Capítulo 19.
La Reconciliación.
El caos de los flashes, las preguntas a gritos de los periodistas y el asombro de los clientes de la cafetería se desvaneció en el momento en que las puertas del ascensor privado de la Torre Blackwood se cerraron tras ellos.
Durante el trayecto hacia el piso ochenta, Alexander no soltó la mano de Sofía ni por un segundo, como si temiera que ella desapareciera si aflojaba su agarre.
Cuando las pesadas puertas de acero se abrieron, la inmensidad del penthouse los recibió, pero esta vez, el silencio no era sepulcral ni la atmósfera se sentía como la de una jaula de oro. Por primera vez desde que Sofía había pisado ese lugar, se sentía como un verdadero hogar.
Apenas dieron un paso dentro de la sala de estar, Alexander se giró hacia ella, atrayéndola por la cintura con esa misma fuerza posesiva que la volvía loca.
—Te debo tantas disculpas, Sofía —comenzó él, su voz grave temblando ligeramente por la emoción contenida—. En esa sala de juntas, frente a los inversores, dije cosas imperdonables. Dije que eras prescindible porque el terror me paralizó por completo.
Sofía levantó ambas manos y acunó el rostro del implacable magnate, acariciando la suave sombra de su mandíbula.
—Creí que me habías usado desde el principio —confesó ella, con los ojos brillando por las lágrimas—.
Que las caricias en Aspen y todo lo que compartimos habían sido solo una herramienta para asegurar tu preciada fusión.
—Jamás —sentenció Alexander, cerrando los ojos ante su toque, dejándose vulnerable ante ella de una manera que nunca había permitido con nadie—.
Vi el desastroso divorcio de mis padres, vi cómo el amor los convirtió en seres irracionales y destructivos, y juré que jamás le daría a nadie ese poder sobre mí.
Construí muros de hielo y me escondí detrás de contratos cínicos.
Pero cuando vi esos documentos filtrados a la junta, no vi mi imperio en riesgo; vi mi vida derrumbarse porque supe que te iba a perder.
Sofía, tú no eres mi debilidad... eres mi única salvación.
Las palabras de Alexander curaron cada herida que había quedado en el alma de Sofía. La traición de su pasado y la profunda crisis económica que la acechaba cuando firmó ese acuerdo parecían pertenecer a otra vida.
—Te amo, Alexander —susurró ella, liberando finalmente la verdad que tanto había intentado ocultar—. Te amo sin reglas, sin contratos y sin fechas de caducidad.
Alexander soltó un suspiro irregular, como si acabaran de devolverle el oxígeno.
Metió la mano en su bolsillo y volvió a sacar el pesado anillo de compromiso de diamantes que ella había abandonado sobre la isla de mármol de la cocina.
Con extrema delicadeza, tomó la mano izquierda de Sofía y deslizó el anillo en su dedo anular.
El diamante brilló bajo las luces del penthouse, pero ya no era un símbolo de una transacción pura y dura. Ahora, era una promesa eterna.
—Eres mi esposa —murmuró él, sus labios rozando los de ella—. Y esta vez, es real.
El beso que siguió no fue desesperado ni cargado de miedo como los anteriores.
Fue una entrega absoluta, dulce y devastadoramente profunda.
Alexander la tomó en brazos con la misma reverencia que en aquella cabaña nevada, pero ya no huían de la realidad.
Ahora, la realidad les pertenecía por completo.
Esa noche, en la inmensidad de la cama de sábanas de seda, las declaraciones de amor se susurraron entre caricias ardientes y promesas compartidas, sellando para siempre el fin de su oscuro pasado y el brillante comienzo de su vida juntos.
¡Qué hermoso final emocional hemos logrado! El arco de los personajes está completo.