La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Atrapados Por La Nieve

Cedar Hollow Lodge tenía el tipo de elegancia que se construye para parecer rústica: vigas de madera auténtica traídas de algún otro bosque, chimeneas de piedra que ningún leñador local había levantado, y ventanales enormes que enmarcaban los pinos cargados de nieve como si fueran cuadros colgados con ese único propósito.

Emma llevaba media hora en el vestíbulo y ya había contado, sin proponérselo, a cuántas personas distintas Gerald Black había saludado con la misma sonrisa exacta.

—Sonríe menos —le dijo Alexander en voz baja, inclinándose apenas hacia ella mientras un camarero les ofrecía una copa de vino que ninguno de los dos pensaba terminar—. Pareces una recién casada nerviosa.

—Soy una recién casada nerviosa.

—Entonces sonríe justo así. Perfecto.

Había algo casi cómodo en la forma en que él decía esas cosas, un humor seco que Emma no esperaba de un hombre que dirigía un imperio de logística naval desde una torre sin ventanas al mar, y que sin embargo, cada vez que aparecía, le hacía más difícil recordar que aquello era, en esencia, una actuación con contrato notarial.

—Margaret Ellison está mirándonos —murmuró Emma, sin mover apenas los labios, una habilidad que había perfeccionado en tres semanas de galas y cenas de consejo.

—Margaret Ellison mira a todo el mundo así. Es jueza retirada. Lo lleva en la sangre.

—¿Y tu tío?

Alexander no necesitó girar la cabeza para saber dónde estaba Gerald; Emma había notado que nunca lo hacía, que siempre parecía saber la posición exacta de su tío en cualquier sala, como un marino que calcula la distancia a un arrecife sin necesidad de mirarlo.

—Mi tío —dijo, con una calma que a Emma ya no le engañaba del todo— está decidiendo si esto es real.

—¿Y lo es?

La pregunta le salió antes de que pudiera pensarla, ligera en apariencia, cargada en realidad, y Alexander la miró un instante de más antes de responder.

—Pregúntame eso después de la tormenta.

El retiro del fideicomiso se prolongó toda la tarde en una sucesión de conversaciones que a Emma le costaba seguir del todo: cifras de reestructuración portuaria, informes trimestrales, un brindis por el aniversario de la fundación de la compañía que Gerald pronunció con una elocuencia que solo hacía más evidente su ambición subyacente.

Emma se descubrió actuando su papel con una naturalidad que la inquietaba: la mano en el brazo de Alexander en el momento justo, la risa contenida ante un comentario sin gracia de un trustee mayor, la mirada que sostenía un segundo de más cuando alguien preguntaba, con curiosidad velada, cómo se habían conocido.

—Fue rápido —decía Alexander cada vez, con una versión ligeramente distinta de la misma mentira ensayada—. A veces uno simplemente lo sabe.

Gerald se acercó justo antes de la cena, con una copa en la mano y esa sonrisa que nunca terminaba de subir hasta los ojos.

—Señora Black. —Todavía le costaba a Emma no sobresaltarse con el apellido, tres semanas después—. Alexander la ha mantenido bastante oculta hasta ahora. Empezaba a preguntarme si existía de verdad.

—Prefiero el trabajo tranquilo a los eventos sociales —dijo Emma, con la sonrisa que había practicado frente al espejo la noche anterior—. Restauro papel antiguo. No hay mucha vida social en eso.

—Papel antiguo. —Gerald repitió las palabras como si las probara, buscándoles un sabor oculto—. Qué oficio tan meticuloso. Imagino que hace falta un ojo muy entrenado para distinguir lo auténtico de lo que solo lo parece.

—Hace falta paciencia —dijo Emma—. Lo auténtico siempre acaba por notarse. Solo hay que saber mirar el tiempo suficiente.

Algo cruzó la expresión de Gerald entonces, tan breve que Emma no habría podido jurar que lo había visto de no ser porque Alexander, a su lado, se tensó un grado que solo alguien que llevaba semanas estudiando sus silencios habría podido detectar.

—Qué filosofía tan útil —dijo Gerald finalmente—. Disfruten de la cena.

Se alejó hacia otro grupo, dejando tras de sí la sensación, ya familiar para Emma, de haber sido examinada bajo un microscopio que no terminaba de revelar lo que buscaba.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Emma en voz baja, en cuanto Gerald estuvo lo bastante lejos.

—Nada —dijo Alexander, aunque su mandíbula seguía tensa—. Mi tío disfruta viendo si la gente se rompe bajo presión. Tú no te has roto. Eso es todo lo que necesita saber por hoy.

