Capítulo 16.
La Ruptura.
El trayecto de regreso al penthouse fue un borrón de lágrimas silenciosas y una agonía sorda en el pecho de Sofía.
Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron, la inmensidad del apartamento la recibió con el mismo silencio sepulcral de siempre, pero esta vez, ya no se sentía como una elegante jaula de oro. Se sentía como una tumba.
Caminó hacia la inmensa suite que había sido suya durante las últimas semanas.
Al abrir el inmenso armario, la seda, el terciopelo y los zapatos de diseñador le devolvieron la mirada como un cruel recordatorio del papel que había interpretado.
No tocó nada de eso. Sofía se despojó del abrigo caro que llevaba puesto y se puso la misma ropa con la que había llegado: unos vaqueros desgastados, una camiseta sencilla y sus viejas zapatillas.
No necesitaba maletas. Todo lo que realmente le pertenecía cabía en el pequeño bolso de lona que había traído el primer día.
Antes de salir de la habitación, se detuvo frente al espejo de cuerpo entero.
Sus ojos color miel estaban enrojecidos y cansados, pero la chispa de obstinada supervivencia brillaba con más fuerza que nunca.
Alexander Blackwood le había enseñado una lección invaluable: nadie iba a salvarla, excepto ella misma.
Y por mucho que amara a ese hombre frío y calculador, prefería volver a enfrentar la pobreza y las deudas que quedarse un segundo más en un lugar donde su corazón era considerado "completamente prescindible".
Con el bolso al hombro, caminó hacia la inmensa cocina de mármol negro.
El lugar donde habían compartido su primer café, el lugar donde las líneas de su acuerdo comenzaron a borrarse.
Con manos temblorosas, Sofía se quitó el pesado anillo de compromiso de diamantes que la acreditaba como la futura señora Blackwood.
El metal estaba caliente por el contacto con su piel, pero lo dejó caer sobre la fría isla de mármol.
El tintineo resonó en la habitación vacía como el punto final de su historia.
Junto al anillo, dejó una nota escrita apresuradamente en el reverso de una de las tarjetas de presentación de Alexander: «Salvaste tu imperio. El contrato está roto. Quédate con el dinero, yo me quedo con mi dignidad.»
Sin mirar atrás, Sofía entró al ascensor privado. Cuando las pesadas puertas de acero se cerraron, cortando la vista del penthouse para siempre, finalmente se permitió sollozar, rompiendo en llanto mientras descendía hacia las frías calles de la ciudad.
Tres horas después, la puerta del despacho principal de la Torre Blackwood se abrió de golpe. Alexander entró con paso firme, seguido de un exhausto pero aliviado Marcus.
—Lo logramos, Alex —dijo el abogado, aflojándose la corbata—. La junta se tragó la historia del divorcio táctico y los inversores asiáticos firmaron la fusión. Eres intocable. El imperio Blackwood acaba de duplicar su valor.
Alexander asintió de forma automática, pero no había rastro de triunfo en sus fríos ojos grises.
Había jugado la partida más sucia de su vida, destrozando verbalmente a la única mujer que le importaba para calmar a un grupo de ancianos conservadores.
Ahora que la empresa estaba a salvo, necesitaba ver a Sofía.
Necesitaba explicarle, pedirle perdón, hacerle entender que todo lo que dijo en esa sala de juntas fue una mentira desesperada para proteger el trato.
—Cancela mis reuniones de la tarde, Marcus. Me voy a casa —ordenó Alexander, tomando su abrigo con una urgencia que desconcertó a su abogado.
El viaje al penthouse se le hizo eterno. Cuando el ascensor llegó al piso ochenta, Alexander salió casi corriendo.
—¿Sofía? —llamó, su voz grave resonando en el silencio—. Sofía, necesitamos hablar.
No hubo respuesta.
Recorrió el pasillo hasta la suite de ella, pero se detuvo en seco al ver la puerta abierta y el armario intacto.
Solo faltaba el pequeño bolso de lona con el que ella había llegado.
El pánico, una emoción que Alexander Blackwood no había sentido desde su infancia, se instaló en su pecho como una garra de hielo.
Corrió hacia la sala de estar y luego hacia la cocina. Allí, sobre el impecable mármol negro, el destello del anillo de diamantes lo golpeó con la fuerza de un impacto físico. Tomó la pequeña tarjeta de presentación, leyendo la nota con el pulso desbocado.
«Quédate con el dinero, yo me quedo con mi dignidad.»
El papel tembló entre sus dedos. El implacable magnate que jamás perdía el control, el hombre que acababa de asegurar una fusión de dos mil millones de dólares, cayó de rodillas frente a la isla de la cocina.
El silencio sepulcral del penthouse lo aplastó.
Lo había conseguido todo. Había ganado. Pero mientras miraba el anillo abandonado, Alexander se dio cuenta con una claridad aterradora y devastadora de que, al perder a Sofía, se había quedado absolutamente con nada.