Capítulo 2
El silencio era absoluto, apenas roto por el rumor lejano de las sirenas de Milán, ocho plantas más abajo.
Estaba de pie frente a la ventana, una pared de cristal que iba del suelo al techo, observando cómo la ciudad despertaba bajo una niebla fría. Mi traje, un Tom Ford gris carbón, hecho a medida, colgaba de la puerta del armario, pareciendo más una armadura que un atuendo de gala.
Mi corazón latía acelerado, con un ritmo sordo y pesado que no reconocía. La adrenalina me recorrió, la misma que me invadía antes de cerrar un acuerdo hostil por miles de millones de euros, pero esta era diferente. No era fría. Era cálida, casi febril, y me hacía sudar las manos.
Yo, Marco Valenti, el hombre que construyó un imperio de la nada, que se enfrentó a los cárteles del transporte y rompió monopolios, estaba nervioso.
Se me escapó una risa breve y seca.
—Patético —murmuré.
Me ajusté los gemelos de platino.
No estaba nervioso por la fusión. Era una obra maestra, la consecuencia lógica de la colisión de dos imperios. No estaba nervioso por el dinero, ni por el poder, ni por el apellido Ferraro.
Estaba nervioso por ella.
Bianca…
Me había pasado los últimos seis meses en salas de reuniones con aquella mujer, esperando encontrarme con la heredera mimada que describía la prensa. La princesa de hielo. En cambio, me encontré con una reina.
Recordé nuestra primera negociación en serio. Le presenté mis condiciones, esperando que se echara atrás, que llamara a los abogados de papá. En cambio, se rio. Una risa baja, sarcástica, que me dejó completamente desarmado.
—¿Eso es lo mejor que tienes, Valenti? —preguntó, inclinándose sobre la mesa—. Esperaba más del hombre que, según dicen, lo construyó todo por sí solo.
Me desmontó, pieza a pieza. No solo era guapa; era brillante. Tan inteligente que rayaba en lo peligroso. Reescribió tres cláusulas del contrato allí mismo, de memoria, aumentando los beneficios de Ferraro Uomo en un 9 % y, de alguna manera, haciéndome sentir como si hubiera ganado.
Desde aquel día, estaba perdido.
El sexo… Dios… no fue más que una consecuencia inevitable.
Fue la primera vez que conocí a una mujer que no solo quería mi dinero o mi apellido.
Quería el control y luchar por el dominio.
Cuando Bianca se rindió, fue como ver caer una fortaleza, una victoria que sabía que nunca volvería a sentir con nadie más.
Era fuerte, inteligente y, en una hora, sería mía.
Estaba enamorado. Completamente, irrevocablemente enamorado de la fuerza y la mente de Bianca Ferraro. El imperio no era más que un extra.
Miré mi reloj. Las 9:15. La ceremonia era a las 11:00.
«Respira, Marco», me dije a mí mismo, ajustándome la corbata de seda oscura. El nudo parecía demasiado apretado, me asfixiaba. Los nervios estaban por las nubes. Estaba deseando verla caminar hacia mí, ver si, bajo esa armadura pragmática, podría ver a la mujer que conocí aquella noche.
Yo, que había coleccionado mujeres y conquistas, me sentía como un adolescente, ansioso por nuestra luna de miel y por las veces en que vería a esa mujer firme y decidida, gimiendo mi nombre mientras la follaba hasta que saliera el sol.
Sin duda, era más que un simple acuerdo y la atracción física que sentía por ella era cada vez más difícil de ignorar.
Solo unas horas más, pensé para mis adentros, mientras la imaginaba con nada más que lencería blanca que me encargaría de rasgar…
Fue entonces cuando sonó el timbre.
Fruncí el ceño. No esperaba a nadie. Mis padrinos ya estaban de camino a la iglesia.
Abrí la puerta, con la irritación ya en aumento.
En el pasillo, jadeando, estaba Silvio. Mi antiguo mentor. El hombre al que no veía desde hacía casi tres años, no desde que nuestras fortunas tomaron caminos opuestos y amargos.
—¿Silvio? ¿Qué demonios haces aquí? La boda es en…
—No puedes casarte con ella, Marco.
Su voz sonaba apremiante, desesperada. Parecía más viejo, con los ojos hundidos e inyectados en sangre.
Una ira fría e inmediata se apoderó de mí. Mi momento de nerviosismo se esfumó, sustituido por el hombre implacable que me había convertido en uno de los multimillonarios de Italia.
—Tienes cinco segundos para salir de mi puerta antes de que llame a seguridad.
—¡No voy a dejar que hagas eso! —gritó Silvio, empujando la puerta. Era más débil que yo, pero la urgencia le dio fuerzas. Irrumpió en mi piso.
—¡No te vas a casar con esa… esa puttana de Ferraro!
Lo agarré por el cuello, dispuesto a echarlo fuera.
—Cuidado con lo que dices.
—¡Te está mintiendo! —espetó.
Silvio se debatió y sacó un sobre marrón del bolsillo interior de la chaqueta.
—¡No iba a permitir que Alessandro Ferraro te hiciera lo mismo que le hizo a mi familia!
Arrojó el sobre a la mesa de centro de mármol. Las fotos y los papeles se esparcieron.
Se me cortó la respiración.
—Te está utilizando, Marco. ¡Mira!
