La Novia Secreta del Multimillonario Capítulo 8
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Capítulo 8

El Primer Obstáculo

El penthouse de Alexander, con sus inmensos ventanales y su mobiliario monocromático, había empezado a sentirse menos como un museo y un poco más como un campo de batalla neutral durante la última semana.

Sofía y Alexander habían establecido una rutina de silenciosa coexistencia, esquivándose hábilmente por los pasillos y actuando su papel a la perfección durante un par de cenas de negocios.

Pero la frágil paz estaba a punto de hacerse añicos.

Sofía se encontraba en la sala de estar, revisando la agenda de eventos benéficos que el asistente de Alexander le había entregado, cuando el suave y distintivo timbre del ascensor privado rompió el silencio.

Frunció el ceño. Alexander le había dicho que pasaría toda la tarde en la oficina lidiando con la junta directiva.

Las puertas de acero pulido se abrieron, pero no fue su "esposo" quien salió.

Una mujer despampanante, envuelta en un abrigo rojo escarlata de diseñador y unos tacones de aguja que repicaban contra el suelo de mármol como disparos de advertencia, entró al penthouse como si fuera la dueña del lugar.

Su cabello rubio platino caía en ondas perfectas, y sus gélidos ojos azules se clavaron en Sofía con la precisión de un francotirador.

Sofía se puso de pie lentamente, sintiendo que el aire de la habitación se volvía pesado. No necesitaba presentaciones para saber quién era. Había visto su rostro en las carpetas de investigación de la prensa del corazón. Era Victoria Sterling. La heredera, y la exnovia de Alexander.

—Vaya, vaya —ronroneó Victoria, cruzando la sala con paso depredador, sin molestarse en ocultar su desdén mientras escaneaba a Sofía de pies a cabeza—.

Así que tú eres el pequeño proyecto de caridad que Alex recogió de la calle.

Debo admitir que sus abogados hicieron un buen trabajo vistiéndote, pero la ropa de seda no puede ocultar la desesperación, cariño.

Sofía alzó la barbilla, negándose a dejarse intimidar. Había lidiado con cobradores aterradores y con la traición en su forma más cruda; una mujer mimada con complejo de superioridad no iba a hacerla retroceder.

—No sé cómo lograste saltarte la seguridad, Victoria —respondió Sofía, manteniendo un tono de voz peligrosamente calmado—. Pero este es mi hogar ahora. Y te voy a pedir que te vayas.

Victoria soltó una carcajada seca, carente de cualquier humor.

—¿Tu hogar? Por favor. Conozco a Alexander Blackwood mejor que nadie.

Sé exactamente lo que es capaz de hacer para mantener su preciado imperio.

Este teatrito del matrimonio feliz puede engañar a esos inversores anticuados, pero a mí no.

Alex aborrece el compromiso. Solo eres un peón en su tablero, un contrato con fecha de caducidad.

En cuanto firme esa fusión, volverás exactamente al agujero del que te sacó.

Las palabras golpearon a Sofía donde más dolía, no porque fueran crueles, sino porque en el fondo, sabía que eran la verdad técnica de su acuerdo. Sin embargo, antes de que pudiera replicar, la pesada puerta del despacho principal de la casa —que Sofía creía vacío— se abrió de golpe.

—Estás cruzando una línea muy peligrosa, Victoria.

La voz de Alexander resonó en la inmensa sala como un trueno. Llevaba una camisa blanca sin corbata, con las mangas remangadas, y su rostro era una máscara de pura y letal furia fría. Caminó directamente hacia Sofía, sin siquiera mirar a su exnovia.

Con un movimiento fluido y posesivo que tomó a ambas mujeres por sorpresa, Alexander rodeó la cintura de Sofía con su brazo atrayéndola firmemente contra su costado. El calor que emanaba de su cuerpo era un ancla repentina en medio del caos.

—Te di las llaves de acceso hace dos años y pensé que habías tenido la dignidad de tirarlas —siseó él, clavando finalmente su mirada de hielo en Victoria—. Es la última vez que irrumpes en mi propiedad, y será la última vez que le hablas a mi esposa en ese tono.

El rostro de Victoria palideció por una fracción de segundo ante el evidente instinto protector de Alexander. Esa no era la reacción de un hombre que solo estaba defendiendo una inversión financiera.

—Oh, no me digas que te estás creyendo tu propia mentira, Alex —escupió ella, aunque su voz tembló levemente por la rabia—. Ella no pertenece a nuestro mundo. Te va a destruir.

—La única persona que intentó destruirme fuiste tú —sentenció él, señalando las puertas del ascensor con la mano libre—. Fuera de mi casa. Ahora. Y si vuelvo a enterarme de que te acercas a Sofía, me aseguraré de que la empresa de tu padre sufra las consecuencias.

Derrotada y humillada, Victoria giró sobre sus tacones y desapareció en el ascensor.

El silencio volvió a caer sobre el penthouse, espeso y cargado de una tensión completamente nueva.

Alexander no soltó la cintura de Sofía. De hecho, la atrajo un milímetro más cerca, y Sofía pudo sentir el ritmo acelerado del corazón de él latiendo contra su brazo, revelando que el imperturbable multimillonario estaba mucho más afectado por la situación de lo que quería admitir.

El juego había escalado, y los peligros de fingir un matrimonio se volvían cada vez más reales.