La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Pantalla De Carga

Black Meridian Tower tenía la clase de vestíbulo que parecía diseñado para hacer sentir pequeño a cualquiera que no llevara su nombre grabado en una placa de bronce en algún piso superior.

Emma lo cruzó con el paso rápido de quien no quiere que la miren dos veces, con la carpeta de documentos que Naomi le había pedido que le entregara personalmente a Alexander bajo el brazo, y subió en el ascensor privado hasta el piso cuarenta, donde las puertas de cristal esmerilado anunciaban en letras discretas: OFICINA DEL DIRECTOR EJECUTIVO.

Alexander estaba en una reunión que se había alargado más de lo previsto, según le informó su asistente con una disculpa profesional, así que Emma se sentó en la sala de espera contigua, una habitación de líneas limpias y sillones de cuero que olían todavía a nuevo, y sacó el teléfono para entretenerse mientras esperaba.

Fue entonces, casi por accidente, cuando alzó la vista hacia la pantalla que ocupaba toda una pared del vestíbulo interior: un monitor gigante mostrando, en bucle silencioso, la interfaz corporativa de Meridian Route, la plataforma logística que Black Meridian había heredado —según le había explicado Alexander alguna vez, de pasada, sin darle demasiada importancia— de una empresa más pequeña absorbida años atrás.

La pantalla mostraba, en ese momento, la animación de carga que aparecía cada vez que el sistema procesaba una ruta nueva: un círculo de progreso girando lentamente alrededor de un ícono minimalista, el tipo de diseño que un departamento de marca habría aprobado sin pensarlo dos veces.

Emma lo miró sin verlo realmente, del mismo modo distraído en que se mira cualquier pantalla ajena en una sala de espera. Y entonces algo en el ícono la hizo detenerse.

No era un círculo simple, ni una flecha, ni ninguno de los símbolos genéricos de "cargando" que había visto en mil aplicaciones distintas.

Era, si se miraba con atención —y Emma llevaba media vida entrenando los ojos para mirar con atención cosas que los demás pasaban por alto— la silueta diminuta de un farol de papel, del tipo que se lanza al agua en ciertas festividades costeras, con una línea curva debajo que bien podría representar una ola o, si una tenía la imaginación lo suficientemente entrenada en la lectura de marcas de agua y monogramas antiguos, una firma estilizada.

Se acercó un paso, entrecerrando los ojos.

—¿Le interesa el diseño de nuestra interfaz, señora Black?

La voz de Julian la sobresaltó lo suficiente como para que se llevara una mano al pecho. Él estaba de pie a pocos metros, con una tableta bajo el brazo y esa sonrisa profesional que nunca terminaba de subirle del todo hasta los ojos.

—Perdón, no te oí llegar. —Emma señaló la pantalla con un gesto casual, aunque su curiosidad seguía intacta—. Es curioso ese ícono de carga. Parece un farolito.

Julian miró la pantalla como si la viera por primera vez, aunque Emma sospechó, por la fracción de segundo que tardó en responder, que no era así.

—Es un remanente del diseño original de Meridian Route.

La plataforma vino con la adquisición hace años; nunca nadie se molestó en rediseñar los detalles menores.

Cosas así se quedan pegadas en el código como fósiles.

—¿Adquisición de qué empresa?

—Lantern Route Systems. —Julian lo dijo con una ligereza tan estudiada que a Emma le pareció casi teatral, aunque no sabría decir por qué—. Una compañía de logística naviera, hace ya bastantes años. El señor Black padre la absorbió cuando yo todavía ni trabajaba aquí.

—Lantern Route. —Emma repitió el nombre en voz baja, sintiendo algo parecido a un cosquilleo en la nuca que no supo explicar—. Tiene sentido, entonces. El farolito.

—Un capricho de algún diseñador que nadie recuerda. —Julian consultó su reloj con una premura repentina—. Si me disculpa, tengo que revisar un par de cosas antes de que termine la reunión del señor Black. Puede esperarlo aquí, no debería tardar mucho más.

Se marchó con esa misma eficiencia nerviosa que Emma había notado en él desde la primera noche en The Aerie, y ella se quedó un momento más frente a la pantalla, observando cómo el círculo de progreso completaba su vuelta y desaparecía, dando paso a una lista de rutas de envío que no significaban nada para ella.

Un farolito de papel. Una empresa con nombre de farol.

Probablemente no era nada, se dijo, guardando el teléfono en el bolso.

El mundo estaba lleno de coincidencias de diseño, de detalles heredados que nadie molestaba en cambiar.

Ella misma había visto documentos oficiales con errores tipográficos de hacía cien años que nadie se había atrevido jamás a corregir, por pura inercia institucional.

Aun así, cuando Alexander salió por fin de su reunión, disculpándose por la demora con un beso breve en la sien que a esas alturas ya no le pareció tan extraño como debería, Emma se sorprendió guardándose la pregunta sobre el farolito en lugar de hacerla en voz alta.

