Capítulo 10
Vulnerabilidad
El mundo pareció detenerse en ese milímetro de distancia que separaba sus labios.
La respiración de Alexander acariciaba el rostro de Sofía, y por un instante infinito, ella estuvo completamente segura de que él iba a besarla.
Y lo que era aún más aterrador: ella lo deseaba con cada fibra de su ser.
Pero Alexander cerró los ojos, soltando un suspiro ronco y pesado. Retiró la mano de su mejilla con una lentitud agonizante, como si el simple acto de alejarse le causara dolor físico.
—Te ofrezco una copa —murmuró él, dándose la vuelta hacia el bar de caoba ubicado en la esquina de la sala, su voz aún rasposa por la intensidad del momento—. Creo que ambos la necesitamos.
Sofía asintió, aunque sus piernas temblaban levemente mientras se dejaba caer en el profundo sofá de cuero oscuro.
Observó la espalda ancha de Alexander mientras servía dos vasos de whisky puro.
Cuando él regresó y le tendió uno de los vasos de cristal, sus dedos se rozaron, enviando una nueva y familiar chispa a través de su piel.
Él no se sentó en el sillón individual frente a ella, como dictaría su habitual distancia profesional. En su lugar, se sentó a su lado en el sofá, lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo envolviera a Sofía.
Dieron un sorbo en silencio, dejando que el líquido ambarino quemara sus gargantas y disipara un poco la adrenalina que Victoria había dejado a su paso.
—Mis padres se destruyeron mutuamente —habló Alexander de repente, rompiendo el silencio. Su mirada gris estaba fija en el hielo de su vaso, pero su postura revelaba una vulnerabilidad que Sofía jamás había visto en él.
Ella giró el rostro hacia él, dándole toda su atención, sintiendo que le estaban confiando un tesoro invaluable.
—No fue solo un divorcio —continuó él, con la voz baja y tensa—.
Fue una guerra sangrienta. Usaron la empresa, el dinero y a mí como armas para aniquilarse.
Vi de primera mano, a través del desastroso divorcio de mis padres, cómo el llamado "amor" convertía a las personas en seres débiles, irracionales y destructivos.
Juré que jamás le daría a nadie ese tipo de poder sobre mi vida.
Y luego... cometí el error de creer que Victoria era diferente.
Sofía contuvo el aliento. —Ella dijo que la habías destruido.
Alexander soltó una risa oscura y sin humor.
—Le di acceso a mi mundo y ella intentó vender información confidencial a mi mayor competidor para financiar sus caprichos.
Cuando la descubrí y corté todos sus fondos, armó un escándalo mediático haciéndose la víctima.
Desde entonces, entendí que las emociones son un riesgo inaceptable. Hasta que firmaste ese contrato.
Él giró el rostro para mirarla, y la intensidad en sus ojos hizo que a Sofía se le acelerara el pulso.
—¿Y tú? —preguntó él suavemente, inclinándose una fracción de centímetro hacia ella—. Sé de la estafa financiera que te dejó tu expareja, pero los números en un papel no explican el terror que vi en tus ojos la noche que rompiste aquellas copas.
Sofía apretó el vaso entre sus manos, bajando la mirada. La vergüenza amenazó con asfixiarla, pero la sinceridad en la mirada de Alexander la desarmó por completo.
—No solo me dejó sin dinero —confesó ella, su voz temblando apenas—.
Me dejó sin fe en mí misma. Habíamos construido sueños juntos, un negocio en el que invertí cada centavo y cada gota de mi talento.
Cuando se fue con otra y vació las cuentas, me sentí estúpida.
Sentí que no valía nada. Que, si la persona que decía amarme podía desecharme como basura, entonces quizás yo no merecía más que eso.
Por eso lucho tanto. Por eso me aferro a mi independencia en este acuerdo.
No puedo volver a ser la debilidad de nadie.
El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era un silencio tenso ni distante. Era íntimo, profundo y absoluto. Alexander le quitó el vaso de las manos con extrema delicadeza y lo dejó sobre la mesa de centro, junto al suyo.
Luego, tomó ambas manos de Sofía entre las suyas. Sus pulgares acariciaron los nudillos de ella, trazando círculos lentos y reconfortantes.
—Mírame, Sofía —ordenó en un susurro.
Ella levantó la vista, encontrándose con unos ojos grises que ya no parecían de hielo, sino de plata fundida.
—No eres la debilidad de nadie —dijo él, cada palabra cargada de una convicción feroz—.
Eres la mujer más fuerte y valiente que he conocido.
Sobreviviste a la traición, enfrentaste mi arrogancia y, hoy, te plantaste frente a la peor versión de mi pasado sin pestañear. Nunca vuelvas a dudar de tu valor.
La sinceridad de sus palabras golpeó el corazón de Sofía con la fuerza de un huracán.
La gratitud y un deseo abrumador se mezclaron en su pecho.
Sin pensarlo, Sofía liberó una de sus manos del agarre de Alexander y, en un acto de pura valentía, la llevó al cabello oscuro de él, acariciando la nuca que tanto había deseado tocar.
Alexander cerró los ojos ante el contacto, dejando escapar un suspiro ahogado que vibró en la base de su garganta.
El control que tanto se enorgullecía de poseer se estaba desmoronando a una velocidad vertiginosa.
Lentamente, movió sus manos desde los dedos de Sofía hasta su cintura, atrayéndola hacia él hasta que sus rodillas se rozaron.
La tensión sexual en el aire era tan densa que casi podía cortarse. Ninguno de los dos hablaba. No hacía falta. En la penumbra del penthouse, con sus pasados expuestos y sus almas al desnudo, ambos sabían que las reglas del contrato estaban a punto de arder en llamas.