En contra de cada fibra de mi ser y de todo lo que sentía por Bianca, mi mirada se posó en la primera foto.
Se me cortó la respiración. La primera foto era de Bianca. Sin lugar a dudas, riendo.
No era la sonrisa controlada que esbozaba en las reuniones, ni la vulnerable que me dirigía mientras se corría en mis brazos.
Era una risa espontánea, íntima. Estaba en un bar oscuro, con la mano extendida sobre el pecho de otro hombre, un tipo guapo, de los clásicos, de una familia antigua que yo despreciaba.
—Basura —solté, en un rugido incrédulo—. Lo has falsificado.
—¿Falsificado? —Silvio soltó una risa aguda y desagradable—. ¿Y esto? ¿Y esto?
Me pasó otra foto. Bianca, entrando en un palacio privado cerca de la Via Monte Napoleone. La misma ropa que en la foto anterior. Segundos después, el mismo hombre entró detrás de ella. La fecha en la esquina inferior: hace ocho semanas.
Se me heló la sangre en las venas. Ocho semanas. El cálculo fue instantáneo, brutal. Solo unos días antes de aquella primera noche en mi piso. La noche en la que pensé que se había entregado a mí.
—¿Estaba con él… y luego vino conmigo? —La pregunta salió sin que me diera cuenta.
—¡Peor aún! —Silvio se inclinó, con una expresión de triunfo retorcido. No cogió una foto, sino un montón de papeles doblados—. ¿Crees que solo es infiel? Es estratégica. Admiras tanto su fuerza, ¿verdad? Admira esto.
Arrojó los papeles delante de mí.
No eran fotos. Era un informe. Papel con membrete de una clínica de obstetricia privada de Ginebra, discreta y cara.
Se me tensó la mandíbula. Mis dedos, que antes temblaban de nervios por la boda, en ese momento se quedaron rígidos y entumecidos.
Abrí el documento.
Paciente: Bianca Ferraro. Edad gestacional: seis semanas.
El mundo se tambaleó. Sentí el sabor metálico del miedo en la garganta.
Las palabras resonaron en el silencio del ático.
El pánico dio paso a una confusión enfermiza.
—Es rápida, ¿verdad? —siseó Silvio, percibiendo mi desconcierto—. Se ha asegurado el heredero contigo, pero su corazón está con él. O quizá…
Dejó que la pausa flotara en el aire, venenosa.
—Ese hijo ni siquiera es tuyo, Marco.
Me agarré al borde de la mesa. El mármol frío me quemó las palmas. ¡No!
Eso significaba que se había quedado embarazada después de nuestra noche. Había seguido viéndose con él. El amante…
—¿Y por qué la boda, Marco? ¿Por qué tanta prisa? —Silvio empujó el último documento hacia mí.
No era un informe médico, sino financiero. Un resumen filtrado de los balances internos de Ferraro Uomo. Cifras en rojo. Deudas enormes ocultas en paraísos fiscales. Un agujero que Alessandro Ferraro no podría tapar.
—El imperio Ferraro se está desmoronando —susurró Silvio, con voz baja y triunfante—. Está en bancarrota y embarazada de un amante. Bianca necesitaba a un hombre rico, que hiciera lo que fuera para salvar a la princesa de hielo.
La verdad me golpeó como un tren.
El «matrimonio lógico». Los objetivos «coincidentes». El brillo de sus ojos. La forma en que me desafió.
No era pasión. Era un cálculo.
Me estaba utilizando a mí y a mi dinero para salvar su imperio y encubrir a su hijo bastardo.
La euforia de antes se desvaneció al instante. En su lugar, me invadió un frío glacial. Un odio frío y absoluto hacia mí mismo. Por haber estado tan ciego y creer que su fuerza era real, cuando no era más que desesperación.
Ese amor que sentía hacía diez minutos me parecía en ese momento una broma patética.
—Vete —dije, con voz apagada.
—Marco, solo intento protegerte…
Me levanté; la violencia de mi ira obligó a Silvio a retroceder.
—¡TE HE DICHO QUE TE VAYAS DE MI PISO!
Mi rugido resonó por toda la habitación. Silvio no discutió. Cogió su sobre vacío y salió corriendo, casi tropezando con sus propios pies, dejando que el miedo sustituyera a su triunfo.
La puerta se cerró de un portazo.
Me quedé solo.
Miré el traje de boda que más bien me parecía un disfraz de payaso.
Me hundí en el sofá, con el silencio zumbándome en los oídos. Cogí una de las fotos: Bianca riendo con otro, su embarazo, la empresa de su familia en quiebra…
La bilis me subió a la garganta.
El amor que sentía era un engaño, la boda era una farsa y yo era el tonto orgulloso al que ella casi había conseguido atrapar.
Miré el reloj de la pared. Las 10:15. La ceremonia sería en menos de una hora. Ella me estaría esperando en el altar.
Una sonrisa lenta, desprovista de toda calidez, se dibujó en mis labios.
—¿Quieres a un pringado, Bianca? —susurré a la sala vacía—. ¿Quieres una boda? —Me levanté, caminé hasta la barra y me serví un trago doble de whisky—. Tendrás tu respuesta.
Me lo bebí de un trago, sintiendo cómo el alcohol me quemaba el pecho, pero no fue suficiente para derretir el hielo que se había instalado en mi corazón.