No sabría explicar por qué. Solo sabía que había algo en el modo en que Julian había pronunciado "Lantern Route" que no terminaba de encajar con la ligereza de sus palabras, y que prefería observar un poco más antes de preguntar.

—Gerald quiere organizar un fin de semana con los fideicomisarios —anunció Alexander esa noche, mientras servía dos copas de vino en la cocina de The Aerie, con la misma naturalidad con que anunciaría el clima—.

Cedar Hollow. Un pabellón de montaña que la familia usa desde hace generaciones para este tipo de reuniones "informales".

—¿Informales entre comillas?

—Muy entre comillas. —Alexander le tendió una copa y se apoyó contra la encimera—. Gerald las llama así porque técnicamente no son reuniones de junta, así que no quedan registradas en ningún acta. Pero todos los que asisten saben que es donde de verdad se deciden las cosas.

Emma dio un sorbo, pensativa. —¿Y por qué ahora?

—Porque quiere vernos. —La mirada de Alexander se volvió más seria—. A los dos, fuera de un escenario controlado como una cena de cumpleaños. Quiere ver cómo actuamos cuando creemos que nadie está prestando atención de verdad.

—¿Y lo está?

—Gerald siempre está prestando atención.

—Alexander dejó su copa sin haber bebido casi nada de ella, un gesto que Emma ya empezaba a reconocer como suyo en los momentos en que la conversación se acercaba a un terreno que prefería no pisar del todo—.

Después de la cena de mi cumpleaños, algo cambió en él.

No sabría decir exactamente qué. Pero desde entonces hace preguntas que antes no hacía, y ahora esto.

Emma pensó, por un instante, en contarle lo del farolito en la pantalla de carga, en preguntarle directamente por Lantern Route Systems, por qué el nombre le producía ese cosquilleo en la nuca que no lograba explicar del todo.

Pero algo la detuvo —quizás el cansancio del día, quizás la sensación de que cualquier pregunta que hiciera esa noche merecía más atención de la que ninguno de los dos podría darle en ese momento— y en cambio preguntó:

—¿Qué se supone que tengo que hacer yo, en ese fin de semana?

—Lo que has hecho hasta ahora. —Alexander la miró con una expresión que Emma no supo del todo interpretar, algo entre la disculpa y la confianza—. Ser tú misma. Es lo único que de verdad ha funcionado hasta ahora, y lo único que Gerald no puede rebatir con ningún dato.

—Eso suena a mucha presión para "sé tú misma".

—Toda la presión del mundo. —Por primera vez en la conversación, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Alexander, cansada pero genuina—. Pero confío en que lo harás bien. Lo has hecho bien en todo lo demás.

Emma no supo qué responder a eso, así que no respondió nada; simplemente asintió, y ambos acordaron, sin necesidad de decirlo en voz alta con más detalle, que representarían el papel una vez más, esta vez frente a un público que llevaba semanas afilando el cuchillo con el que pensaba examinarlos.

Esa noche, ya en la soledad de su propio cuarto, Emma abrió el portátil que usaba para su trabajo en el estudio y, en lugar de revisar los correos pendientes de Ingrid, se sorprendió a sí misma escribiendo en el buscador el nombre "Lantern Route Systems".

Los resultados fueron escasos y decepcionantemente genéricos: un par de menciones en artículos financieros antiguos que hablaban de "la absorción de activos logísticos menores por parte de Black Meridian Group hace más de una década", una entrada en un directorio empresarial que ya no existía como página activa, y nada más que pareciera relevante.

Ninguna fotografía, ningún nombre de fundador, ningún detalle que conectara aquella empresa desaparecida con nada que a ella le importara personalmente.

Probó después con "Alex Hale", el nombre que le había susurrado una vecina de Harbor Point sin que ella entendiera del todo por qué, guardado desde hacía días en algún rincón de su memoria sin que hubiera vuelto a mencionarlo.

Los resultados fueron aún más pobres: nada que coincidiera de manera evidente, ningún registro público que uniera ese nombre con el hombre que dormía a dos puertas de distancia de la suya esa misma noche.

Cerró el portátil con una mezcla de frustración y algo parecido al alivio.

Quizás no había nada que encontrar. Quizás su instinto, tan afilado para detectar la falsedad en el papel, se había acostumbrado tanto a buscar grietas que ahora las inventaba donde no las había, en una pantalla de carga cualquiera, en el nombre casual de una empresa extinta.

Pero mientras apagaba la lámpara y se acomodaba entre las sábanas, con la brújula de su padre pesando, como siempre, contra su esternón, Emma no pudo evitar pensar que había pasado media vida aprendiendo a confiar precisamente en esa clase de instinto.

Y que ignorarlo, solo porque las búsquedas en internet no arrojaran resultados convenientes, no era exactamente lo mismo que tener la certeza de que no había nada allí que encontrar.

Cedar Hollow esperaba, con sus fideicomisarios y su nieve y su escrutinio silencioso. Fuera lo que fuese que Gerald quisiera ver, Emma decidió, antes de quedarse dormida, que estaría lista para dárselo, y para observar, ella también, todo lo que él no quisiera mostrar.