La Novia Secreta del Multimillonario Capítulo 6
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Capítulo 6

La Transformación

El viaje en la parte trasera del discreto y lujoso sedán negro fue un borrón para Sofía.

Cuando el chofer, tal como Alexander había indicado, la dejó frente a las puertas del ascensor privado de la Torre Blackwood, sintió que estaba cruzando el umbral hacia una dimensión completamente ajena a la suya.

El penthouse de Alexander era una obra maestra de poder y frialdad: enormes ventanales del piso al techo que ofrecían una vista dominante de la ciudad iluminada, muebles de líneas rectas en tonos monocromáticos y un silencio tan sepulcral que resultaba ensordecedor.

Sin embargo, Sofía apenas tuvo tiempo de asimilar su nueva realidad antes de ser interceptada por un equipo de estilistas impecablemente vestidos.

—El señor Blackwood nos dio instrucciones estrictas, señorita Bennett —dijo una mujer de gafas de montura gruesa, guiándola hacia una inmensa suite—. Tienen un evento de caridad esta noche para presentarla en sociedad, y usted debe lucir perfecta.

Sofía, comprendiendo que esto era parte del trabajo, se dejó hacer.

La transformación fue exhaustiva y silenciosa.

Cuando finalmente el equipo se retiró y ella se miró en el inmenso espejo de cuerpo entero, el aliento se le atascó en la garganta.

La joven cansada, vestida con uniformes desgastados y abrumada por las deudas, había desaparecido.

En su lugar, devolviéndole la mirada, había una mujer despampanante envuelta en un vestido de seda esmeralda que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel.

Llevaba el cabello recogido en un elegante moño que dejaba al descubierto su cuello, y unos delicados diamantes brillaban en sus lóbulos.

—Estás lista —anunció una voz grave desde el umbral de la puerta.

Sofía se giró con el corazón latiendo desbocado.

Alexander estaba recostado contra el marco, luciendo un esmoquin hecho a la medida que realzaba su imponente y atlética figura.

Sus fríos ojos grises, usualmente inexpresivos, recorrieron el cuerpo de Sofía de pies a cabeza con una lentitud deliberada.

Por un microsegundo, la gélida armadura del multimillonario pareció resquebrajarse, revelando un destello de cruda, oscura e innegable admiración.

—Estás... impecable —dijo él, recuperando su tono profesional casi de inmediato, aunque la ligera ronquera en su voz lo delató—. Es hora de irnos. Recuerda nuestro acuerdo: a partir del momento en que salgamos de estas paredes, te convertirás en una esposa devota frente a las cámaras y mis socios.

Sofía asintió, alzando la barbilla con esa obstinación que a él tanto le intrigaba. —Entendido. Cumpliré con mi parte frente al mundo.

Veinte minutos después, el auto se detuvo frente a la alfombra roja del evento.

El destello intermitente de los flashes de los paparazzi iluminaba la noche como si fuera una tormenta eléctrica.

Sofía sintió que el pánico amenazaba con paralizarla, pero antes de que pudiera dudar o retroceder, la gran y cálida mano de Alexander se posó firmemente en la base de su espalda baja.

El contacto fue posesivo, seguro y envió una descarga eléctrica a través de la fina seda del vestido esmeralda directo hasta su espina dorsal.

—Sonríe, mi amor —susurró Alexander cerca de su oído, su aliento rozando la piel sensible de su cuello y provocándole un escalofrío que nada tenía que ver con el clima nocturno—. El mundo entero está mirando.

Y con una sonrisa brillante y perfectamente ensayada, Sofía dio su primer paso hacia la jaula de oro, dándose cuenta con aterrorizante claridad de que fingir estar enamorada de Alexander Blackwood iba a ser mucho más peligroso que cualquier problema que hubiera tenido en el pasado.