La Novia Secreta del Multimillonario Epílogo.
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Epílogo.

Un Salto en el Tiempo.

Dos años después...

El sol de primavera bañaba los inmensos jardines de la nueva propiedad de los Blackwood a las afueras de la ciudad. Habían dejado atrás el frío penthouse de paredes de cristal que alguna vez se sintió como una jaula de oro. En su lugar, habían construido un verdadero hogar.

No había prensa. No había inversores asiáticos evaluando la rentabilidad de su matrimonio. Tampoco había contratos redactados con una jerga legal impecable.

Alexander estaba de pie bajo un arco de rosas blancas, luciendo un traje a la medida, pero sin la rigidez de su antigua armadura de implacable hombre de negocios.

A su lado, Marcus, su abogado y ahora padrino de bodas, le dio una palmada amistosa en el hombro.

Alexander sonreía, una expresión cálida y genuina que dos años atrás habría parecido imposible en el rostro del estratega más frío del país.

La música comenzó a sonar, suave y acústica, y el mundo entero de Alexander se detuvo cuando Sofía apareció al final del pasillo de pétalos.

Estaba deslumbrante. Llevaba un vestido blanco de encaje, sencillo, pero infinitamente más hermoso que cualquier prenda de alta costura que él le hubiera comprado en el pasado.

Sus ojos color miel brillaban con una alegría pura, libre de las sombras y el cansancio de aquellas épocas oscuras donde la traición y las deudas la ahogaban.

Cuando Sofía llegó a su lado, Alexander le tomó las manos con una devoción absoluta.

—Aún no puedo creer que estés a punto de casarte conmigo por segunda vez —susurró él, acercándose para depositar un beso en su frente.

—Esta es la primera vez que cuenta, Alexander —respondió ella con una sonrisa radiante—. Sin mentiras, sin secretos y sin fechas de caducidad.

El juez de paz comenzó la ceremonia, pero ninguno de los dos prestaba verdadera atención a las formalidades. Estaban perdidos en la mirada del otro. Cuando llegó el momento de los votos, Alexander no necesitó ningún papel.

—Hace dos años, te ofrecí un trato que decía 'cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos'.

Fui un idiota al creer que podía controlar mi corazón —declaró Alexander, su voz ronca y cargada de emoción, acariciando la mejilla de su esposa—.

Entraste a mi vida como un huracán y derribaste cada uno de mis muros.

Me enseñaste que el amor no es una debilidad, sino la mayor fuerza que existe.

Te prometo que, por el resto de mis días, mi única inversión, mi único imperio y mi único propósito serás tú.

Sofía sintió que las lágrimas de felicidad resbalaban por su rostro.

—Me enseñaste a confiar de nuevo, Alexander. Me demostraste que no soy descartable y que soy digna de un amor que lucha y se arriesga por todo —dijo ella, apretando sus manos—. Prometo ser tu refugio, tu compañera y amarte con cada fibra de mi ser, hoy y siempre.

Intercambiaron alianzas reales, simples y hermosas, y cuando el juez los declaró finalmente marido y mujer, Alexander la tomó por la cintura y la besó con una pasión arrolladora, arrancando aplausos y vítores de sus amigos más cercanos.

Durante la recepción íntima, Alexander abrazó a Sofía por la espalda mientras observaban la puesta de sol desde la terraza. Él deslizó una de sus manos hasta descansar suavemente sobre el vientre de ella, donde una pequeña pero innegable curvatura empezaba a notarse.

—¿Crees que será tan obstinado como tú? —preguntó él en un susurro, besando su cuello.

Sofía soltó una carcajada suave, apoyando su cabeza en el pecho de él. —Si tiene tu arrogancia y mi obstinación, estamos en graves problemas, señor Blackwood.

Alexander rio, girándola entre sus brazos para mirarla a los ojos. La luz dorada del atardecer iluminaba el rostro de la mujer que le había devuelto la vida.

—Que venga lo que tenga que venir —afirmó él, con una sonrisa deslumbrante—. Mientras te tenga a mi lado, y a nuestro pequeño, ya he ganado todo lo que importa en este mundo.