Capítulo 7
Viviendo Juntos
El silencio sepulcral del penthouse de Alexander resultaba casi ensordecedor a la mañana siguiente.
Sofía se despertó en una inmensa cama de sábanas de seda que costaban más que el alquiler de un año en su antiguo y helado apartamento.
Fiel a sus exigencias antes de firmar el contrato, Alexander le había otorgado su propia habitación y absoluta privacidad de puertas para adentro.
Sin embargo, la inmensidad del lugar no la hacía sentir libre; la hacía sentir como un pájaro en una elegante jaula de oro.
La noche anterior en el evento benéfico había sido un torbellino de luces, flashes de los paparazzi y miradas curiosas. Pero lo que más había alterado los nervios de Sofía no fue la prensa, sino la constante, cálida y posesiva presencia de la mano de Alexander en la base de su espalda.
Decidida a recuperar el control de sus emociones, se puso unos pantalones de chándal desgastados y una camiseta holgada —un pequeño acto de rebelión contra el mundo de alta costura que ahora se esperaba que habitara— y salió en busca de la cocina.
El penthouse, con sus muebles de líneas rectas y tonos monocromáticos, parecía el escenario de una revista de diseño donde nadie realmente vivía. Pero al doblar la esquina hacia la inmensa cocina de mármol negro, Sofía se detuvo en seco.
Alexander Blackwood estaba allí.
Ya no llevaba el impecable esmoquin hecho a la medida de la noche anterior.
Llevaba unos pantalones de tela oscura que colgaban bajos en sus caderas y, para sorpresa de Sofía, una simple camiseta negra que se ajustaba peligrosamente a sus brazos trabajados y a la amplitud de sus hombros.
Ver al implacable multimillonario despojado de su armadura corporativa y sosteniendo una simple taza de café humeante resultaba una imagen tan íntima que a Sofía le faltó el aire por un instante.
Alexander levantó la vista del periódico financiero que estaba leyendo en su tableta. Sus fríos ojos grises la escanearon de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en el dobladillo deshilachado de su camiseta.
—Buenos días, esposa —murmuró él, con un rastro de ironía en su voz grave—. Veo que el glamour de anoche se ha evaporado rápido.
Sofía alzó la barbilla, sintiendo cómo la chispa de su obstinada supervivencia se encendía en su pecho. —Buenos días, señor Blackwood. El contrato estipulaba que actuaría como una esposa devota frente a las cámaras y sus socios. En mi tiempo libre, y en mi espacio privado, me visto como quiero.
—Este es mi penthouse, señorita Bennett —replicó él, dejando la taza sobre la isla de mármol con un ligero tintineo que resonó en el silencio—. Y le sugiero que se acostumbre a mi presencia.
—Me acostumbraré a su presencia siempre y cuando usted respete las líneas que trazamos —contraatacó ella, acortando la distancia para alcanzar la cafetera—. Cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos. ¿Recuerda?
Alexander se giró lentamente hacia ella, apoyando las manos en el borde del mármol, acorralándola sutilmente en el rincón del mostrador. La diferencia de altura era evidente, y el ligero aroma a sándalo y café recién hecho que emanaba de él invadió los sentidos de Sofía, nublando su mente racional.
—Lo recuerdo perfectamente, Sofía —dijo Alexander, su voz bajando una octava, sonando más como una advertencia que como una confirmación—. Pero vivir juntos requiere ciertos ajustes. Somos dos personas acostumbradas a tener el control, y en este espacio, mis reglas imperan.
—No soy una de sus empleadas a las que puede dar órdenes —susurró ella, incapaz de retroceder, con el pulso acelerado.
Alexander levantó una mano y, por un segundo de infarto, Sofía creyó que iba a tocarle la mejilla.
En cambio, él pasó de largo, agarrando la manija de la cafetera justo al lado del brazo de ella.
Su pecho rozó el hombro de Sofía de manera fugaz, enviando la misma descarga eléctrica que había sentido en la alfombra roja directo a su espina dorsal.
—No, no lo es —concedió él, sirviéndole una taza de café negro y deslizándola hacia sus manos temblorosas—. Es mi esposa. Y le sugiero que aprenda a jugar ese papel sin quemarse.
Alexander tomó su tableta y salió de la cocina con paso firme, dejando a Sofía sola con su café y con la abrumadora certeza de que la verdadera batalla no sería mantener el secreto frente a la prensa, sino evitar que la peligrosa proximidad física la hiciera olvidar que todo era una simple transacción de negocios.