Capítulo 2
El Imperio de Alexander.
Desde el piso ochenta de la Torre Blackwood, la ciudad parecía un simple tablero de ajedrez, y Alexander siempre jugaba a ganar.
A los ojos del mundo, Alexander Blackwood lo tiene todo: dinero, poder y una reputación impecable como uno de los empresarios más influyentes del país.
Sin embargo, esa mañana, el potente aire acondicionado de su inmensa oficina de cristal y acero no era suficiente para enfriar la tensión que se respiraba en la sala.
Frente a él, su abogado de confianza y mano derecha, Marcus, hojeaba un denso expediente con el ceño fruncido.
—La junta directiva está nerviosa, Alex —dijo Marcus, cerrando la carpeta de golpe—.
Los inversores asiáticos con los que estamos a punto de firmar son extremadamente tradicionales.
Valoran la estabilidad familiar tanto como la rentabilidad financiera.
Tu historial de soltero empedernido y las fotos de la semana pasada saliendo de aquel club en Mónaco no ayudan a proyectar la imagen del "hombre de familia" en el que quieren confiar su capital.
Alexander apretó la mandíbula, girándose hacia el ventanal.
Odiaba que su vida personal interfiriera con los negocios.
Había construido su imperio a base de disciplina de hierro y decisiones calculadas, pero ahora se enfrentaba a la presión de la junta directiva y a la inminente necesidad de una esposa para no perder el trato de su vida.
—Es una fusión de dos mil millones de dólares, Marcus. No voy a permitir que un grupo de ancianos conservadores me arrebaten el control de esta expansión por no tener un anillo en el dedo.
—Entonces dales lo que quieren —sugirió Marcus, encogiéndose de hombros—. Cásate. Lo único que le falta es una esposa que lo ayude a proteger una importante negociación que podría cambiar el futuro de su imperio.
Alexander lo fulminó con la mirada. La palabra "matrimonio" le provocaba casi tanta aversión como la palabra "fracaso".
Había visto de primera mano, a través del desastroso divorcio de sus padres y de su propia y tormentosa exnovia, cómo el llamado "amor" convertía a las personas en seres débiles, irracionales y destructivos.
Él no estaba dispuesto a darle a nadie ese tipo de poder sobre su vida, sus emociones o su fortuna.
—No voy a atarme a nadie. Las relaciones reales son un pasivo inaceptable.
—No tiene que ser real —replicó el abogado, bajando la voz—.
Solo tiene que parecerlo. Un contrato blindado.
Una mujer discreta, inteligente, que sepa seguir instrucciones y que necesite dinero tanto como tú necesitas esta alianza.
Cien por ciento negocios, cero por ciento sentimientos.
Cuando la fusión se consolide y las acciones suban, se divorcian amigablemente alegando diferencias irreconciliables.
Alexander se quedó en silencio, procesando la idea. Era poco ortodoxo, sí, pero brillante en su frialdad matemática. Un matrimonio de conveniencia. Una transacción pura y dura. Nada de corazones rotos, nada de dramas emocionales. Solo un intercambio mutuo de beneficios.
—Necesitaré a alguien impecable —murmuró Alexander, su mente de estratega ya trabajando a toda velocidad—.
Alguien que no pertenezca a mi círculo, que no haga demasiadas preguntas y que esté en una situación lo suficientemente desesperada como para firmar un acuerdo de confidencialidad inquebrantable.
—Dejaré que un equipo de confianza empiece una búsqueda discreta.
—Hazlo —ordenó Alexander, abotonándose el saco de su traje a la medida con renovada determinación y una mirada de hielo—. Encuentra a mi futura esposa.