La Novia Que No Era Para El Mafioso Italiano (Imperios de la Mafia Libro 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

La lista de invitados tenía doscientos siete nombres, y Matteo ya se había memorizado la mitad sin querer, solo de tanto revisarla. Faltaban tres días. La reunión debía durar veinte minutos —seguridad, entradas, salidas, quién se sentaba cerca de quién— y ya llevaba más de cuarenta.

—Hay que hablar también de la mesa de los Fattore —dijo uno de los hombres mayores, sin nombre que Matteo se molestara en recordar—.

Están demasiado cerca de la mesa principal, tal como está en el plano.

Si alguien de una familia rival decide mandar un recado durante la cena, es la primera mesa que lo va a sentir.

—Muévanlos dos mesas hacia atrás —dijo Matteo, sin vacilar—. Lo bastante cerca para que no sea insulto, lo bastante lejos para que no sea riesgo.

El hombre anotó y siguió con otro punto de la agenda.

—Los hombres de la puerta principal rotan cada dos horas, no cada cuatro —dijo Enzo, señalando el mapa de la propiedad extendido sobre la mesa—.

Un evento de este tamaño, con tanta gente de fuera entrando y saliendo, cuatro horas es demasiado tiempo para que un hombre mantenga los ojos bien abiertos sin cansarse.

—Cada dos horas cuesta el doble de hombres —refunfuñó Salvatore, sin levantar la vista de su propia lista.

—Cuesta el doble y evita que alguien entre por esa puerta con un arma escondida mientras el guardia de turno cuenta las horas que faltan para el cambio. —Enzo no alteró el tono—. Elige.

Salvatore eligió no responder. Garabateó algo en el papel, con fuerza suficiente como para rasgar un poco la esquina de la hoja.

El hombre de logística, un sujeto flaco al que Matteo apenas conocía, carraspeó antes de continuar.

—Todavía tenemos el problema de la familia Fattore. Confirmaron asistencia, pero mandaron a preguntar si la señora Conti va a usar su apellido o el del señor en las invitaciones impresas. —Consultó sus propias notas—. Es la tercera vez que preguntan eso este mes.

—Moretti. Ya lo respondí dos veces.

—Van a preguntar de nuevo, Don Moretti. Así es como esas familias miden el terreno. Preguntan hasta que alguien se cansa y responde mal.

Matteo no respondió. Marcó algo en su propia lista con una pluma que apretaba con más fuerza de la necesaria.

—La señora Conti se queda en la mesa principal, a su derecha, durante la cena.

Pero en la recepción, antes de eso, el protocolo pide que ella salude a los invitados en la fila conmigo, no con usted.

Es costumbre entre las familias más antiguas: la novia recibe por separado, para que él llegue después como sorpresa.

—Ella saluda conmigo —dijo Matteo, sin levantar la vista de su propio papel—. De principio a fin.

—Eso rompe el protocolo, Don Moretti.

—Entonces se rompe.

Salvatore resopló, lo bastante fuerte como para llamar la atención de toda la mesa.

—¿Va a dejarla en la puerta principal, recibiendo gente, con el apellido Moretti? —Ni siquiera intentó disimular el desdén—. Esa no es una novia de verdad la que está casando, Matteo. Es la Conti equivocada. Eso no cambia solo porque decidió vestirla como si cambiara.

La sala quedó en silencio del modo en que queda cuando todos ya saben que alguien habló de más y solo esperan para ver el tamaño del error.

El hombre de logística dejó de escribir a mitad de una palabra.

Enzo apartó la vista del mapa y miró primero a Salvatore, después a Matteo, calculando algo que no estaba en el rostro de ningún otro presente.

Matteo no recordaba haberse levantado. Solo notó que estaba de pie cuando la silla rechinó detrás de él con un ruido seco, demasiado fuerte para la sala pequeña, y las dos manos ya estaban apoyadas sobre la mesa, el peso del cuerpo entero volcado hacia adelante, los nudillos blancos contra la madera oscura.

—Repite eso —dijo, y la voz salió más baja que gritada, lo cual era peor.

Salvatore vaciló, pero no retrocedió de inmediato. —Solo dije lo que todos en esta mesa piensan, Matteo. Alguien tenía que decirlo.

—Nadie en esta mesa piensa nada hasta que yo lo autorice.

—Matteo rodeó la mesa despacio, sin prisa alguna, y los hombres sentados entre él y Salvatore se apartaron un poco, empujando sus propias sillas hacia atrás sin darse cuenta de que lo hacían.

Se detuvo a un paso de Salvatore, lo bastante cerca como para ver al hombre tragar saliva—.

Es mi esposa. Ante la iglesia, ante el apellido que llevo, ante cualquiera en esta sala.

No vuelves a hablar de ella así. Ni en voz baja, ni en reunión cerrada, ni borracho en algún rincón de la casa. Nunca más.

—Matteo…

—Vuelve a decir mi nombre con esa boca y te la arranco. —La mano derecha de Matteo se cerró sobre el respaldo de la silla de Salvatore, los nudillos rozando el cuello del hombre sin llegar a tocarlo, solo lo bastante cerca como para dejar claro que podía. —¿Entendido?

