Capítulo 9
ARLO FITZGERALD
Cuando Sienna se fue, no lo pensé dos veces y fui directo a por Luke.
Lo empujé con fuerza contra la pared. Le di un fuerte puñetazo en la mandíbula mientras lo sujetaba por el cuello.
Se ahogó, agarrándose a mis manos para intentar liberarse.
Le golpeé de nuevo, esta vez justo en la nariz.
Sentí el momento exacto en que se la rompí.
Su sangre manchó el puño de mi camisa blanca.
Se dobló, sujetándose la nariz. La mano se le llenó de sangre.
Gruñó, intentando detener la hemorragia.
—¿Qué coño has hecho?
Volví a agarrarlo del cuello mientras lo empujaba contra una mesa. Los candelabros que había allí se esparcieron por el suelo.
—Bastardo. ¿Qué le has dicho? —Lo sacudí por el cuello, golpeándole la cabeza contra la mesa. Me cernía sobre él—. Habla o te lo arrancaré de tu jodida boca antes de arrancarte la lengua y dársela de comer a los cuervos. Personalmente llevaré tu alma al infierno, Rosewood. Habla.
—N-no le dije nada. —Tosió, ahogándose con su propia sangre—. ¿Te has vuelto loco? Es mi sobrina.
—Y una mierda. Es mi esposa. No te vas a acercar a ella, ¿entendido? No vas a mirarla, no vas a hablarle.
—Entendido, joder. ¡Suéltame! No le dije nada importante. Solo quería felicitarla por la boda.
—Podrías haberlo hecho a mi lado, no encerrado en una habitación con ella. ¿Por qué la trajiste aquí? Habla.
—No es lo que estás pensando, Arlo.
—Vete a la mierda, Rosewood. Conozco a las ratas como tú.
Pero tu momento llegará. En cuanto Sienna me cuente qué coño le hiciste, me encargaré de terminar el trabajo, y esta vez tendrás muchos más problemas que una jodida nariz rota.
—Lo empujé contra la mesa y me alejé de él.
Me ajusté el traje y me aflojé la corbata—.
Voy a destrozarte. Puedes estar seguro, joder.
—¡No soy tu enemigo, joder! —gritó, estallando de rabia. Se levantó, sacó un pañuelo del bolsillo y se lo llevó a la nariz—. No hice nada importante, es mi sobrina. No tenías por qué hacer esta mierda. ¡Me has roto la nariz!
—No me gustas, Rosewood. Y creo que es mejor que no te cruces en mi camino, o una nariz rota será el menor de tus problemas.
Me di la vuelta y salí de la habitación sin esperar respuesta. Mi tío seguía en la capilla y me miró furioso, incluso antes de ver la sangre en mi camisa.
—Dime que no lo has matado.
Ignoré su pregunta.
—¿Papá ya se ha ido?
—Está fuera con Kingsley. Ya sabes lo mucho que le gusta hablar.
—¿Dónde está Sienna?
—En el coche. No cambies de tema, Arlo. ¿Lo has matado? Me costó mucho distraer a tu padre y al consejero Kingsley. Dime que no hay un cadáver en esa habitación. No podremos ocultar esto.
—Ve a comprobarlo tú mismo —dije, encogiéndome de hombros.
—Arlo.
Ignoré las llamadas de mi tío y fui al coche.
Kingsley me saludó desde lejos. Le devolví el saludo con un gesto.
Kingsley era muy hablador y ya quería arrastrar a Sienna al club de mujeres de la organización.
No me importaba tener una esposa que organizara almuerzos y se juntara con mujeres ricas e insoportables para hablar de trivialidades durante el té de la tarde.
Como mi esposa, Sienna haría lo que le apeteciera.
—Señor —me saludó mi conductor, Arturo, con un gesto, y abrió la puerta del coche.
—Dame un minuto, por favor.
—Por supuesto, señor.
Cuando subí al coche, me encontré con una Sienna nerviosa. Me miró las manos, fijándose en la mancha de sangre de mi muñeca y mi camisa.
—No es mi sangre, si eso es lo que te preocupa.
