CAPÍTULO 14
Espalda Contra Espalda
La tormenta llegó sin avisar, como suelen llegar las que de verdad importan.
Habían salido de Ashford Bay bajo un cielo apenas nublado, camino a Cedar Hollow para una reunión de inversionistas que Alexander insistía en que requería su presencia, aunque Emma sospechaba, sin poder probarlo, que la reunión importaba menos de lo que él quería hacerle creer.
Para cuando llegaron al refugio de madera en lo alto del valle, la nieve ya caía en líneas horizontales, empujada por un viento que aullaba entre los pinos como algo vivo.
—La carretera está cerrada —anunció Alexander, con el teléfono todavía pegado a la oreja, la voz plana con la que anunciaba malas noticias que ya había aceptado—. No hay manera de bajar hasta que pase el sistema. Podrían ser dos días.
—¿Dos días?
—El refugio tiene generador, provisiones, todo lo necesario. —Colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de la entrada, junto a las llaves que ya no servían para nada—. Solo faltaría una cosa.
Emma ya lo había visto: una sola habitación, una sola cama, grande, con un edredón grueso y una chimenea de piedra que alguien había encendido antes de su llegada, quizás el cuidador, quizás la misma Naomi, previendo un escenario que ahora parecía menos accidente que diseño.
—Yo dormiré en el sofá —dijo Alexander, con la misma rapidez con la que había aceptado cada una de las condiciones de Emma semanas atrás.
—El sofá tiene metro y medio. Usted mide metro noventa.
—Sobreviviré.
—No sea absurdo. —Emma se quitó el abrigo y lo colgó junto al fuego, decidida a no convertir aquello en un drama del que después tendría que arrepentirse—. La cama es grande. Podemos compartirla sin que se acabe el mundo. Espalda contra espalda, si eso lo hace sentir mejor.
Alexander la miró un momento, algo indescifrable cruzando su rostro, y después asintió, como si aceptar aquello le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Espalda contra espalda —repitió.
La cena fue simple: sopa recalentada, pan del día anterior, una botella de vino que ninguno de los dos había planeado abrir pero que terminó abierta de todos modos, mientras afuera el viento golpeaba las ventanas con una insistencia que hacía imposible fingir que el mundo exterior seguía existiendo.
Hablaron de nada, al principio. Del trabajo de Emma, de los documentos falsos que había aprendido a detectar por instinto antes que por método.
Alexander escuchaba con una atención que Emma no esperaba de un hombre que dirigía un imperio empresarial, formulando preguntas que no eran cortesía sino curiosidad genuina, y en algún momento entre la segunda copa de vino y el crepitar del fuego, la conversación se deslizó hacia un terreno que ninguno de los dos había planeado visitar.
—Mi padre era contador —dijo Emma, mirando las llamas en lugar de a él, porque era más fácil decir ciertas cosas sin tener que ver cómo las recibían—. Trabajaba para una empresa naviera. Murió cuando yo tenía once años. Un infarto, dijeron. Repentino.
—Lo siento.
—Lo raro no es que haya muerto. Es cómo murió, o más bien, lo que dejó detrás.
—Emma giró la copa entre los dedos, observando cómo el vino trazaba círculos lentos contra el cristal—.
Hubo rumores. Nunca supe exactamente de qué, porque mi madre se negó a hablar de eso, siempre, hasta el día de hoy.
Solo sé que hubo dinero que no cuadraba en algún lugar, y que mi padre estaba cerca de ese dinero cuando dejó de cuadrar.
—¿Cree que él lo hizo?
La pregunta llegó sin juicio, solo curiosidad honesta, y quizás por eso Emma pudo responder con una sinceridad que rara vez se permitía, ni siquiera consigo misma.
—No lo sé. —Su voz se quebró apenas, un temblor diminuto que intentó disimular con otro sorbo de vino—.
Ese es el problema. Paso mi vida entera identificando falsificaciones, separando lo real de lo fabricado, y no puedo hacerlo con mi propio padre.
No tengo el documento. No tengo la lupa que me diga si era un hombre honesto al que arruinaron, o un ladrón al que atraparon antes de que pudiera gastarse lo robado.
—¿Y cuál cree usted que es más probable?
Emma se quedó en silencio un momento largo, el fuego reflejándose en sus ojos.
—Algunos días, creo en él sin condiciones. Otros días, mi madre no puede mirarme cuando le pregunto, y esa mirada me dice algo que no quiero escuchar. —Se rio, un sonido corto, sin humor—. Es agotador, ¿sabe? No poder confiar del todo en el recuerdo del propio padre.
Alexander no respondió de inmediato. Cuando Emma finalmente se atrevió a mirarlo, encontró algo en su rostro que no había visto antes: no la compasión distante de quien escucha una tragedia ajena, sino algo más cercano, más reconocible, como si sus palabras hubieran tocado una herida que él conocía de primera mano.
—A veces —dijo él, despacio, cada palabra pesada como si la sacara de un lugar profundo—, el silencio de los padres pesa más que cualquier acusación que pudieran haber hecho en voz alta.
—¿Habla por experiencia?
Algo se cerró en su expresión, una puerta que se había entreabierto por error y que ahora se corregía a sí misma.
—Hablo en general.
Emma no insistió. Había aprendido, en las semanas desde la firma del contrato, a reconocer el momento exacto en que Alexander Black decidía retirarse detrás de sus propios muros, y sabía, con la misma certeza con la que identificaba un papel falsificado, que empujar en ese momento no serviría de nada.
En cambio, se llevó la mano al pecho, un gesto inconsciente, y sintió bajo la tela el peso familiar del compás.
