Prólogo #2
Me giré para observar la reverencia de los demás, pero algo llamó mi atención entre la gente. Con una inclinación discreta, casi forzada, Sienna Rosewood, mi futura prometida, acaparó toda mi atención desde su asiento en las últimas filas.
Era la única mujer en la ceremonia. No se permitía la presencia de mujeres en este tipo de ceremonias.
Estaba sentada tan atrás que probablemente nadie la había visto.
Pero yo sí la vi; su belleza ya me había llamado la atención en las fotos, pero confieso que en persona resultaba aún más atractiva.
A su lado estaba su tío, Luke Rosewood. Fue él quien nos había ofrecido la mano de Sienna.
Ella se despidió de él con un gesto de cabeza antes de dirigirse hacia los confesionarios.
—Me alegra mucho que te hayan elegido para sustituir a tu padre, Arlo —dijo Kingsley—. Sé que quizá no sea lo más apropiado decirlo, pero me complace ver que los Fitzgerald siguen firmes en el liderazgo.
No estaba nada contento. Kingsley era un lobo y le habría encantado meter a sus cuatro hijos en el Consejo para destronar a todas las familias.
Claro que eso sería posible si tres de ellos no fueran bastardos.
Se había casado con una mujer que ya tenía hijos de otro hombre y los había criado como propios.
Cuando nació su único hijo biológico, él ya era viejo, y el muchacho aún era un crío.
—No sé a qué te refieres con «no apropiado», Kingsley. Mi hijo es legítimo, a diferencia de muchos de los presentes —replicó mi padre.
El rostro de Kingsley se tiñó de rojo, incapaz de ocultar el odio mortal que sentía por mi padre.
—Papá, necesito un minuto —dije.
—¿Adónde vas? Todavía tenemos la ceremonia de marcado.
—A hablar con Dios. Ya sabes lo religioso que soy —bromeé, esbozando una sonrisa.
Mi padre frunció el ceño, confundido.
—Vuelvo en un minuto.
Caminé hacia los confesionarios, ignorando algunas miradas y gestos de cabeza. Todos querían hablar conmigo o estrecharme la mano, pero ahora tenía algo más interesante que hacer.
El olor a incienso era intenso en aquella zona, y había varias velas encendidas sobre un pequeño altar. Una cruz colgaba en lo alto, pero no había imagen de ningún santo ni de Jesús. Era más bien una forma de decir que éramos libres de profesar nuestra fe, siempre que tuviéramos una.
El vestido negro de Sienna se fundía con el color de su cabello. Estaba de cara al altar, simplemente observando. Cuando di dos pasos más, se giró bruscamente y agarró un candelabro vacío. Fue un movimiento rápido, una reacción instintiva a mi presencia.
Verla empuñar un candelabro como si fuera un arma resultaba, como mínimo, divertido.
—¿Qué haces? —pregunté con calma.
—¿Que qué hago? ¿Qué haces tú siguiéndome hasta aquí? —me lanzó una mirada firme mientras alzaba ligeramente la barbilla.
Una llama diferente ardía en su mirada, algo que nunca había visto en ninguna de las mujeres de la Serpe Rossa. No era como las demás. No era una chica asustada a la que hubieran enseñado a ser sumisa. Había en ella una fuerza que me provocaba.
Me gustaba.
Si tenía que casarme, que fuera con alguien que me desafiara.
—Solo quería verte un momento —dije, aún en tono calmado—. ¿Puedes soltar esa arma mortal que llevas en la mano? —bromeé.
—Apuesto a que puedo convertirla en un arma si das un paso más —me desafió con la mirada, alzó la barbilla y adoptó una postura de ataque digna de los soldados mejor entrenados.
Iba a desafiarla, a avanzar hacia ella para ver de qué era capaz, pero nos interrumpieron.
—¿Sienna? ¿Qué haces? —Luke Rosewood se acercó a nosotros.
Sienna bajó el candelabro; su expresión se tornó más seria, casi nerviosa.
—Solo vine a tomar el aire, y este caballero me siguió —explicó Sienna.
—No digas ni una palabra más —gruñó su tío, que avanzó y le agarró el brazo con tanta fuerza que me preparé para actuar.
—Suéltala —dije con brusquedad.
Se volvió hacia mí con una sonrisa falsa que no me engañó.
—Oh, lo siento. Sé que no deberíamos estar aquí. Lo que pasa es que estábamos cerca y a Sienna le entró curiosidad por ver la ceremonia.
La expresión de Sienna dejaba claro que mentía.
—No quería que se conocieran así. Sé que es demasiado pronto. Pero puesto que estamos aquí, quiero felicitarlo por su nuevo cargo. Es un inmenso honor, Consejero.
Hizo una reverencia y luego me tendió la mano. Me limité a mirar su mano y después el rostro de Sienna. No parecía asustada, sino a punto de explotar.
Tenía carácter.
Eso me agradó.
—Luke Rosewood, ¿verdad? —pregunté, sin estrecharle aún la mano.
Asintió.
—Sabes que podrían castigarte por traer a una mujer a la ceremonia, ¿verdad?
Bajó la mano y se le descompuso el rostro.
—Podría castigarte yo mismo ahora mismo, Luke. Pero voy a tener en cuenta que eres un puto idiota.
Apretó la mandíbula.
—Y como eres un idiota de mierda, debería advertirte que no me gustan las cosas rotas. Me gusta que me lleguen enteras. Así que no me gusta cómo tocas lo que es mío.
Miré la mano con la que sujetaba el brazo de Sienna, y la soltó de inmediato.
—Me estás malinterpretando. No quise…
—No importa. Limítate a no tocarla, ¿entendido?
Asintió, pero aún podía ver la ira en sus ojos.
—Ah… no creas que soy indulgente, solo guardo tu castigo para otro momento. Ya sabes cómo es esto, hoy no es día para mancharme las manos.
Volví a mirar a Sienna, que parecía completamente confundida. Creo que ni siquiera le habían hablado del matrimonio. Pero lo descubriría pronto, porque nuestro breve encuentro me había dejado un poco intrigado.