Salvatore bajó los ojos primero, después la cabeza entera, un centímetro que valía más que cualquier disculpa formal.

—Entendido.

—Siéntate.

Salvatore se sentó. Al otro lado de la mesa, uno de los capos más jóvenes —un hombre que Matteo solo conocía de nombre, recién ascendido a esas reuniones— se quedó mirando su propio regazo y no volvió a alzar los ojos hasta que la reunión se retomó, del modo de quien acaba de aprender una regla que no está escrita en ninguna parte.

Nadie más en la mesa dijo nada durante un buen rato.

Enzo, en el rincón más apartado, tenía los brazos cruzados y observaba a Matteo con una atención que no estaba allí veinte minutos antes —el tipo de atención que se le da a alguien que acaba de cambiar de categoría en la cabeza de todos.

Matteo reconoció esa mirada. Él mismo la había dado, en reuniones como aquella, a su propio padre, en los pocos años en que todavía había duda sobre quién mandaba de verdad en la casa.

Ahora era él quien recibía la mirada. Y no le gustó lo que eso significaba.

El hombre de logística, todavía más pálido que antes, volvió a la lista de nombres como si nada hubiera pasado, porque eso era lo que se hacía después de un momento así: fingir que no había pasado, hasta que se volviera lo bastante verdad como para que todos lo repitieran.

—Continuando. La mesa principal…

—La señora Conti saluda conmigo. Ya está resuelto. —Matteo volvió a su propia silla, pero no se sentó, solo recogió el papel con la lista de invitados de encima de la mesa y lo dobló en dos—. El resto de la reunión puede continuar sin mí. Enzo decide el esquema de la puerta. Punto final.

Salió antes de que nadie tuviera tiempo de responder.

Caminó hasta su propio despacho sin cruzarse con nadie en el pasillo, y solo cuando cerró la puerta tras de sí notó que las manos todavía le temblaban —no de rabia, o no solo de eso. De algo más rápido que la rabia, que había salido antes de que él decidiera dejarlo salir.

Dejó el papel doblado sobre la mesa y se quedó mirando sus propias manos más tiempo del debido.

No había pensado antes de actuar. Ese era el problema.

Matteo pensaba antes de todo —antes de una orden, antes de un disparo, antes de aceptar o rechazar un acuerdo— y esa vez no había pensado nada.

Solo se había levantado, y la silla había rechinado, y las palabras ya estaban saliendo antes de que él eligiera cuáles usar.

Había traído a Salvatore a esa casa quince años atrás.

Confiaba en él con su propia vida, literalmente, más de una vez.

Y no había vacilado ni medio segundo antes de amenazar con arrancarle la lengua al hombre por una frase que, semanas atrás, el propio Matteo había dicho casi palabra por palabra, por teléfono, solo, creyendo que nadie escuchaba.

La Conti equivocada.

Abrió el cajón de arriba de la mesa sin pensar bien por qué, y allí estaba: el mismo teléfono que había usado en aquella llamada, todavía en su lugar de siempre.

Él había dicho exactamente eso, palabra por palabra, a un hombre al otro lado de la línea que juraba lealtad desde hacía menos tiempo que Salvatore.

Y ahora no soportaba oír la misma frase de otra boca.

Cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.

Llamaron a la puerta dos veces, despacio, del modo en que solo llamaba Enzo.

—Adelante.

Enzo entró, cerró la puerta tras de sí y se quedó parado allí un momento, sin sentarse, sin pedir permiso para hablar.

—Salvatore va a mantener la boca cerrada ahora. —Fue todo lo que dijo al principio.

—Lo sé.

—No fue solo eso lo que quedó resuelto ahí dentro.

—Enzo se cruzó de brazos, los ojos fijos en Matteo del mismo modo que veinte minutos antes—.

Esa mesa va a contar esta historia esta noche, cada uno a su manera, a quien quiera oírla.

Y en la versión de todos, tú no defendiste una alianza política. Defendiste a una mujer.

—Es lo mismo.

—No lo es, y lo sabes. —Enzo no alzó la voz—. Si hubiera sido solo política, habrías corregido a Salvatore con una frase y te habrías vuelto a sentar. Casi le arrancas la garganta por una palabra.

Matteo no respondió. Enzo esperó un instante, como dándole a Matteo la oportunidad de negarlo, y cuando la negación no llegó, asintió una vez, breve, y fue hacia la puerta.

—Solo vine a decir eso —dijo, ya con la mano en el picaporte—. El resto lo resuelves solo.

Salió, y Matteo se quedó mirando la puerta cerrada más tiempo del debido.

Ya no era una pieza que pudiera devolver, cambiar, descartar si la política lo exigía.

Eso había quedado claro para él incluso antes de quedar claro para los hombres de aquella sala —lo bastante claro como para hacer que un hombre en quien confiaba desde hacía quince años tragara saliva y bajara la cabeza, lo bastante claro como para que Enzo entrara allí y dijera en voz alta lo que nadie más se habría atrevido a decir.

El problema era que Matteo ya no sabía qué era ella en su lugar.