Capítulo 18.
El Gran Gesto.
El tintineo de la campanilla sobre la puerta de la cafetería anunció a un nuevo cliente, pero Sofía ni siquiera levantó la vista.
Estaba exhausta. Sus manos, antes acostumbradas a sostener copas de cristal en galas de caridad, ahora estaban enrojecidas por el agua caliente y el jabón industrial.
Trabajar dobles turnos sirviendo mesas y dar clases particulares de matemáticas por las noches para pagar sus antiguas deudas la estaba dejando sin energía, pero al menos, su conciencia y su dignidad le pertenecían.
—Mesa cuatro, dos cafés negros y un trozo de tarta —pidió su compañera de turno, dejándole los platos sobre la barra.
Sofía asintió, secándose las manos en el delantal. Sin embargo, antes de que pudiera tomar la bandeja, un estruendo proveniente de la calle la hizo detenerse.
No era un ruido habitual. Era el sonido de motores pesados, seguido de un frenazo en seco.
A través de los grandes ventanales de la humilde cafetería, Sofía vio cómo tres lujosos sedanes negros bloqueaban por completo el tráfico de la estrecha calle.
De inmediato, decenas de periodistas y fotógrafos rodearon la entrada, sus cámaras disparando ráfagas de flashes que iluminaron el modesto local como si fuera una alfombra roja.
Los clientes de la cafetería se levantaron de sus asientos, murmurando confundidos, pero el corazón de Sofía se detuvo por completo cuando la puerta principal se abrió.
Allí estaba él.
Alexander Blackwood entró al local con la misma presencia arrolladora que dominaba las salas de juntas, pero había algo drásticamente diferente.
Ya no llevaba su impenetrable armadura; no tenía corbata, su saco estaba abierto y su mirada gris, usualmente fría y calculadora, estaba llena de una vulnerabilidad tan cruda que a Sofía le faltó el aire.
Detrás de él, Marcus y un equipo de seguridad mantenían a raya a la prensa, permitiendo que las cámaras captaran todo, pero sin dejar que nadie interrumpiera.
Alexander cruzó la cafetería directamente hacia la barra. Los murmullos cesaron de golpe. El silencio era total, roto únicamente por el zumbido de las máquinas de café y el clic de las cámaras en el exterior.
—Alexander... —susurró Sofía, sintiendo que las piernas le temblaban—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué es todo este circo?
—Vine a rendirme, Sofía —respondió él, su voz grave resonando con una firmeza que hizo eco en las paredes del local—.
Durante semanas, el mundo entero me ha aplaudido por salvar mi imperio, por ser el estratega más frío y brillante.
Pero la verdad es que soy el idiota más grande que ha pisado esta tierra.
Sofía apretó los bordes del mostrador, luchando contra las lágrimas que amenazaban con traicionarla. —Te pedí que te quedaras con el dinero y me dejaras mi dignidad. Se acabó el contrato.
—Al diablo con el contrato —sentenció Alexander, acortando la distancia hasta quedar a centímetros de ella, ignorando por completo a los clientes boquiabiertos que los grababan con sus teléfonos—.
Te mentí. Le mentí a la junta directiva y me mentí a mí mismo.
Te dije que eras prescindible porque estaba aterrorizado.
Estaba muerto de miedo al darme cuenta de que una mujer que entró a mi vida por un simple negocio se había convertido en la única dueña de mi alma.
La respiración de Sofía se entrecortó. Escuchar a Alexander Blackwood, el hombre que juró que jamás le daría a nadie poder sobre sus emociones, confesar sus miedos frente a las cámaras de la prensa financiera, era algo inconcebible.
—Mi imperio no vale nada si tú no estás a mi lado para compartirlo —continuó Alexander, y para asombro absoluto de todos los presentes, el implacable magnate retrocedió un paso y se dejó caer sobre una rodilla justo en medio de la cafetería.
Un grito ahogado recorrió el local y los flashes desde la calle se intensificaron.
Alexander metió la mano en su bolsillo y sacó el anillo de diamantes que ella había abandonado en la isla de la cocina. Lo sostuvo en alto, pero sus ojos grises no se apartaron de los de Sofía.
—Cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos fue la mayor estupidez que he dicho en mi vida —declaró él, con la voz cargada de devoción—.
Te ofrezco un nuevo trato, Sofía Bennett.
Cero por ciento negocios, cien por ciento sentimientos.
Sin cláusulas, sin fechas de caducidad, sin mentiras.
Solo un hombre arrodillado frente a la única mujer que ama, suplicando una segunda oportunidad. ¿Te casarías conmigo... de verdad?
Sofía lo miró a través de un mar de lágrimas. El dolor de las últimas semanas se evaporó bajo el calor de la mirada de plata fundida de Alexander. Él había destruido su fachada, su orgullo y su preciado control frente al mundo entero, solo para demostrarle que ella era lo único que le importaba.
Con una sonrisa radiante que iluminó todo el lugar, Sofía rodeó el mostrador y se lanzó a los brazos de Alexander.
—Sí —sollozó ella, aferrándose a su cuello—. Sí, Alexander. Mil veces sí.
Él la atrapó en el aire, poniéndose de pie de un salto, y la besó con una pasión tan arrolladora y posesiva que la cafetería entera estalló en aplausos, marcando el fin del contrato y el inicio de un amor que ya no necesitaba esconderse bajo ninguna regla.
¡Un cierre espectacular y súper emocional! Con esto, el clímax se ha resuelto. Ahora solo nos queda el cierre para darle a nuestras lectoras el "felices para siempre" que tanto esperan.