Capítulo 12
La Escapada
El eco del beso de la noche anterior aún vibraba en los labios de Sofía cuando el jet privado de las Empresas Blackwood aterrizó suavemente en la pista nevada de Aspen, Colorado.
Había sido un viaje repentino. Alexander le había informado esa misma mañana que los tradicionales inversores asiáticos, de quienes dependía la gigantesca fusión, habían solicitado una reunión informal de fin de semana en un exclusivo resort de montaña.
Lejos del ruido corporativo de la ciudad, querían conocer a la famosa "esposa" del magnate antes de estampar sus firmas en el contrato final.
Durante el vuelo, la tensión en la cabina había sido tan densa que apenas podían mirarse sin que el recuerdo del roce de sus bocas encendiera una llama peligrosa entre ellos.
Ninguno de los dos parecía arrepentirse de haber roto las reglas, pero el peso de la realidad los mantenía en una silenciosa expectativa.
Al llegar a la inmensa cabaña de madera y cristal que Alexander había reservado, el frío exterior contrastaba brutalmente con el calor de la chimenea encendida en la sala principal. La propiedad era una fortaleza de lujo y privacidad, rodeada únicamente por un bosque de pinos cubiertos de nieve.
La cena con los inversores transcurrió impecable.
Sofía deslumbró con su inteligencia, su encanto genuino y la devoción que proyectaba cada vez que Alexander la miraba.
Pero esta vez, cuando la mano de él se posaba en la base de su espalda o cuando le sonreía al otro lado de la mesa, la actuación se sentía peligrosamente real.
Cuando finalmente despidieron a los invitados y la pesada puerta de roble de la cabaña se cerró, dejándolos en absoluta soledad, el aire pareció evaporarse.
Alexander se aflojó la corbata con un movimiento lento y deliberado, sin apartar sus tormentosos ojos grises de Sofía. Ella estaba de pie junto a la chimenea, el resplandor del fuego iluminando la seda de su vestido y resaltando el rubor natural de sus mejillas.
—Estuviste perfecta esta noche —murmuró él, su voz grave resonando en el silencio de la cabaña mientras acortaba la distancia entre ambos con pasos de depredador—. Los tienes comiendo de la palma de tu mano. El trato está prácticamente cerrado.
—Ese era el acuerdo, ¿no? —respondió Sofía, aunque su voz tembló ligeramente cuando Alexander se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y al frío de la montaña que desprendía era embriagador.
Alexander levantó la mano, trazando la línea del cuello de Sofía con un solo dedo, provocando que un escalofrío la recorriera por completo.
—Al diablo con el acuerdo —susurró él, la intensidad de su mirada quemando todas las barreras que habían intentado reconstruir durante el día—.
Ya no me importan los contratos, Sofía. Solo me importas tú.
Esa confesión, cruda y despojada de cualquier escudo corporativo, fue el golpe de gracia. Sofía acortó el último centímetro que los separaba y se alzó sobre las puntas de sus pies para capturar los labios de Alexander.
Él soltó un gruñido posesivo, envolviendo sus brazos alrededor de la cintura de ella y levantándola del suelo con facilidad. El beso no tuvo la vacilación inicial de la noche anterior; esta vez era una exigencia, un reclamo desesperado que ambos anhelaban con locura.
Los miedos, las traiciones del pasado y las dudas sobre el futuro se desvanecieron en el crepitar del fuego.
Alexander la llevó en brazos hasta la inmensa cama de la suite principal.
Las sábanas frías pronto se calentaron con la urgencia de sus caricias, la seda del vestido de Sofía cayendo al suelo y dejando paso a la veneración absoluta con la que el magnate exploró cada centímetro de su piel.
En la penumbra de la habitación, iluminada solo por las llamas y la nieve reflejando la luna, se entregaron a una pasión que los consumió por completo.
Sofía dejó de ser una empleada con deudas, y Alexander dejó de ser el implacable hombre de negocios.
Esa noche, en la cima del mundo, solo eran un hombre y una mujer descubriendo que, a veces, arriesgar el corazón es el único negocio que realmente vale la pena.