Capítulo 17.
La Miseria.
Habían pasado tres semanas, cuatro días y doce horas desde que Sofía Bennett abandonó la Torre Blackwood.
Para el mundo exterior, Alexander Blackwood estaba en el pináculo absoluto de su carrera.
La fusión con los inversores asiáticos se había consolidado con un éxito arrollador, catapultando las acciones de su empresa a niveles históricos.
Las portadas de las revistas financieras lo coronaban como el estratega más brillante y despiadado del siglo.
Pero en la cima del mundo hacía un frío insoportable.
Alexander estaba sentado en la oscuridad de su despacho en el piso ochenta, con la corbata deshecha y un vaso de whisky intacto sobre la mesa.
Frente a él, los monitores mostraban gráficos en verde brillante que representaban millones de dólares en ganancias, pero para sus fríos ojos grises, todo aquello no era más que estática sin sentido.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón a medida y sacó el pesado anillo de compromiso de diamantes. Desde aquella noche en la que cayó de rodillas frente a la isla de la cocina, llevaba el anillo consigo a todas partes, como un cruel y constante recordatorio del mayor error de su vida.
—Alex, tienes la reunión con la junta directiva en diez minutos —la voz de Marcus rompió el silencio desde la puerta.
Alexander no se movió ni apartó la vista del diamante. Las ojeras oscuras bajo sus ojos delataban sus noches en blanco. El penthouse se había vuelto inhabitable; el fantasma de Sofía estaba en cada rincón, en el eco de sus risas, en la máquina de café, en la inmensa cama donde creyó tenerlo todo.
—Cancélala —respondió Alexander, con la voz ronca y vacía—. Que la presida el vicepresidente. No me importa.
Marcus suspiró, cerrando la puerta y acercándose al inmenso escritorio. Durante semanas, el abogado había visto cómo la armadura del implacable magnate se oxidaba y se caía a pedazos.
—No puedes seguir así, Alex. Has aplastado a la competencia, aseguraste el imperio. Ganaste.
—¿Ganar? —Alexander soltó una risa oscura, carente de cualquier atisbo de alegría, y dejó caer el anillo sobre el cristal del escritorio junto a la pequeña tarjeta de presentación que ella le había dejado—.
Mírame, Marcus. Tengo un imperio de dos mil millones de dólares y daría hasta el último centavo, quemaría este edificio hasta los cimientos, solo por retroceder el tiempo y verla sonreír una vez más.
Lo arruiné todo. Le dije a esa junta de cobardes que ella era prescindible porque estaba aterrado de admitir que ella era mi única debilidad. Y al hacerlo, la destruí.
El silencio en el despacho fue denso y pesado. Marcus sacó un sobre manila de su portafolios y lo deslizó sobre la mesa, justo al lado del anillo.
—Pedí al equipo de seguridad que la localizara de forma discreta —dijo el abogado en voz baja—.
Volvió a su antiguo barrio. Está trabajando dobles turnos en una cafetería y da clases particulares de matemáticas por las noches para pagar sus antiguas deudas.
Intenté hacerle llegar un cheque anónimo para ayudarla, pero lo devolvió al instante.
Su orgullo está intacto. Pero Alex... se ve exhausta. Y triste.
Alexander cerró los ojos, sintiendo un dolor físico y agudo perforándole el pecho.
La imagen de Sofía trabajando hasta el cansancio, enfrentando el mundo sola después de que él prometió cuidarla —aunque fuera bajo un frío contrato—, fue la gota que derramó el vaso.
Él había jurado que no dejaría que nadie tuviera poder sobre él, pero Sofía no tenía poder sobre él; ella era su corazón entero.
Abrió los ojos, y la frialdad gris había desaparecido, reemplazada por un fuego ardiente de pura y absoluta determinación. Se puso de pie de golpe, abotonándose el saco con una energía que no había sentido en semanas.
—Prepara el coche, Marcus. Avisa a relaciones públicas y convoca a la prensa.
El abogado enarcó una ceja, sorprendido por el repentino cambio. —¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer?
—Voy a recuperar a mi esposa —sentenció Alexander, tomando el anillo de diamantes y guardándolo en el bolsillo de su pecho, justo sobre su corazón acelerado—. Y me aseguraré de que el mundo entero, y especialmente ella, sepa que Alexander Blackwood no es nada sin Sofía Bennett.