Capítulo 15.
El Gran Malentendido.
Las horas dentro del penthouse de la Torre Blackwood pasaron con la lentitud agonizante de una condena.
Sofía caminaba de un lado a otro, sintiendo que las inmensas paredes de cristal de su jaula de oro se cerraban sobre ella.
Las últimas palabras de Alexander —ordenándole fríamente que se quedara allí y que tenía un imperio que salvar— seguían golpeando su mente como un eco destructivo.
Sin embargo, a medida que el pánico inicial por el sabotaje de Victoria se desvanecía, el dolor fue siendo reemplazado por esa chispa de pura y obstinada supervivencia que siempre la había mantenido a flote.
Ella amaba a Alexander. Había visto la profunda vulnerabilidad en sus ojos cuando le confesó cómo el desastroso divorcio de sus padres lo había marcado y aterrorizado.
En el fondo, Sofía quería creer que él no la odiaba, sino que simplemente el miedo al fracaso lo había paralizado.
Decidida a no ser una víctima pasiva y a demostrarle que estaban en el mismo bando, Sofía desobedeció su orden directa. Tomó un abrigo, bajó por el ascensor privado y se dirigió a la sede corporativa.
El piso ochenta era un caos absoluto de asistentes murmurando y teléfonos sonando sin parar.
Aprovechando la confusión general, Sofía logró esquivar a seguridad y se acercó sigilosamente a la antesala de la sala de juntas.
La pesada puerta de roble no estaba cerrada del todo; una pequeña rendija dejaba escapar la tensión que hervía en el interior, junto con la voz grave y autoritaria de Alexander.
—Caballeros, entiendo su indignación ante la filtración de este Acuerdo Prenupcial. Pero su interpretación de los hechos es completamente emocional y errónea —decía Alexander, con un tono tan gélido y calculador que hizo temblar a Sofía en el pasillo.
—¿Errónea? ¡Nos ha mentido, Blackwood! —replicó uno de los tradicionales inversores asiáticos, con la voz temblando de furia.
—Nos vendió la imagen de un hombre de familia estable, cuando en realidad contrató a una completa desconocida para engañarnos y asegurar la fusión de dos mil millones de dólares.
Hubo un silencio pesado. Sofía se apoyó contra la pared, conteniendo el aliento, rezando con todas sus fuerzas para que Alexander la defendiera. Esperaba que admitiera que, aunque todo comenzó como un frío contrato, los sentimientos que compartieron eran genuinos.
—Les vendí exactamente lo que necesitaban ver para confiar en esta empresa —respondió Alexander, su voz desprovista de cualquier rastro de calidez o humanidad—.
Soy un hombre de negocios, señores. Evalúo los riesgos y tomo las medidas necesarias para garantizar el éxito.
La señorita Bennett fue seleccionada meticulosamente porque estaba abrumada por las deudas y dispuesta a seguir instrucciones por dinero.
Fue una transacción pura y dura, un simple intercambio de beneficios.
—¿Y el viaje a Aspen? —cuestionó un miembro de la junta directiva, con tono de sospecha—. ¿La pasión y devoción que vimos? Parecía bastante real.
Sofía cerró los ojos, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. Diles la verdad, Alex. Por favor.
—Una actuación perfectamente calculada —sentenció Alexander, clavando la última estaca en el corazón de Sofía—.
¿De verdad creen que dejaría que las emociones interfirieran con el futuro de mi imperio?
Mi regla siempre fue clara: cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos.
La fachada funcionó a la perfección hasta esta lamentable brecha de seguridad.
Pero si mi falso estado civil es el único obstáculo para firmar esta fusión, les aseguro que la señorita Bennett es completamente prescindible.
Iniciaremos los trámites de divorcio hoy mismo.
Ella no significa absolutamente nada para mí.
El mundo de Sofía se hizo pedazos.
No había rastro de malentendido en el tono de él.
No sonaba como un hombre herido o acorralado; sonaba exactamente como el implacable magnate que le había ofrecido el contrato el primer día.
Para la mente destrozada de Sofía, todas sus peores pesadillas acababan de confirmarse: las caricias ardientes en la nieve de Aspen, las confesiones a la luz del fuego y el instinto protector frente a su exnovia no habían sido más que herramientas de manipulación para asegurar su preciada expansión.
Alexander no desconfiaba de ella; era mucho peor. Alexander la había usado desde el principio para su beneficio propio, y ahora que la verdad había salido a la luz y ya no le era útil, la estaba desechando con la misma facilidad con la que su expareja la había estafado en el pasado.
Con lágrimas silenciosas quemándole las mejillas y el alma destrozada en mil pedazos irreparables, Sofía dio un paso atrás.
Ya no quedaba nada por lo que luchar. Se dio la vuelta y caminó hacia los ascensores, sabiendo con dolorosa certeza que su tiempo en el mundo de Alexander Blackwood había terminado para siempre.