La Novia Secreta del Multimillonario Capítulo 14
70%

Capítulo 14

El Sabotaje.

El silencio en el penthouse de la Torre Blackwood era asfixiante.

Tras regresar de Aspen, la distancia entre Sofía y Alexander se había vuelto un abismo insalvable.

Ambos se movían por las inmensas habitaciones como fantasmas, atrapados en un océano de malentendidos y dolorosamente convencidos de que se habían enamorado perdidamente de alguien que solo estaba fingiendo.

Era martes por la mañana cuando la frágil fachada finalmente se derrumbó, pero no desde adentro, sino con un golpe letal desde el exterior.

Sofía estaba en la sala de estar sirviéndose una taza de café, intentando ignorar el dolor sordo en su pecho, cuando las puertas del ascensor privado se abrieron de golpe.

No era Alexander. Era Marcus, su abogado de confianza y mano derecha, y su rostro solía ser inexpresivo, pero hoy estaba pálido y desencajado.

—¿Dónde está Alex? —preguntó el abogado, sin siquiera saludar, aflojándose la corbata con urgencia.

Antes de que Sofía pudiera responder, Alexander salió de su despacho. Llevaba su habitual traje impecable, la armadura de implacable hombre de negocios con la que se había escudado desde que bajaron del avión.

—Marcus. ¿Qué ocurre? Se supone que la junta directiva firmaría la aprobación final de la fusión esta tarde —dijo Alexander, frunciendo el ceño ante la agitación de su amigo.

—No habrá firma, Alex. La junta ha convocado una reunión de emergencia. Y los inversores asiáticos han pausado todas las negociaciones —Marcus dejó caer un pesado maletín sobre la mesa de cristal y sacó una carpeta—. Se ha filtrado.

El aire pareció abandonar la habitación.

—¿Qué se ha filtrado? —exigió Alexander, su voz bajando a un tono peligrosamente frío.

—Todo.

Marcus deslizó sobre la mesa unas fotocopias que Sofía reconoció al instante.

El encabezado, redactado con una jerga legal impecable, rezaba: Acuerdo Prenupcial y Contrato de Matrimonio.

Estaban las cláusulas, las firmas y, lo peor de todo, los montos exactos de la transacción.

Estaba expuesta la transferencia inicial para saldar las deudas de Sofía, y la promesa de los dos millones de dólares al finalizar el acuerdo.

Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Esto fue enviado anónimamente a todos los miembros de la junta directiva ya los representantes de los inversores esta madrugada —continuó Marcus, implacable—.

Los inversores asiáticos valoran la estabilidad familiar de forma casi dogmática.

Creen que te has burlado de ellos. La junta directiva está furiosa y amenazan no solo con cancelar la fusión de dos mil millones de dólares, sino con someter a votación tu destitución como CEO por fraude corporativo.

Alexander miró los documentos. Su mandíbula se tensó hasta el punto de casi romperse, y la frialdad que irradiaba habría congelado el infierno.

En una fracción de segundo, el hombre apasionado de la cabaña de Aspen desapareció por completo, siendo reemplazado por el estratega despiadado que jugaba a ganar a cualquier costo.

—¿Cómo llegó esto a sus manos? —preguntó Alexander, su voz letal y carente de cualquier emoción—. Este contrato estaba encriptado en mis servidores privados.

—Solo tres personas tenían la contraseña de acceso a ese archivo original, Alex —dijo Marcus, tragando saliva con dificultad—. Tú, yo... y Victoria. Recuerda que ella tuvo acceso a tu sistema hace un año. Aunque cambiaste las claves, sus contactos en seguridad corporativa siempre fueron peligrosos.

—¿Victoria? —susurró Sofía, acercándose a la mesa, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta al recordar a la heredera y sus gélidos ojos azules.

Recordó la amenaza que la exnovia había escupido: Sé exactamente lo que es capaz de hacer para mantener su preciado imperio.

.. En cuanto firme esa fusión, volverás exactamente al agujero del que te sacó.

Alexander levantó la mirada hacia Sofía, y por primera vez, ella no vio protección en sus ojos grises. Vio la mirada de un depredador acorralado.

—Pero hay un problema mayor, Alex —añadió Marcus, girándose lentamente hacia Sofía con una mirada llena de suspicacia—.

La cuenta desde la que se envió el correo anónimo fue rastreada preliminarmente.

La dirección IP rebotó en varios servidores, pero el origen del último acceso.

.. coincide con la red Wi-Fi de este penthouse.

Y se envió ayer, exactamente a la hora en la que tú y yo estábamos en la oficina.

Sofía parpadeó, incapaz de procesar la acusación implícita. —¿Qué estás diciendo, Marcus? ¿Que fui yo?

—Estoy diciendo, señorita Bennett, que usted estaba sola en el penthouse —replicó el abogado, usando su apellido con una frialdad que cortaba como un cuchillo—.

Y que, si la fusión se cae, el contrato se anula y usted no recibe los dos millones.

A menos, claro, que un competidor que desea destruir a Alexander le haya ofrecido el triple por filtrar este documento.

—¡Eso es absurdo! —gritó Sofía, sintiendo la misma humillación aplastante que experimentó cuando su ex la estafó. Giró suplicante hacia su esposo—. Alexander, mírame. Sabes que yo jamás haría algo así. Tienes que creerme.

Pero Alexander no se movió. El silencio se prolongó durante un segundo que pareció una eternidad.

En su mente atormentada, los demonios de su pasado y la desastrosa guerra de sus padres le gritaban que el amor siempre terminaba en traición.

Él quería creerle con cada fibra de su ser, pero el muro de hielo que había levantado para protegerse era demasiado alto.

—Marcus, prepara el auto. Vamos a la junta —ordenó Alexander, dándole la espalda a Sofía y recogiendo los documentos con movimientos robóticos.

—¡Alexander! —exclamó Sofía, con la voz rota.

Él se detuvo en el umbral del ascensor. Miró por encima del hombro, y sus fríos ojos grises eran dos pozos vacíos.

—Quédate en el penthouse, Sofía. No salgas, no hables con la prensa y no intentes contactarme. Tengo un imperio que salvar.

Las puertas del ascensor se cerraron, dejándola sola en la inmensidad de su jaula de oro, con el corazón destrozado y la certeza absoluta de que, al final, ella siempre había sido solo un negocio.