajo de la oficina no espera. Ya que ahora vas a dedicarte más a la mafia, alguien tiene que encargarse del negocio legal.
—Sí.
Volví a mirar hacia la puerta del salón, donde Sienna se estaba probando vestidos de novia. Llevaba allí demasiado tiempo y ya empezaba a ponerme nervioso. Me traían sin cuidado esas tradiciones idiotas sobre los vestidos de novia. Por mí, podía casarse con un saco de patatas.
Entré sin llamar. Beatrice arrugó la nariz al verme. La costurera intentó tapar a Sienna con su cuerpo.
—No puedes verla ahora, Arlo —dijo Beatrice.
—A la mierda con eso. ¡Fuera! —solté bruscamente.
Beatrice se apartó y la costurera la siguió. Sienna me miró a través del espejo. Su mirada furiosa de siempre y el pelo revuelto. Parecía aburrida y agotada, pero estaba preciosa. El vestido que llevaba tenía encaje en las mangas largas y una abertura en el muslo derecho.
Estaba muy delgada. No me había fijado mientras el doctor la examinaba. Se le marcaban demasiado los huesos de la clavícula. Pensaba ocuparme de eso en las próximas semanas. Necesitaba ganar algo de peso si quería aguantar estar casada conmigo.
Sienna no se movió cuando me acerqué, ni apartó la mirada de mí a través del espejo.
—Estás preciosa. Este vestido es perfecto.
—Lo odio. Quería un vestido negro, pero me dijeron que no.
Me reí.
—El negro no te favorece, pero el rojo te quedaría genial. Si quieres, hago que traigan un vestido rojo. —Me acerqué y le toqué la cintura. Contuvo el aliento un instante y frunció más el ceño—. Me da igual de qué color te cases conmigo, Diablilla.
—No me llames así —dijo entre dientes.
—¿Por qué? Te pega. Por eso insisto en que lleves rojo.
—Que te jodan. Me importa una mierda este vestido. —Agarró el dobladillo y se apartó. Tuve que sujetarla porque casi se tropezó con la cola—. Odio los vestidos de novia —gruñó mientras recogía metros de tela con las manos. La costurera corrió hacia ella, desesperada.
—Cálmese, va a romperlo, señora.
—Que se rompa. Si ya has terminado, quítamelo.
Se le notaba la desesperación en la voz. Estaba furiosa y a punto de llorar.
—Deberías irte ahora, Arlo —dijo Beatrice a mi lado.
Mi respuesta habitual habría sido un sonoro «vete a la mierda», pero hoy no. Hoy guardaría las fuerzas, porque mañana sería un gran día.