Capítulo 9
Defendiéndose Mutuamente
El sonido de las puertas del ascensor cerrándose tras Victoria resonó en el penthouse como el eco de un disparo.
Sin embargo, la verdadera tormenta no estaba en la humillante partida de la exnovia que acababa de desaparecer en el ascensor, sino en el silencio espeso y cargado de una tensión completamente nueva que cayó sobre la sala de estar a continuación.
Alexander seguía aferrado a la cintura de Sofía, atrayéndola a la seguridad de su costado.
Su respiración era agitada, y el calor que emanaba de su cuerpo a través de la fina tela de su camisa blanca era embriagador.
Por primera vez desde que firmaron el contrato, Sofía sintió que la implacable fachada del multimillonario se había resquebrajado.
Pudo sentir el ritmo acelerado del corazón de él latiendo contra su brazo, una revelación innegable de que el imperturbable hombre de negocios estaba mucho más afectado por la situación de lo que quería admitir.
Lentamente, como si de repente recordara quién era y las reglas que él mismo había impuesto, Alexander aflojó su agarre. Dio un paso atrás, pasándose una mano temblorosa por el cabello oscuro.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz ronca y más baja de lo habitual. Sus fríos ojos grises la escudriñaron buscando cualquier señal de daño emocional.
Sofía asintió despacio, frotándose los brazos para disipar el repentino frío que la invadió al perder el contacto con él. —Estoy bien. Solo... sorprendida. No esperaba que apareciera.
—No debió haberlo hecho —gruñó Alexander, girándose hacia el inmenso ventanal, dándole la espalda para ocultar la furia que aún tensaba sus hombros—.
Debí haber cambiado los códigos de seguridad del ascensor hace meses.
Te pido disculpas, Sofía. Fuiste expuesta a una situación denigrante que no estaba en tu contrato.
Sofía lo observó en silencio. Victoria había disparado a matar, llamándola un pequeño proyecto de caridad y recordándole que era un simple peón en su tablero, un contrato con fecha de caducidad.
Pero lo que más había sorprendido a Sofía no fueron los insultos, sino la forma feroz e instintiva en que Alexander la había protegido, creando una conexión real que iba mucho más allá de su acuerdo.
Él no había defendido una inversión para su imperio; la había defendido a ella.
Acortando la distancia entre ellos, Sofía se detuvo a un paso de su espalda. —No tienes que disculparte por las acciones de otra persona, Alexander. Ella solo quería lastimarte a ti a través de mí. Dijo que aborreces el compromiso y que yo te iba a destruir.
Alexander soltó una risa amarga y se giró lentamente para enfrentarla.
—Victoria siempre tuvo talento para el veneno.
Y no se equivoca del todo, ¿verdad? Construí este acuerdo precisamente para evitar el desastre de las emociones humanas.
Te traje a mi vida para usar tu situación a mi favor.
Soy exactamente el monstruo calculador que ella describe.
—No —lo interrumpió Sofía, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz, decidiendo defenderlo a él de sus propios demonios—.
Un monstruo no se habría interpuesto como tú lo hiciste hoy.
Un hombre puramente calculador habría dejado que ella me humillara para mantener las apariencias. Tú no eres lo que ella dice.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, frágiles pero cargadas de una honestidad abrumadora.
Alexander la miró, realmente la miró, como si estuviera viendo a la única persona capaz de descifrar un código que él mismo había olvidado.
Levantó la mano y, esta vez, no se detuvo.
Sus largos y cálidos dedos rozaron suavemente la mejilla de Sofía.
El contacto fue electrizante. Sofía cerró los ojos por un microsegundo, apoyándose instintivamente en el toque.
—Eres peligrosa, Sofía Bennett —susurró él, su pulgar acariciando la línea de su mandíbula, borrando todas y cada una de las líneas que habían jurado no cruzar—. Muy peligrosa.
El espacio entre ellos se redujo a la nada.
Sofía podía saborear el aire compartido, y por un momento de infarto, la innegable verdad se hizo evidente: el verdadero peligro no era la junta directiva ni la exnovia, sino la abrumadora posibilidad de que ambos estuvieran cayendo irremediablemente el uno por el otro.