Capítulo 3
El Encuentro
El uniforme de camarera, una talla más grande de lo que necesitaba, picaba en el cuello, pero Sofía lo ignoró.
Como una joven talentosa y trabajadora, estaba acostumbrada a dar el cien por ciento en todo lo que hacía.
Sin embargo, servir copas de champán en la exclusiva gala benéfica de la Torre Blackwood no estaba en sus planes de vida originales.
Era un trabajo temporal, uno de los tres que había conseguido esa semana para intentar frenar la avalancha de facturas que amenazaba con aplastarla.
El inmenso salón de baile era un deslumbrante mar de diamantes, trajes de alta costura y murmullos elitistas.
Sofía se movía entre la multitud con la cabeza baja, equilibrando la pesada bandeja de plata con una destreza nacida de la pura necesidad.
Solo tenía que aguantar tres horas más para cobrar su cheque.
Al otro lado del salón, Alexander Blackwood observaba la fiesta desde la sombra de un balcón privado, con un vaso de whisky intacto en la mano.
Su mente no estaba en la música de jazz ni en las sonrisas fingidas de los invitados, sino en las palabras de Marcus: necesitaba una mujer discreta, inteligente, que supiera seguir instrucciones y que necesitara dinero.
Cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos.
Fue entonces cuando la vio.
Un invitado bastante pasado de copas había acorralado a una de las camareras cerca de una de las columnas de mármol.
Alexander entornó los ojos, preparándose para llamar a seguridad, pero se detuvo al ver la reacción de la chica.
Sofía no retrocedió ni se encogió. Con una postura firme y una frialdad sorprendente, le susurró algo al hombre, dándole la vuelta a la situación con tanta elegancia que el invitado simplemente asintió, abochornado, y se alejó rápidamente.
Alexander arqueó una ceja. Interesante, pensó. Era evidente que no pertenecía a su círculo y, por la forma en que su mirada se clavaba en las puertas de salida, deseaba estar en cualquier otro lugar.
Decidido a intervenir, o quizás impulsado por una curiosidad inusual, Alexander bajó las escaleras. Sus pasos lo llevaron directamente hacia la trayectoria de Sofía, quien, apresurada por volver a las cocinas, giró por el pasillo sin mirar.
El impacto fue inevitable.
La bandeja de plata chocó contra el inmaculado pecho del traje de Alexander, enviando dos copas de cristal directamente al suelo, donde se hicieron añicos con un estruendo ensordecedor. El líquido dorado salpicó los costosos zapatos del multimillonario.
El pasillo entero pareció contener la respiración.
—Lo... lo siento muchísimo —murmuró Sofía, palideciendo al instante mientras se agachaba apresuradamente para recoger los cristales rotos, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta. Si le descontaban esas copas de su sueldo, no tendría para comer el resto de la semana.
Alexander la miró desde arriba. En lugar de gritarle o exigir su despido inmediato, sus fríos ojos grises la escanearon con la precisión de un halcón.
Notó el ligero temblor en sus manos, la ropa desgastada debajo del delantal y, cuando ella levantó el rostro, la fiereza obstinada en sus ojos color miel.
—Deja eso —ordenó él, con una voz profunda que no admitía réplicas—. Te vas a cortar.
—Puedo pagarlo —soltó ella de inmediato, levantándose para enfrentarlo, aunque él le sacaba una cabeza de altura—. Por favor, no llame a mi supervisor. Descuéntelo de mi pago, pero necesito este trabajo.
La confesión fue rápida, cruda y desesperada. Alexander sintió que los engranajes de su mente encajaban perfectamente. Era hermosa, era fuerte, no se dejaba intimidar fácilmente y, lo más importante de todo, estaba desesperada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, ignorando por completo el desastre en el suelo y el champán en sus zapatos.
—Sofía. Sofía Bennett.
Alexander asintió lentamente, memorizando el nombre. Acababa de encontrar exactamente lo que buscaba.
—Acompáñame, señorita Bennett. Tenemos negocios que discutir.