La ventisca empezó poco después de la cena, primero como un rumor contra los cristales, después como una certeza. A las nueve, el director del hotel apareció en el salón principal con el gesto incómodo de quien trae malas noticias a gente acostumbrada a no recibirlas.

—Lamento informarles de que la carretera de acceso ha quedado cerrada por acumulación de nieve. El servicio meteorológico no prevé que se reabra antes de mañana al mediodía. Hemos preparado habitaciones adicionales para quienes no tuvieran previsto pasar la noche, pero...

Hizo una pausa que ya anunciaba el problema.

—Con la reunión de mantenimiento programada para esta semana, el hotel opera con capacidad reducida. Nos quedan habitaciones limitadas. Haremos lo posible por acomodar a todos los huéspedes de la manera más cómoda posible.

"Lo posible" resultó ser, según descubrieron veinte minutos más tarde en la recepción, una sola habitación disponible para el señor y la señora Black, con una cama.

Una.

—Podemos pedir un catre —dijo Emma, mirando la habitación desde el umbral como si fuera un problema de ingeniería que se pudiera resolver con suficiente determinación.

—Ya lo he preguntado. —Alexander dejó la bolsa junto a la puerta, con una expresión que intentaba, sin mucho éxito, parecer despreocupada—.

No queda ninguno en todo el hotel. Hay una convención de mantenimiento de calderas, aparentemente, y todos los catres extra están ocupados por técnicos que llegaron antes que nosotros.

—Claro. Calderas.

—El universo tiene un sentido del humor muy específico esta noche.

La habitación, al menos, era grande: una chimenea de piedra ya encendida por el personal del hotel, un ventanal que daba a la ladera blanca donde la nieve caía con una intensidad casi silenciosa, y una cama de tamaño considerable que, sin embargo, no dejaba de ser una sola cama.

—Puedo dormir en el sillón —dijo Alexander, señalando el asiento junto a la ventana, que era, generosamente hablando, apto para una persona de constitución bastante más pequeña que la suya.

—Es un sillón para leer, no para dormir. Vas a despertarte con la columna hecha un nudo y mañana tenemos otra ronda de reuniones donde tienes que parecer un hombre funcional.

—¿Me estás ofreciendo la cama?

—Te estoy ofreciendo sentido común. —Emma se cruzó de brazos, mirando la cama con la misma expresión con que había mirado el mapa falsificado de Bertrand semanas atrás, como si el objeto en cuestión tuviera algo que confesar—.

La cama es lo bastante grande. Ponemos una línea imaginaria en el medio y cada uno se queda en su lado. No es tan complicado.

—No es tan complicado —repitió Alexander, con un tono que sugería que sí lo era, un poco, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

Apagaron la luz principal y dejaron solo el resplandor de la chimenea, que proyectaba sombras largas y anaranjadas sobre el techo de vigas.

Emma se tendió en su lado de la cama, tan al borde que casi rozaba la mesita de noche, escuchando el crepitar del fuego y, más allá, el silbido constante del viento contra el cristal.

—Emma.

—¿Sí?

—Gracias. Por lo de esta tarde. Con Gerald.

—No he hecho nada especial.

—Has hecho exactamente lo correcto. —La voz de Alexander llegaba desde el otro lado de la cama, más grave en la oscuridad de lo que sonaba a la luz del día—. Es raro. Llevo toda la vida entrenándome para no necesitar que nadie haga lo correcto por mí.

Emma se quedó mirando el techo, donde las sombras del fuego se movían despacio, como si también ellas estuvieran decidiendo qué decir.

—¿Y qué se siente? —preguntó, en voz más baja de lo que había planeado—. Necesitarlo, quiero decir.

Hubo un silencio largo antes de que Alexander respondiera, y cuando lo hizo, su voz tenía una textura distinta, algo que Emma no había escuchado antes en él, ni en las galas ni en las cenas ni en los pasillos de la torre de cristal.

—Incómodo. —Una pausa—. Y no tan terrible como esperaba.

El viento aulló contra la ventana, y en algún lugar bajo la nieve la carretera seguía cerrada, y la línea imaginaria en medio de la cama seguía ahí, invisible, sostenida por ambos con el mismo cuidado con que se sostiene algo que se sabe frágil.

Emma no supo en qué momento exacto se quedó dormida.

Solo supo que, al amanecer, la línea imaginaria había desaparecido en algún punto de la noche, y que su mano descansaba a apenas un par de centímetros de la de Alexander sobre la sábana, ninguno de los dos lo bastante despierto todavía para decidir si aquello contaba como una regla rota o solo como el frío de una habitación con una sola chimenea intentando calentar demasiado espacio.

Afuera, la nieve seguía cayendo, indiferente a los contratos, a las reglas, y al hombre que, en algún piso más abajo del hotel, seguía anotando en silencio todo lo que veía.