—Esto —dijo, sacándolo por el cuello del suéter, dejando que colgara de su cadena fina— era de mi padre. Es lo único que me queda de él, además de los rumores. Siempre me pareció más pesado de lo que debería. No sé si es una cosa mecánica o si es solo que cada vez que lo toco recuerdo cuánto no sé.
Alexander miró el compás con una intensidad que a Emma le pareció, por un instante, desproporcionada para un objeto tan pequeño. Extendió la mano, no para tocarlo, sino como si quisiera hacerlo y se hubiera detenido a último momento.
—¿Puedo?
Emma asintió, y él lo sostuvo entre dos dedos, con un cuidado casi reverente, estudiando la tapa de latón deslustrado, la aguja temblorosa bajo el cristal rayado.
—Es más pesado de lo que parece —murmuró, y por un segundo, Emma tuvo la certeza extraña de que no hablaba solo del objeto físico.
—¿Sabe algo de compases antiguos?
—No. —Soltó el objeto, con demasiada rapidez, y Emma sintió que algo se cerraba entre ellos, aunque no supo nombrar qué—. Solo pensaba en voz alta.
—¿Por qué nunca pregunta? —La pregunta le salió antes de que Emma pudiera decidir si quería hacerla—. Sobre mi padre, quiero decir. Sobre lo que dejó atrás. La mayoría de la gente, al enterarse de que hay un rumor de fraude en mi familia, no puede evitar preguntar. Usted nunca lo ha hecho.
Alexander se quedó mirando el fuego un largo momento antes de responder.
—Nunca pregunto por las cosas que la gente guarda cerca del pecho. —Su voz era suave, casi confesional—. He aprendido que, a veces, lo que alguien elige no decir es tan importante como lo que dice, y merece el mismo respeto.
Era, Emma lo sabía, una respuesta demasiado cuidadosa para ser casual. Había en ella el peso de alguien que hablaba desde la experiencia propia de guardar algo cerca del pecho, algo que ninguna pregunta ajena había logrado nunca sacar a la luz.
—Alexander.
—¿Sí?
—¿Hay algo que usted esté guardando?
El silencio que siguió duró demasiado. Emma observó, casi sin atreverse a respirar, cómo algo luchaba detrás de sus ojos: la tentación de decir algo, una frase entera formándose y deshaciéndose antes de llegar a los labios, la boca entreabierta durante una fracción de segundo que sugería palabras a punto de escapar.
—Todos guardamos algo —dijo finalmente, y la puerta que se había entreabierto volvió a cerrarse, esta vez con más firmeza—. Debería dormir. Mañana, con suerte, la carretera estará despejada.
Emma sintió la retirada como una pérdida pequeña y específica, aunque no habría sabido explicar por qué le dolía tanto que un desconocido —porque eso seguía siendo, técnicamente, un desconocido— decidiera no confiarle un secreto que ella, de todos modos, no tenía ningún derecho a exigir.
La cama, cuando finalmente se acostaron, resultó más pequeña de lo que ambos habían anticipado.
Se colocaron espalda contra espalda, tal como Emma había prometido, con un espacio cuidadosamente mantenido entre ellos, el tipo de distancia que dos personas civilizadas negocian sin palabras.
El fuego se apagaba lentamente en la chimenea, proyectando sombras cada vez más tenues sobre el techo de madera, y el viento seguía aullando afuera, un recordatorio constante de que el mundo real estaba, por ahora, completamente fuera de su alcance.
—Buenas noches —dijo Emma a la oscuridad.
—Buenas noches.
No supo cuánto tiempo pasó antes de quedarse dormida.
Lo último que recordó, en el límite borroso entre la vigilia y el sueño, fue la respiración de Alexander, lenta y regular, y la extraña sensación de seguridad que le producía escucharla, como si ese sonido —tan simple, tan involuntario— fuera lo único real en una noche construida enteramente sobre mentiras convenientes.
Se despertó al amanecer con la luz gris filtrándose por las cortinas, y tardó un instante en comprender por qué se sentía tan cálida, tan en paz, antes de que la comprensión llegara de golpe: en algún momento de la noche, el espacio cuidadosamente mantenido había desaparecido por completo.
Estaba enroscada contra el costado de Alexander, la cabeza apoyada en su pecho, el brazo de él rodeándola con la naturalidad inconsciente de alguien que llevaba mucho tiempo haciéndolo, aunque solo habían compartido cama esa única noche.
Se quedó inmóvil, el corazón latiendo con una fuerza que no tenía nada que ver con el susto y todo que ver con el descubrimiento incómodo de cuánto, exactamente, le gustaba aquella posición.
Alexander se movió, y Emma supo, por el modo en que su respiración cambió, que también él acababa de despertar y de comprender, con la misma claridad alarmante, dónde estaban y cómo habían llegado ahí.
Ninguno de los dos se movió durante un segundo más de lo estrictamente necesario.
Después, con el mismo cuidado meticuloso con el que Emma manejaba un documento antiguo, ambos se separaron, cada uno retirándose a su lado de la cama, cada uno fingiendo, con una convicción que ninguno de los dos lograba del todo, que aquello no había significado nada.
—La carretera —dijo Alexander, aclarándose la garganta, con la voz todavía áspera de sueño— probablemente ya esté despejada.
—Probablemente.
Se vistieron en silencio, con las espaldas vueltas, y Emma se sorprendió pensando que las reglas del contrato —tres reglas, tan claras sobre el papel— nunca habían previsto una noche como esta, ni una mañana como esta, ni el modo en que un cuerpo dormido podía traicionar, sin permiso alguno, todo lo que la mente despierta se esforzaba tanto en negar.