—Tú... él...
—No, Sienna. Tu tío sigue respirando, aunque con dificultad por la nariz rota.
Me miró fijamente, pero no vi alivio porque su tío estuviera vivo. Incluso diría que parecía decepcionada.
—¿Quieres que lo mate?
—¿Qué? ¡No! No tienes que matar a nadie, Arlo.
—Eso dependerá de lo que me cuentes ahora.
Se recostó en el asiento y adoptó una postura defensiva.
—Dime qué te dijo en la capilla. ¿Y por qué te encerró en esa habitación?
—No me dijo nada, solo quería felicitarme.
—Mentirosa.
—No estoy mintiendo —gruñó, frunciendo el ceño.
—¿Por qué estabas encerrada ahí con él? ¿Qué habría pasado si no hubiera llegado?
—No estaba encerrada. Y no pasó nada ni iba a pasar nada. ¿Por qué estás tan obsesionado con él?
—No me gusta, y tampoco me gusta que me mientan, Sienna.
—No estoy mintiendo, pero si crees que soy una mentirosa, no deberías haberte casado conmigo.
Me acerqué a ella. Se encogió, intentando alejarse, pero no le di espacio.
Llevé la mano al lazo de su capa y lo deshice, dejándola caer sobre el asiento.
Aspiré su aroma: rosas y algo más dulce que no logré identificar.
Mi esposa era hermosa, aún más con su vestido de novia.
Cualquier hombre se habría sentido tentado.
No tenía intención de resistirme esa noche y esperaba que ella no me rechazara.
Me aparté e hice una señal a Arturo. Condujo en silencio hasta la propiedad. La noche se acercaba y el sol pronto se pondría.
Cuando llegamos, Sienna abrió la puerta del coche tan rápido que tuve que salir deprisa para alcanzarla por el otro lado.
—Quiero enseñarte algo.
Le tomé la mano temblorosa y caminamos hacia el lateral de la propiedad. Junto a esta había un chalé más pequeño y una piscina. Nos detuvimos frente a la piscina; el atardecer brillaba con más intensidad desde esa zona.
—¿Qué querías enseñarme?
—Solo el atardecer.
Le echó un vistazo rápido, pero enseguida apartó la mirada. Intentó soltarse de mi mano mientras sujetaba la cola del vestido con la otra.
Le apreté la mano con más firmeza, atrayéndola hacia mí. Perdió el equilibrio y chocó contra mi pecho.
—Perdona, no te besé en la boda.
Sin soltar su mano, llevé la otra a su nuca y acerqué mi rostro al suyo. Anticipó lo que iba a hacer y me empujó.
—No seas grosera, Sienna. La agresividad me atrae más de lo que imaginas.
Sus ojos brillaron con intensidad, pero respiró hondo. Los párpados se le cerraron ligeramente, como si se hubiera rendido.
Bajé la cabeza y presioné mis labios contra los suyos. No luchó; su boca se abrió ligeramente para mí. Mi lengua rozó la suya, un toque breve y vacilante, como si explorara territorio desconocido. Sentí que su respiración se aceleraba, pero permaneció quieta, sumisa, sin corresponder.
Mi lengua se enredó con la suya en una danza lenta que ella correspondió. Tenía la mano en mi brazo y sentí que lo apretaba mientras daba un paso hacia mí. Algo dentro de mí hirvió, mi lado más primitivo. El lado al que no le gustaba el romance y odiaba esperar.
Me obligaba a ser paciente para no hacerle daño. Pero saborearla era casi sofocante.
La deseo, joder. La deseo muchísimo.
Me acerqué más, pegando mi cuerpo al suyo, intensificando el beso pero sin perder el control.
Era un movimiento calculado, una demostración de poder disfrazada de afecto.
Cuando finalmente me aparté, tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente separados, como si estuviera en un trance del que no podía escapar.
Me miró confundida, dio un paso atrás y guardó silencio.
No lograba descifrarla. Sabía que llevaría tiempo, pero no iba a poder ser paciente.
—Vamos a nuestra habitación, Sienna.