La Novia Secreta del Multimillonario Capítulo 11
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Capítulo 11

Rompiendo las Reglas

El tiempo perdió todo su significado. En la inmensidad del penthouse, el único sonido perceptible era la respiración entrecortada de ambos. Las manos de Alexander en la cintura de Sofía eran un ancla candente, atrayéndola con una fuerza posesiva y casi desesperada.

Sofía enredó los dedos en el cabello oscuro de él, sintiendo cómo el implacable magnate temblaba ligeramente bajo su toque.

Toda la lógica, todas las advertencias y cada una de las cláusulas de aquel frío contrato blindado se evaporaron de su mente.

Ya no recordaba por qué debía mantenerse alejada; solo sabía que necesitaba acortar ese último milímetro que los separaba.

—Alexander... —susurró ella, su voz apenas un hilo tembloroso en la penumbra.

Ese fue el detonante. Al escuchar su nombre pronunciado con tanta necesidad, el último rastro de autocontrol de Alexander se hizo añicos.

Él acunó el rostro de Sofía con ambas manos y capturó sus labios.

No hubo vacilación ni suavidad en ese primer contacto; fue un choque colosal, una colisión de dos mundos que llevaban semanas orbitando peligrosamente cerca.

El beso fue feroz, profundo y cargado de toda la tensión reprimida, el miedo y el deseo que habían estado acumulando en secreto.

Sofía soltó un jadeo ahogado que Alexander devoró de inmediato, profundizando el beso mientras la atraía aún más hacia él, hasta que el espacio entre ellos dejó de existir.

El calor del cuerpo de Alexander era embriagador.

Él probaba a whisky, a poder y a una vulnerabilidad oculta que solo le había revelado a ella hace apenas unos instantes.

—Sofía —murmuró él contra sus labios, su voz ronca y cargada de una oscura devoción—. Me vas a volver loco.

Las manos de Alexander recorrieron la espalda de ella con una urgencia que le robó el aliento.

Sofía le devolvió el beso con la misma intensidad, olvidando la traición de su pasado, olvidando la desesperación económica y entregándose por completo a la abrumadora realidad del presente.

Por primera vez en meses, Sofía no se sentía como una superviviente; se sentía viva, inmensamente deseada y poderosa.

Cuando finalmente se separaron para buscar aire, lo hicieron lentamente, como si despegarse requiriera un esfuerzo físico monumental.

Alexander apoyó la frente contra la de ella, con el pecho subiendo y bajando erráticamente.

Sus ojos, antes grises y fríos como el hielo, ahora estaban oscurecidos por un deseo palpable, buscando fervientemente la mirada de Sofía.

Ninguno de los dos se atrevió a hablar de inmediato.

Las palabras habrían roto la magia innegable de ese instante.

El silencio entre ellos ya no era el de dos socios de negocios lidiando con una alianza estratégica; era el reconocimiento aterrador de que habían cruzado una línea de no retorno.

La regla de oro de su acuerdo —cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos— acababa de ser completamente destrozada.

Y lo más peligroso de todo, es que ninguno de los dos parecía tener la más mínima intención de arrepentirse.